8 | Bajo el suero de la verdad

1185 Words
El silencio en el trayecto de regreso a la mansión era más pesado que el plomo. Rhett conducía con una calma gélida, con las manos apretando el volante de cuero con una fuerza que hacía que sus nudillos se vieran blancos. Yo me mantenía pegada a la puerta del copiloto, sintiendo todavía el ardor de sus labios en los míos y el peso de la radio oculta en mi abrigo. Había sobrevivido al callejón, pero sabía que el beso no lo había detenido; solo lo había desorientado. Al llegar, no me permitió subir a mi habitación. —Acompáñame al salón privado, Savannah —ordenó, sin mirarme—. Necesitamos terminar nuestra conversación. El aire de la calle te ha dejado demasiado alterada. El salón privado era una estancia pequeña, revestida de paneles de madera oscura y olor a tabaco añejo. Rhett se dirigió directamente al mueble bar. Lo escuché tintinear con los cristales. —Bebe esto. Te ayudará con los nervios —dijo, extendiéndome un vaso de cristal tallado con un líquido ámbar. Dudé. Mi instinto de agente gritó una advertencia, pero Savannah Crawford no tendría motivos para desconfiar de un trago tras un momento tan intenso. Tomé el vaso y bebí un sorbo largo. El sabor era amargo, con un toque metálico que intentaron ocultar con un exceso de hierbas aromáticas. Interferina-B. Un derivado leve del suero de la verdad, común en los interrogatorios de la mafia rusa. Mis pupilas se dilataron casi al instante y sentí un calor artificial subiendo por mi cuello. —¿Qué pasa, Savannah? Pareces mareada —murmuró Rhett, sentándose frente a mí, observándome como un científico observa a un espécimen bajo el microscopio. —Estoy cansada, Rhett —respondí, y me costó que las palabras no sonaran pastosas. Mi entrenamiento de resistencia a narcóticos del FBI se activó en mi cerebro como un protocolo de emergencia. "Fragmenta la realidad. Mantén un solo hilo de verdad y enrédalo en la mentira. No luches contra la droga, úsala". —Hablemos de tu pasado —dijo él, inclinándose hacia delante. Sus ojos se volvieron pozos oscuros—. De dónde vienes realmente. De por qué una abogada con tu talento termina aceptando trabajar para un hombre como yo en lugar de estar en una firma de prestigio en Manhattan. Sentí que el suelo se inclinaba. La droga estaba golpeando fuerte. Rhett quería romper mi fachada mientras mis defensas estaban bajas. —Vine... por el poder —susurré, dejando que mi cabeza cayera un poco hacia atrás, simulando una vulneración total—. En las firmas grandes... eres solo una pieza más. Contigo... soy el arma. Me gusta ser el arma, Rhett. Él sonrió, pero no era una sonrisa de alegría. Era la sonrisa de un depredador que cree haber acorralado a su presa. —¿Y el callejón? ¿Con quién hablabas? —su voz bajó un octava, volviéndose hipnótica—. No me digas que llorabas. Las mujeres como tú no lloran por amor. El sudor frío empezó a empapar mi espalda. Mi mente luchaba por no soltar el nombre de Miller o de la agencia. Tenía que darle algo, una carnada que lo distrajera de la verdad. Recordé el expediente del topo que Miller mencionó. Recordé el miedo a ser traicionada por los míos. —Él me prometió que estaría a salvo —balbuceé, fingiendo un delirio, dejando que las lágrimas que había estado conteniendo por el estrés fluyeran de verdad—. Alexander... él me dijo que nadie me tocaría. Rhett se puso rígido al instante. El nombre de su padre muerto, Alexander Catalano, golpeó el aire como una bofetada. —¿Qué has dicho? —preguntó él, su voz ahora cargada de una furia contenida—. ¿Alexander? Mi padre lleva años muerto. ¿Cómo conoces ese nombre? ¿Él te envió? ¿Trabajabas para él en secreto? Había dado en el blanco. En mi entrenamiento me enseñaron que la mejor mentira es la que involucra a un muerto que no puede desmentirla. Al mencionar a su padre, creé un cortocircuito en su lógica. Rhett ya no buscaba a un policía; ahora buscaba un fantasma, una conspiración familiar. —Él me eligió... —continué delirando, cerrando los ojos mientras me hundía en el sofá—. Dijo que tú... que tú necesitabas a alguien que no te tuviera miedo. Alexander me dio mi primera oportunidad... Rhett me tomó de los hombros y me sacudió levemente. Estaba descolocado, su paranoia girando en una dirección completamente distinta a la del FBI. —¡Mírame! —exigió—. ¿Dónde lo conociste? ¿Qué más te dijo? Pero yo ya no respondí más. Me dejé ir hacia la inconsciencia fingida, dejando que mi cuerpo se relajara por completo. Escuché su respiración agitada cerca de mi rostro. Sentí sus dedos rozar mi mandíbula, no con violencia, sino con una curiosidad morbosa. —Maldita sea, Savannah —susurró él—. Eres una caja de Pandora. Me quedé allí, inmóvil, durante lo que parecieron horas, sintiendo cómo el efecto de la droga empezaba a remitir gracias a mi metabolismo entrenado. Rhett no llamó a sus hombres para que me sacaran. Se quedó allí, bebiendo en silencio, observándome bajo la luz tenue de las lámparas. Finalmente, escuché que se ponía de pie y caminaba hacia la ventana. —Crees que eres una agente libre, ¿verdad? —dijo, aunque sabía que yo "no lo escuchaba"—. Crees que Alexander te envió para controlarme. Pero no importa quién te haya puesto en mi camino. No te voy a matar. No todavía. Eres demasiado valiosa, demasiado hermosa y demasiado misteriosa para desperdiciarte en un callejón. Escuché el clic de su encendedor. —Las otras familias vendrán la próxima semana —continuó, hablando consigo mismo—. Quieren ver si el hijo de Alexander es débil. Les voy a mostrar mi trofeo. Les voy a mostrar a la mujer que no tiene miedo a los Catalano. Te voy a poner un vestido de oro y te voy a exhibir frente a ellos como mi posesión más preciada. Y si alguno intenta tocarte... descubrirán por qué soy peor que mi padre. Un escalofrío que no tenía nada que ver con la droga me recorrió. Rhett no solo había dejado de sospechar (por ahora) de mi lealtad al gobierno, sino que su obsesión se había transformado en algo más peligroso. Ya no era solo su abogada. Ahora era su "trofeo", una pieza central en su juego de poder con la mafia neoyorquina. Me convertiría en el centro de todas las miradas, en el blanco de todos los enemigos de Rhett. El FBI quería que pasara desapercibida, pero Rhett Catalano acababa de decidir que yo sería la estrella de su circo sangriento. Me quedé quieta, esperando a que saliera del salón para poder respirar de nuevo. Había ganado una batalla usando el nombre de un muerto, pero acababa de meterme en una jaula de oro de la que no sería fácil escapar. La "Ladrona de Identidades" estaba a punto de ser coronada en el infierno.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD