El agua seguía golpeando su cara con la misma insistencia de los minutos previos. El viento prepotente enredaba su pelo cubriendo la poca visibilidad que le quedaba. La sal se hacía presente en el borde de sus labios que no paraban de temblar. Un cuerpo inmóvilil bajo sus manos trepidantes se convertía en su propia amenaza y como la brea caliente sobre el asfalto la cubría de temor para finalmente dejarla sin la capacidad de reaccionar. Había practicado el procedimiento mil veces, podía completarlo con los ojos cerrados y sin embargo, presa de una especie de hechizo, en el momento más importante de su vida, una vez más, no podía ni siquiera comenzar. Ni el agua, ni el viento, ni la sal. Era ella, su corazón y su mente las únicas responsables de la abulia que poseía. Las únicas responsa

