Al finalizar la noche, Amelia y Arnau salieron del restaurante bajo un cielo salpicado de estrellas. La brisa fría de la madrugada los rodeó, levantando ligeramente los mechones del cabello de Amelia, pero ni siquiera el aire helado podía enfriar el calor que ambos sentían. Sus sonrisas eran genuinas, y una conexión innegable los mantenía más cerca de lo que jamás habrían imaginado al inicio de la velada. Arnau abrió la puerta del coche para Amelia, quien se deslizó al interior con gracia, mientras él rodeaba el vehículo para ocupar el asiento del conductor. Una vez dentro, el contraste entre el frío del exterior y el calor que emanaban sus cuerpos generó una neblina ligera que comenzó a empañar los cristales del coche. El silencio que se instaló entre ellos no era incómodo

