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En los juzgados, aquel día todo salió bien para Tom. Había ganado dos
juicios y eso lo hacía estar satisfecho.
—¿Quedamos esta noche? —le preguntó una rubia espectacular.
Tom sonrió. Era la abogada de la parte contraria. Paseó sus ojos color wiskie
por el cuerpo de ella y, abriendo una agenda, le pidió:
—Dame tu teléfono. Si no te llamo esta noche, te llamaré cualquier
otra, ¿te parece?
La mujer sonrió y, tras apuntarle su teléfono, le guiñó un ojo, se dio la
vuelta y se marchó. Tom la siguió con la mirada hasta que ella
desapareció de su vista. Después miró su agenda y sonrió cuando leyó el
número de teléfono y el nombre de Tamara.
Una vez abandonó los juzgados, fue directo a Jokers, el restaurante de
su padre:
—Papá, ponme una cerveza bien fría —le pidió nada más entrar.
Con una gran sonrisa, Gordon hizo lo que su hijo le pedía y le puso la
jarra delante.
—¿Has tenido un buen día hoy, hijo? —se interesó.
Tom dio un gran trago y con complicidad cuchicheó:
—Buenísimo. He ganado el juicio de Henry Drochen y el de Alf
Bermeulen.
Gordon aplaudió. Estaba muy orgulloso de él. Además de ser un
excelente hijo, era un gran abogado y un conquistador. Durante un rato,
Tom le explicó lo ocurrido en los juzgados con sus casos, y el hombre
disfrutó escuchándolo.
Cuando llegó la hora de comer, Gordon dijo:
—Tu hermano ha llamado esta mañana.
Tom sonrió al pensar en Harry, su único hermano, y preguntó:
—¿Cómo le va en Londres?
—Bien, hijo, ya lo conoces —rió Gordon—. Como siempre, le va bien
en lo suyo. Ah..., me ha dicho que lo llames. Por lo visto, mañana viene a
Múnich con una flota de coches y entre ellos uno que tú querías.
Al oír eso, Tom miró a su padre y preguntó:
—¿Va a traer el Aston?
—No lo sé, hijo. Sólo me ha dicho que lo llames.
Sin dudarlo, Tom lo llamó. Dos timbrazos y Harry descolgó.
—No me digas que vas a traerme el coche que quiero pero con el
volante a la izquierda.
Harry soltó una carcajada y respondió:
—Te lo digo... y te lo confirmo. Un precioso Vanquish, color burdeos,
¿sigues interesado en él?
—Por supuesto. Siempre y cuando me hagas buen precio y te quedes
con el Aston que tengo ahora.
—No hay problema, Tom. Tu Aston se venderá fácilmente y el buen
precio ¡ni lo dudes! Eres mi hermano, joder.
Ambos rieron y, tras hablar un rato, se despidieron hasta el día
siguiente.
Después de comer con su padre, Tom salió de Jokers, y pasó por su
despacho. Durante un par de horas se concentró en preparar los juicios que
tenía para dos días después, hasta que le sonó el móvil. Era su amigo Bill.
—¿Qué pasa, gilipollas?
Bill al oír ese saludo, soltó una risotada y puntualizó:
—Eso sólo me lo llama mi mujercita. No te acostumbres. —Ambos
rieron y Bill prosiguió—: El domingo Jud hará una comida en casa,
vendrás, ¿verdad?
—¿Irán mujeres guapas?
Bill soltó una carcajada y contestó:
—Más guapa que mi mujer, ¡imposible!
Ahora el que soltó la carcajada fue Tom. Su amigo se había casado
con una española encantadora y algo loca y estaba totalmente enamorado
de ella. Eran como la noche y el día, pero se adoraban.
—Como se te ocurra no venir, Jud te busca y te trae de la oreja.
—No lo dudo —afirmó Tom divertido.
Si algo tenía claro de Jud es que era una fuera de serie. Le encantaba
su personalidad, su decisión y, sobre todo, la confianza que siempre había
depositado en él para todo.
—Iré. Dile que allí me tendrá. ¿Llevo el vino?
—Vale. ¿Vendrás con compañía?
—¿Hace falta llevarla?
—No. Pero es por saber cuántos seremos.
Divertido, Tom murmuró:
—Llevaré el vino y compañía.
—De acuerdo. Ahora te dejo, que tengo una reunión en diez minutos.
Una vez colgaron, Tom sonrió. Bill y Jud eran sus mejores amigos.
Unos amigos que siempre estaban para lo bueno y para lo malo. Con una
sonrisa maliciosa, al pensar en la esposa de su amigo, abrió su móvil y
marcó un número.
—Hola, preciosa —dijo en tono meloso.
La mujer, al oírlo, bajó su tono de voz y respondió:
—Hola, Tom, justamente pensaba en ti.
