Cuatro millones por la chica

1265 Words
¡Qué nervios, Dios mío! No sé cómo pude llegar a este extremo, pero la verdad es que en este momento quisiera ahorcar a Paola por meterme en estas circunstancias tan embarazosas. Me arrepiento de haber aceptado esta locura. Estaba en el camerino, donde me estaban terminando de maquillar. Frente al espejo con bombillas blancas, me observaba y no podía creer lo que estaba viendo. Estaba muy hermosa, no lo puedo negar, pero me moría de pena al pensar en salir frente al público, que por cierto, estaba lleno. Desde aquí se podía escuchar el bullicio, pero afortunadamente no era la única candidata. Había cinco mujeres más, obviamente más hermosas y bonitas que yo. Seguramente, por mí darían unos cuantos dólares. —No te muevas —me dijo la señora Magdalena, que me estaba maquillando—. Ya vamos a terminar y verás que quedarás irreconocible —le sonreí. —De hecho, ya estoy quedando así —ella también sonríe mientras continúa aplicándome cosas en la cara. Hoy mi vestido era de lentejuelas rojas, me veía muy elegante, pero tenía mucha lástima por Leo. A última hora no pudo venir conmigo; resulta que en la oficina lo llamaron para firmar unos contratos muy importantes. Al principio no quería ir, pero le hice ver que de eso dependían muchas cosas en la empresa. Me deseó lo mejor y nos despedimos con un beso. Ahora lo extraño, porque quizás era la única persona con la que iba a platicar. —Si no me equivoco, van a dar mucho dinero por ti, preciosa —me dijo nuevamente la señora Magdalena. Esa señora seguro me ve con los ojos con que una madre ve a su hija, porque no creo poder competir con las demás. —Bien, bien, espero que todas estén listas, la subasta ya va a empezar y quiero que hagan una fila —un sujeto calvo había llegado. Seguramente era el organizador de todo esto—. Primero quiero que pase la señorita de plateado —le dijo a una rubia alta. Ella se levantó y las demás nos formamos detrás de ella. Yo era la última y agradecía eso porque nunca me ha gustado ser la primera, y menos en estas cosas. —Vamos, vamos, no perdamos más tiempo —dijo el sujeto impaciente—. Ya saben, pónganse en modo coqueta cuando estén frente a todos esos bombones de hombres —lanzó un beso al aire—, porque según me han contado, hasta vinieron personas importantes. —Buenas noches, damas y caballeros —se escuchó otra voz desde el micrófono—. Sean todos bienvenidos a la subasta en beneficio para niños quemados. Esta noche nos van a deleitar nuestras preciosas damas, quienes con mucho esmero han venido hasta aquí para apoyar la causa. Esperamos que también haya buenas propuestas. Por favor, un aplauso —todos empezaron a aplaudir. Yo estaba cada vez más nerviosa—. Recibamos con fuertes aplausos a la señorita Nicole. La chica de plateado empezó a caminar frente a la multitud. Ella era muy hermosa y seguro que las ofertas empezarían a llover. —Bien, empezaremos con mil dólares —dijo el presentador—. ¿Quién ofrece más? —Doy tres mil —dijo un sujeto. —Yo doy cinco mil —dijo otro. Sabía que esa chica se vendería súper fácil. —Ofrezco diez mil —alzó la voz otro hombre, muy animado. —¿Quién da más de diez mil? —preguntó el presentador mirando hacia todos lados—. Muy bien, nadie da más de diez mil, vendida a la una, a las dos, a las… tres. Vendida al caballero que está por allá —la luz iluminó al sujeto, y estaba muy feo. Esa era otra cosa que no quería, que no me comprara un feo, pero como yo no tengo muy buena suerte con los hombres, primeramente no creo que alguien me compre, y segundo, tampoco van a tener interés. —Muy bien, vamos a pasar con la siguiente candidata, recibamos con un fuerte aplauso a la señorita Keyla —una chica morena de alta estatura y con curvas pronunciadas pasó al frente—. Con ella vamos a empezar con diez mil —el presentador agitaba el papel que llevaba en sus manos. —Doy quince mil —dijo un hombre de saco blanco. —Doy treinta mil —rayos, esta chica sí está más apetecible. —Sesenta mil —la cosa sí estaba mejorando. —Sesenta mil a la una. Sesenta mil a las dos. Sesenta mil a las tres. Vendida al hombre que está por allá —nuevamente la luz iluminó al sujeto que la había comprado. Este no estaba mal. De hecho, era fortachón y guapo. ¡Pero qué estoy diciendo! Sacudo mi cabeza al darme cuenta de lo que estoy pensando. Estoy por casarme con Leo y estoy pensando en otros hombres. Las demás chicas siguieron saliendo una tras otra. A medida que se iban quedando sin candidatas, yo me estaba muriendo de la ansiedad. Ya solo faltaba yo y no sabía cómo iba a actuar en esa pasarela. Las otras chicas se las ingeniaban para modelar, para ser el centro de atención, pero yo no estoy acostumbrada a esto. Pero vamos, tengo que hacerlo, aunque no paguen tanto como por las demás. —Yo sé que les gustaría que hubiera más candidatas, pero les prometemos que el próximo año habrá más. No se alarmen, aún tenemos a una chica más —el presentador me miró. Mis manos temblaban. Mis piernas temblaban. YO TEMBLABA—. Con ustedes… la señorita Lusiana. —Caminé torpemente hacia el escenario. Saludé con la mano al aire y empecé a tirar besos. Había muchas personas aquí, solo espero hacerlo bien. —Ya que la señorita Lusiana es la última, ¿qué les parece si empezamos con veinte mil? —rayos, no creo que den mucho por mí. Sabiendo cómo soy. Hubo un silencio después de que el presentador dijera esa cantidad. ¡Lo sabía! Nadie me va a comprar. Creo que ni cien dólares darían por mí. Todo cambió cuando escuché: —Treinta mil por ella —abrí los ojos de par en par. —Cien mil —¡Qué! Esto no puede estar pasando. De hecho, por mí nunca habían dado tanto. —Ciento cincuenta mil —dijo otro hombre. No pensé que darían esa cantidad. —Doscientos mil —se escuchó otra fuerte voz. Saber qué desgraciado con problemas mentales o pervertido será ese. Porque dar tanto dinero por una cita, es mucho. Las pujas siguieron y no parecía que fueran a terminar, las cifras eran exorbitantes y no sabía hasta dónde llegarían, hasta que una voz se alzó más que las demás y todos guardaron silencio cuando se escuchó la cifra de aquel hombre misterioso: —Doy cuatro millones de dólares —en cuanto terminó de pronunciar esa cantidad exagerada, todos se giraron para ver de quién se trataba. A mí casi se me cae la mandíbula. El foco empezó a buscar a la persona que había ofrecido esa cantidad, y cuando lo enfocó, no lo podía creer. Era el mismísimo Lucas. —Vendida al señor Lucas Graham —dijo el presentador. Pude ver desde aquí la sonrisa de oreja a oreja que tenía Lucas. Levantó su mano y me saludó desde su lugar. Esto simplemente no podía estar pasando. Lo conozco como la palma de mi mano y lo más probable es que esto me va a traer muchos problemas. ¡En qué rayos me he metido!
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