La tensión entre los dos es intensa, tan fuerte que no me atrevo casi a respirar, cuando llegamos a tierra de nuevo, me volteo, lo miro y le sonrío. —Buenas noches, que duermas bien—digo con naturalidad como si no hubiese tenido entre mis manos lo que tuve y como si él no hubiese metido sus dedos donde los metió. Su cara de incredulidad casi me hace soltar una carcajada, pero el ridículo no lo iba a hacer, así que me giro rápidamente y sigo hasta la habitación. Él no dijo nada y solo se quedó mirándome sin comprender nada. Debo estar loca, pienso. No puede ser que permitiera que me besara y me tocara como lo hizo de una forma tan íntima, a pesar de todo soy una mujer casada, y él es hermano de mi esposo, un esposo agresivo que intentó matarme, ya lo sé, pero él es el indecente, no yo.

