La luna brillaba intensamente sobre el jardín de la casa de Amelia, mientras el aire nocturno acariciaba suavemente las hojas de los árboles. Daniela, con un elegante vestido corto que se movía con la brisa, caminaba descalza sobre la grama verde, llevando a Alan de la mano. Alan, apoyado en sus muletas, la seguía sin saber exactamente a dónde lo llevaba, pero había una sensación en el aire que lo mantenía alerta y latente de lo que sucedería. Desde la ventana de la segunda planta, Amelia observaba la escena, con el corazón pesado de nostalgia. Sentía una extraña mezcla de tristeza y alivio al ver a su amiga junto al hombre que había llegado a desear de manera silenciosa. Se decía a sí misma que había hecho lo correcto, que ayudar a Daniela era lo mejor, aunque

