Alejandro Volver a la ciudad después de esos días con Sofía se sentía como abandonar un sueño, uno del que no quería despertar. El tren avanzaba lento, serpenteando entre las montañas, y cada kilómetro que dejábamos atrás me arrancaba un pedazo de la paz que había encontrado en aquella casa, ese refugio en la campiña. Ella dormía a mi lado, la cabeza apoyada en mi hombro, la respiración tranquila, su mano descansando sobre la mía. Miré por la ventana, intentando evadir el peso de la realidad que comenzaba a oprimir mi pecho. Las llamadas constante de su padre, mi amigo, Arturo. Sus preguntas capciosas y aquellas palabras. Los paisajes verdes se iban apagando a medida que nos acercábamos a la ciudad, y con ellos, también se disipaba el espacio seguro que habíamos creado juntos. No había

