Se acerca la hora del almuerzo y Giacomo no ha llegado, me regaño por estar esperándolo como si fuera mi marido, ruedo los ojos para mí y sigo leyendo el libro que tomé de su biblioteca, donde me dio permiso de estar. Escucho un gruñido de perro, me pongo alerta, veo un perro que se pone ante mí en posición de ataque y ladra, me paralizo y miro hacia los lados, es injusto que esté incomunicada. No puedo seguir así, me digo pensando que con un teléfono a la mano podría llamar a alguien. El perro se acerca más. Suelto el libro y recojo las piernas sobre el sillón en el que leo, veo un par de cojines cerca con los que podría defenderme. El perro corre con velocidad hacia mí, grito. —Toro —grita Giacomo, se apresura hacia donde estoy y el perro al oírlo se echa al piso a gimotear y a mover

