Terminamos de desayunar, Giacomo no se mueve de su asiento, sigue conversando sobre asuntos varios, es divertido, me interesa oírlo, pero no entiendo por qué quiere quedarse a conversar conmigo. —¿Qué pasa? —pregunta. —¿No deberías irte? No te estoy corriendo, es tu casa, pero creí que tenías cosas que hacer. Se ríe. Mira su Rolex. —Debería irme, es verdad. Se queda mirándome a los ojos. —No te detengo más. —¿Estarás bien? Digo, por haber visto a Claudio. —Anoche mismo me vengué de su infidelidad, me acosté con su hermano. No hay forma de que me sienta mal por él o por lo que me hizo. Se carcajea, se levanta, se acerca a mí y acaricia mi cara con su mano, besa mis cabellos. —Así que me usaste. —Sí, solo te usé —digo y me echo a reír. La verdad es que me muero por besarlo, me

