7 | El beso de la sospecha

1420 Words
Anastasia La cicatriz. Esa marca en la nuca de Rhett seguía grabada en mi mente como un tatuaje. Durante toda la noche posterior a la fiesta, no pude cerrar los ojos. Ver la vulnerabilidad en el hombre más peligroso de Nueva York era peor que ver su furia; la furia es predecible, pero el dolor humano te hace bajar la guardia. Y en mi trabajo, bajar la guardia significa terminar en una zanja con un tiro en la frente. A la mañana siguiente, el ambiente en la mansión estaba extrañamente tranquilo. Rhett no apareció en el desayuno, lo cual agradecí. Necesitaba distancia. Sin embargo, mi respiro duró poco. Mientras fingía revisar unos contratos en la biblioteca, mi reloj inteligente —un dispositivo modificado que solo vibraba en frecuencias específicas— emitió tres pulsos cortos. Código rojo. Emergencia absoluta. Sentí un frío glacial recorrerme la columna. Ese código no se usaba para reportes de rutina; se usaba cuando la vida del agente estaba en peligro inminente. Salí de la biblioteca tratando de caminar con naturalidad, ignorando la mirada de los guardias que custodiaban el pasillo. Tenía que salir de la mansión. Ahora. —Señorita Crawford, ¿va a alguna parte? —preguntó uno de los hombres de confianza de Rhett en la puerta principal. —Necesito aire y café de verdad, no esa agua sucia que sirven aquí —respondí con mi mejor tono de Savannah arrogante—. Volveré en una hora. Caminé hacia mi coche, sintiendo que mil ojos me seguían desde las ventanas de la mansión. Conducir por las calles de Nueva York solía darme una sensación de control, pero hoy me sentía como un animal acorralado. Me dirigí hacia el Lower East Side, una zona llena de callejones y edificios viejos donde era fácil perderse. Estacioné a tres manzanas de mi destino y caminé hasta un callejón oscuro, oculto tras una hilera de contenedores industriales. Saqué mi radio de alta frecuencia, un dispositivo del tamaño de un encendedor, y sintonicé el canal encriptado. —Aquí Hyde. Reportando —susurré, pegada a la pared húmeda. —Anastasia, escucha con atención —la voz de mi supervisor, Miller, sonaba distorsionada y urgente—. Hemos detectado una filtración masiva desde dentro de la oficina de Inteligencia. Hay un topo, alguien de alto rango que ha estado vendiendo identidades de agentes encubiertos. Se me cortó la respiración. —¿Saben quién es? —pregunté, sintiendo que el mundo se desmoronaba. —No. Pero sabemos que el expediente de la "Operación Ladrona" fue consultado anoche de forma ilegal. Anastasia, es muy probable que sepan quién eres. Tienes que salir de ahí ahora mismo. Te enviaremos un equipo de extracción a... —¡No! —lo interrumpí—. Si huyo ahora, Rhett sabrá que soy yo. Me cazará antes de que pueda salir de la ciudad. Necesito tiempo para borrar mis huellas. —No tienes tiempo, Hyde. Si esa información llega a manos de Catalano, estás muerta. De repente, un ruido detrás de mí me hizo congelar la sangre. No era el sonido de una rata o de la basura moviéndose. Era el crujido inconfundible de una bota de cuero sobre el pavimento. —Corto —susurré, guardando la radio en el bolsillo oculto de mi abrigo. Me giré lentamente, con el corazón golpeando mis costillas como un martillo. Las sombras al final del callejón se movieron, y una figura alta y familiar emergió de la oscuridad. Rhett. No llevaba su traje habitual; vestía una chaqueta de cuero negra y jeans oscuros. Su mirada era más fría que el viento de invierno que soplaba entre los edificios. No estaba solo; a pocos metros detrás de él, vislumbré la silueta de dos de sus hombres. —Es una zona muy extraña para buscar café, Savannah —dijo su voz, arrastrando las palabras con una calma aterradora—. O quizás, es el lugar perfecto para encontrarse con alguien que no quieres que yo vea. Caminó hacia mí con esa elegancia depredadora. Cada paso que daba acortaba mi esperanza de vida. —Rhett... me asustaste —dije, tratando de que mi voz sonara como la de una mujer ofendida, no como la de una agente