Una semana después, Amelia estaba sentada en una silla de plástico en la clínica, mirando por la ventana del pasillo, donde el sonido de los ventiladores y el murmullo de las enfermeras apenas rompían el silencio que la rodeaba. Las últimas semanas habían sido un torbellino de emociones. Alan, aún inconsciente, permanecía bajo los cuidados médicos que había financiado su padre, pero la incertidumbre de si despertaría o no seguía flotando en el aire como una nube pesada sobre su vida. Mientras pensaba en todo lo que había sucedido, la puerta de la clínica se abrió con un golpe seco, y Héctor Martines, el padre de Alan, entró en la sala. Su presencia era imponente, su rostro estaba tenso y marcado por la severidad. Era un hombre alto, con el porte firme de alguien acostumbrado a dar órdenes

