Alejandro Los días siguientes se sintieron como si finalmente hubiera salido de un largo invierno. Cada rincón de mi vida, que antes parecía teñido de grises, ahora estaba inundado por la calidez que Sofía traía consigo. Habíamos cruzado esa línea que tanto temí, y aunque la incertidumbre seguía siendo un huésped constante, no me arrepentía. Por primera vez, había decidido dejar de luchar contra lo inevitable y rendirme a lo que sentía por ella. Aquella mañana, me encontré esperándola en el café donde solíamos cruzarnos al inicio de nuestras jornadas. Había llegado temprano, una rareza en mí que siempre buscaba una excusa para no llegar, pero la idea de verla unos minutos más me bastaba para salir de la rutina que normalmente manejaba con precisión quirúrgica. Cuando apareció, con su ca