capturada—. Solo quería caminar sola. Tu mansión me asfixia a veces. —¿Te asfixia? —se detuvo a solo un metro de mí. Sus ojos escanearon el callejón, buscando a alguien más—. ¿Y por eso hablas sola en la oscuridad? Te he estado siguiendo desde que saliste de la casa. Te detuviste aquí con un propósito. ¿Con quién estabas hablando? —Con nadie. Solo estaba... pensando en voz alta —mentí, sintiendo el bulto de la radio en mi bolsillo. Si me registraba, estaba acabada. Rhett se acercó más, invadiendo mi espacio personal de esa forma dominante que solía usar. Puso una mano en la pared, justo al lado de mi cabeza, acorralándome. —No me mientas —susurró, y su voz tenía un filo que cortaba—. Sé reconocer cuando alguien oculta algo. Te vi mover las manos, Savannah. Entrégame lo que sea que tengas en ese bolsillo. Ahora. Mis manos empezaron a sudar. Podía intentar pelear, pero sus hombres estaban armados y él era más fuerte. Si sacaba la radio, mi sentencia de muerte estaba firmada. El topo del FBI me había puesto en bandeja de plata, y Rhett estaba a punto de cerrar la trampa. Tenía que hacer algo drástico. Algo que Savannah Crawford haría para distraer a un hombre obsesivo. —¿Quieres saber qué estaba haciendo aquí? —pregunté, dando un paso hacia él, reduciendo la distancia hasta que nuestros pechos se tocaron. —Dímelo —exigió él, con los ojos fijos en los míos. —Estaba tratando de convencerme de que no siento lo que siento cuando me miras así —mentí, poniendo toda la carga sensual que pude en mis palabras—. Estaba tratando de escapar de ti, Rhett. Pero parece que no puedo. Antes de que pudiera reaccionar, eché mis brazos alrededor de su cuello y lo atraje hacia mí. Estrellé mis labios contra los suyos con una desesperación que no era del todo fingida. Fue un beso cargado de pólvora, adrenalina y miedo. Rhett se tensó al principio, sorprendido por la audacia del ataque. Sus manos se cerraron sobre mi cintura, dudando por un milésimo de segundo entre apartarme o destruirme. Pero luego, el deseo que había estado creciendo entre nosotros durante días estalló. Su beso se volvió posesivo, dominante, casi violento. Me pegó contra la pared húmeda del callejón con una fuerza que me dejó sin aliento, respondiendo con una pasión que amenazaba con quemarnos a ambos. Mientras me besaba, usé mi mano libre para presionar la radio más adentro de mi bolsillo, asegurándome de que no se cayera ni se viera. El mundo exterior desapareció. Los hombres de Rhett, el topo del FBI, mi misión... todo se desvaneció bajo la presión de sus labios y el calor de su cuerpo. Fue un beso sucio, real y desesperado. Una distracción mortal que se sentía como una verdad. Cuando finalmente nos separamos, ambos estábamos jadeando. Rhett me miraba con una mezcla de furia y hambre cruda. Sus pupilas estaban dilatadas, y por un momento, la sospecha en sus ojos fue reemplazada por una posesividad oscura. —Si crees que esto va a hacerme olvidar que viniste aquí sola... —empezó a decir, con la voz ronca. —Vine aquí porque no quería que me vieras llorar —lo interrumpí, improvisando sobre la marcha—. Porque me asusta lo que me haces sentir, Rhett Catalano. Me asusta perder el control. Él se quedó en silencio, observándome como si tratara de descifrar un código imposible. Sus manos seguían firmes en mi cintura, marcando su territorio. —Vámonos —ordenó finalmente, soltándome pero manteniéndose cerca—. Volvemos a la mansión. Y de ahora en adelante, no sales de mi vista. ¿Entendido? Asentí, bajando la mirada para ocultar el alivio y el pánico que luchaban en mi interior. Había sobrevivido un capítulo más, pero el tiempo se me agotaba. Había un traidor en mi propia casa, y el hombre que acababa de besarme con la fuerza de un huracán era el mismo que me mataría sin dudarlo si descubría que mi beso era solo otra mentira. Subí al coche de Rhett sintiendo el sabor de su boca en la mía. Había ganado una batalla, pero la guerra acababa de volverse personal.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD