Soy patética.
Llevo casi un mes llorando por el idiota de Lucas mientras él se acuesta con cada mujer que se le cruza por el camino. ¿Cómo pude fijarme en un degenerado como él? Mi sufrimiento no le importa, nada de mí le importa. ¡Lo odio! He comido toneladas de helado y he visto muchas películas románticas deprimentes, que, sinceramente, ya me tienen asqueada. Necesito despejarme o me volveré loca aquí.
He ignorado las llamadas de Paola porque, sinceramente, no quiero hablar con nadie. Estoy deprimida, sola, abandonada. Alguien toca la puerta y entra. Es mi madre.
—Hija, no me gusta verte así —dice, sentándose a mi lado en la cama.
—¿Cómo podría estar después de todo?
—Tu padre pensó que era lo mejor casarte con ese chico. Parecía buena persona y, al principio, parecía que le gustabas. También estoy confundida… tu padre está muy arrepentido y avergonzado.
—Ya no sirve de nada arrepentirse. Papá sabía lo del trato también. ¿Matrimonio arreglado? ¿Quién hace eso? —me sorbo los mocos—. Estamos en otros tiempos. Fui una tonta por creerle a Lucas.
—Necesito que salgas de aquí, no puedo verte hecha un despojo humano tirada en esa cama, cuando eres una muchacha joven y hermosa, que puede encontrar a alguien mucho mejor que Lucas y enamorarse de ti. Mereces ser amada.
—No quiero —me negué—. Yo me veía mi futuro con Lucas… pensé que llegaríamos juntos a viejitos, tendríamos hijos… Soy una ridícula romántica. Debería dejar de leer libros así.
—Vete con Paola, hagan un viaje y olvídate de todo esto.
—No creo olvidarlo con un viaje, mamá.
—No, pero al menos tu mente estará distraída en otras cosas. Anda, levántate de esa cama y arréglate. Paola vendrá en una hora.
—¿A qué?
—Ya lo verás —me dice, saliendo de la habitación.
Me cubrí la cabeza con la sábana, pero me sentía asfixiada. Me levanté de la cama y abrí un poco la ventana. Maldito seas, Lucas Graham, seguramente él está divirtiéndose mientras yo, como estúpida, sufro por él. Lo odio. Y lo peor de todo es que todavía lo amo.
Me armé de valor y me metí a bañar. Necesito salir de aquí o tendré ganas de ir donde Lucas y decirle sus cuantas verdades a la cara.
•
Paola llegó una hora después, traía maletas y todo.
—¿Cómo te sientes? —hizo una mueca—. Perdón por preguntar eso. Sé que estás muy dolida por todo. Yo te lo advertí.
—Lo sé, Paola, lo sé.
—¿Tienes tus maletas hechas?
—¿Para qué? —me llevé una taza de café a la boca.
Está caliente.
—¡Para irnos de viaje! —exclamó—. ¿Acaso no te lo dijo tu mamá?
—Sí, pero no pensé que fuera hoy mismo.
—Lo es. Vamos arriba, te ayudo —me tomó de la mano y casi me arrastró a mi habitación—. No llevaremos mucho, allá podemos ir de compras —sacó mi maleta y empezó a meter ropa playera y muy provocativa—. Ojalá encontremos a nuestro príncipe azul en Hawái.
—No existen los príncipes azules, Paola, grábatelo en la cabeza.
—Que tú te hayas encontrado a un sapo no quiere decir que no existan los príncipes —terminó de meter mis cosas—. Tienes tu pasaporte y todo, ¿verdad?
Asentí porque no tenía otra opción.
—¡Vámonos pues! —tomó mi maleta y bajó. Suspiré profundamente y tomé mi cartera con todos los documentos necesarios. Bajé a la sala donde estaban papá y mamá.
—Cuídate —dijo papá, dándome un abrazo—. Yo me haré cargo de todo aquí —me mostró unos papeles. Eran los del divorcio.
Suspiré.
—Si quieres, puedes esperar hasta después del viaje para firmarlos —dijo mamá.
—No, lo haré ya. No quiero tener ningún vínculo con este hombre —tomé los papeles y un bolígrafo, los firmé todos. A partir de hoy soy una mujer libre.
—Vamos, Lusiana, nos deja el avión —me apuró Paola.
Abracé a mis padres, me despedí y salí al taxi.
—Esto será emocionante —nos montamos.
—Al aeropuerto —le dijo Paola al taxista, pero yo la detuve.
—Primero pasemos por la mansión Graham, por favor. Tengo algo que hacer.
—¿Qué haces?
—Ya lo verás.
El conductor condujo hacia la casa de Lucas. Yo sabía que a esta hora no estaba, ni tampoco su chofer. Cuando llegamos, tomé una roca y me dirigí a la cochera donde guardaba sus preciados autos de lujo. Paola me siguió.
—Ya voy viendo la idea y me gusta —me dijo mi amiga—. Ya consigo algo también.
Empecé a golpear con la roca los vidrios de los autos. Las alarmas empezaron a sonar. Les pinché las llantas, les dañé la pintura y Paola me ayudó dejándole notas en la pintura con un labial:
«Puto»
«Mujeriego»
«Muérete»
Entre otras cosas más.
Era suficiente.
—Vámonos antes de que venga la policía —le dije. Salimos corriendo del lugar y nos montamos al taxi, quien arrancó de inmediato. Me sentía eufórica ya que había liberado un poco de mi furia. Ojalá pudiera estar aquí para ver la cara de Lucas cuando vea todo esto.
Se lo merece y mucho más.
Mientras yo viva, Lucas tendrá un hater.
Llegamos al aeropuerto e hicimos todo lo necesario hasta que pasamos dentro. Nos tocó ventanilla, juntas. Guardamos las maletas y nos pusimos el cinturón porque el avión estaba a punto de despegar.
Pero me acordé de algo muy importante que pasé por alto.
—Oh, oh —dije.
—¿Qué pasó? —inquirió Paola, recién sacaba una revista.
—Las cámaras —le dije—. Los autos tienen cámaras y nos grabaron haciendo todo ese desastre —llevé mi mano a la boca.
Ella solo se encogió de hombros.
—¿Y eso qué? No creo que tenga el cinismo de meterte a la cárcel, es decir, ni siquiera te dio un peso el muy degenerado.
—Porque yo no acepté nada suyo —le recordé.
—Eres una tonta. Al menos hubieras aceptado el dinero y no tendríamos que viajar en clase turista.
—A mí no me molesta —me encogí de hombros.
—Eres muy buena, Lusiana, por eso se aprovechan de ti. Tendré que enseñarte un par de cosas —se puso sus audífonos—. Dormiré un rato, leeré y escucharé música. Así siento que el tiempo se pasa más rápido. Deberías hacer lo mismo.
Asentí.
Miré por la ventanilla cómo nos elevábamos en el aire. Hacía años que no viajaba, solo Lucas lo hacía y decía que eran viajes de negocios. Ahora entiendo que cada vez que salía era para ver a una mujer. Cada vez que lo recuerdo, me duele. Me duele mucho. Busqué un libro y empecé a leer para poder despejarme hasta que lleguemos.
•
Horas después, el avión estaba aterrizando. Toqué a Paola para que se despertara.
—Llegamos.
—Por fin —bostezó—. Espero divertirme mucho.
Nos quitamos los cinturones y esperamos las indicaciones para bajar. Tomamos las maletas de mano y bajamos en fila. Todo el proceso fue aburrido.
—¿A dónde vamos ahora?
Sentí el olor a playa, arena, océano. Me gustaba.
—Al hotel, ya tengo todo reservado, no te preocupes.
Tomamos un taxi que nos llevó directo al hotel. No se veía nada mal, considerando que no teníamos mucho dinero.
—Tu padre cooperó un poco con esto —me dijo—. Se siente tan culpable.
—Bueno… esto no me devolverá el tiempo que perdí con ese imbécil, pero ayuda.
—Dejemos esto y después vamos a la playa.
Asentí.