—¿Pensamientos buenos o malos?
La risa cristalina de ella resonó y contestó:
—Ambas cosas. Buenos porque son placenteros y malos porque eras
muy... muy malo.
—Interesante —susurró él al escucharla.
Aquella sensual y morbosa mujer era una de sus conquistas. Se
llamaba Agneta Turpin y era una de las presentadoras más guapas y
conocidas de la CNN alemana. Su relación era excepcional. Sexo... sexo y
más sexo, sin exigencias ni ataduras. Una combinación perfecta, porque era
lo que ambos buscaban.
—¿Qué haces el domingo, Agneta?
—Desnudarme para ti... si lo deseas.
Ambos rieron y Tom aclaró:
—Nada me gustaría más, pero me acaba de llamar mi amigo Georg. El
domingo va a haber una comida en su casa, ¿te apetece ser mi
acompañante?
—Comida... en plan familia.
Al entenderla, Tom explicó:
—Sólo comida y prometo que Jud ni se te acercará.
Agneta valoró la proposición. Conocía a los amigos de él y
precisamente Judith, la mujer de Bill, y ella nunca habían hecho buenas
migas. No le gustaba nada cómo la miraba. Pero comer con Tom
significaba sexo nocturno en su casa o en la de él. Y sin pensarlo dos veces,
contestó:
—De acuerdo. Te acompañaré.
—¡Perfecto!
Continuaron hablando hasta que él preguntó:
—¿Dónde estás?
—En este momento llegando a casa. Ha sido un día agotador. Por lo
que ahora me desnudaré y me meteré en un relajante y maravilloso jacuzzi
lleno de espuma.
—¿Sola?
Agneta, tras soltar el bolso sobre su carísimo sofá de diseño,
respondió:
—Todo depende de ti.
Tom miró su reloj y, levantándose, musitó:
—Desnúdate y prepárate. En veinte minutos estoy en tu casa con un
amigo.
Colgó el teléfono. Agneta era caliente, y eso le gustaba. Metió en su
maletín el portátil y unos documentos. Como su casa y el despacho sólo
estaban separados por una puerta, dejó el maletín sobre la mesa del
comedor y, sin quitarse el carísimo traje de Armani que llevaba, bajó al
garaje y cogió su deportivo tras telefonear a su amigo Roland.
Cuando llegó a la puerta de la casa de Agneta, llamó al portero
automático. Subió en el ascensor y, al llegar al rellano del lujoso edificio,
vio la puerta abierta. Al oír la música que provenía del interior, sonrió.
Sade cantaba No ordinary love.
Sin demora, abrió la puerta, entró y la cerró. Acto seguido, ante él
apareció una sensual Agneta vestida únicamente con una bata de raso rojo.
Se miraron. No hablaron mientras ella se desabrochaba la bata y ésta
resbalaba por su cuerpo hasta caer al suelo.
Tom la observó con deleite. Sus ojos devoraron el bonito y fino
cuerpo de aquella mujer, mientras notaba cómo su erección comenzaba a
crecer. Sin apartar los ojos de ella, se quitó el largo abrigo de cuero que
llevaba. Después la chaqueta oscura y se desanudó la corbata.
—Acércate y date la vuelta —pidió Tom.
Agneta hizo lo que le decía.
Él se quitó la camisa blanca y la dejó sobre una silla. Después se
deshizo del cinturón, se acercó a ella y, pasándoselo por el trasero desnudo,
preguntó cerca de su oído:
—¿Has sido buena?
—No. Hoy he sido muy... muy mala.
La contestación lo hizo sonreír y con el cinturón le dio un azote en el
trasero. Ella jadeó y suplicó.
—Otro.
Repitió la operación y ella volvió a jadear.
Acto seguido, Tom soltó el cinturón, que cayó al suelo al tiempo que
se desabrochaba el pantalón. Cuando se quedó desnudo como ella, se puso
un preservativo que había cogido y siseó:
—Te voy a follar como se folla a las chicas malas.
No dijo nada más. No hacía falta.
Le abrió las piernas con rotundidad, la expuso a él y de un duro y
certero empellón la penetró. Agneta gritó mientras Tom buscaba su propio
placer y ella encontraba el suyo. Ambos eran egoístas en eso. Su placer
primaba sobre el de la otra persona y, enloquecidos, se volvieron a empalar
el uno en el otro sin importar nada más. Ése era su juego. Un juego
buscado y consentido por los dos. Una vez alcanzaron el orgasmo, cuando
él salió de ella, Agneta murmuró:
—Tengo el jacuzzi preparado.
En ese instante sonó el timbre de la casa y Tom comentó.
—Perfecto, Roland ya está aquí.
Aquella noche, cuando Tom llegó a su casa estaba cansado y saciado
de sexo.