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Estaban sentados en la pequeña sala de la casa de Agustina, el ocaso había avanzado con su prepotente determinación para adueñarse de la noche. Los restos de la sabrosa pizza que habían ordenado descansaban sobre la caja de cartón que aún quedaba sobre la mesa. Habían abandonado la playa en el lujoso auto de Federico, que Lucas se había encargado de bautizar como “batimovil”, luego de que el ingeniero hubiera acomodado las tablas con detallista perfección en el soporte para bicicletas que llevaba siempre en el baúl. Agustina había intentado sacudir hasta el último grano de arena de sus pies y los de Lucas y cuando estuvo satisfecha lo había dejado subir con la premisa de que no tocara nada. Habían recorrido las pocas cuadras con la música de Tina Turner sonado a través de los parlante

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