El ambiente en la cabaña era cálido, con las velas aromáticas llenando el aire de un dulce olor a canela y miel. Alan, sentado en la cama, observaba con detenimiento a Daniela, quien se movía con una mezcla de nerviosismo y deseo, luciendo su atractivo vestido que caía sobre su cuerpo como una segunda piel. Los ojos de Alan seguían cada movimiento, y el silencio entre ellos estaba cargado de una tensión palpable. Daniela, consciente de la intensidad en la mirada de Alan, se acercó lentamente a él, mientras el vestido rozaba suavemente sus piernas al caminar. El sonido de sus pies descalzos sobre el suelo de madera era lo único que rompía el silencio, mientras Alan dejaba su copa de vino a un lado, casi obligado por la intensidad que Daniela presentaba ante él. — Q

