Anastasia
El amanecer en la mansión Catalano no trajo paz, sino una presión asfixiante. Tras la incursión nocturna de Rhett en mi habitación, mis nervios estaban a punto de estallar, pero no podía permitirme el lujo de flaquear. El "asunto italiano" no era solo una prueba de lealtad; era la razón por la que Savannah Crawford estaba sentada en una oficina rodeada de documentos que olían a corrupción y sangre.
Pasé la mañana entera pegada al teléfono y a la computadora cifrada. Políticos de alto nivel en Italia intentaban retener una carga masiva en el puerto de Gioia Tauro, alegando irregularidades que, en realidad, eran solo una excusa para exigir una tajada más grande del pastel de los Catalano. Sabía que si no resolvía esto hoy, Rhett usaría métodos mucho más permanentes y ruidosos, algo que el FBI quería evitar a toda costa.
—¿Problemas, avoggato? —preguntó una voz desde la puerta.
Era Ariadne. Me observaba apoyada en el umbral, con una sonrisa de suficiencia.
—Solo burocracia europea —respondí sin apartar la vista de la pantalla—. Creen que pueden jugar con el apellido Catalano porque están a miles de kilómetros de distancia. Se equivocan.
—Más te vale. Rhett no tiene paciencia para las derrotas, y esa carga vale más de lo que verás en diez vidas —sentenció antes de marcharse.
Sonreí para mis adentros. Lo que ella no sabía era que yo conocía los nombres de los fiscales italianos que estaban presionando, porque el FBI los tenía en nómina secreta. Usé mi acceso "legal" para redactar una serie de recursos de amparo que no solo invalidaban la retención de la carga, sino que amenazaban con revelar cuentas en paraísos fiscales de los políticos involucrados. No era derecho penal estándar; era extorsión legal pura.
A mediodía, hice la llamada definitiva. Usé el tono más gélido y prepotente de Savannah Crawford.
—Escúcheme bien, Ministro —dije al teléfono—. Si ese barco no zarpa en la próxima hora, mañana los periódicos tendrán las fotos de su villa en la Toscana pagada con dinero que no aparece en su declaración. No me obligue a ser desagradable.
Colgué. Diez minutos después, recibí la confirmación. La carga millonaria estaba en aguas internacionales. Había ganado mi primera batalla.
Caminé hacia el despacho de Rhett con el informe impreso. Él estaba revisando unos mapas con un par de hombres que se retiraron en cuanto me vieron entrar.
—La carga está libre, señor Catalano —dije, dejando el papel sobre su mesa—. Los políticos italianos han recordado de repente que son hombres de honor.
Rhett tomó el informe, leyéndolo con lentitud. Una sombra de satisfacción cruzó sus rasgos, algo que en él equivalía a una ovación de pie.
—Eficiente y letal. Me gusta —murmuró, dejando el papel—. Has salvado millones hoy, Savannah. Eso merece una celebración.
—No es necesario. Solo cumplo con mi contrato —respondí, intentando mantener la distancia.
—Oh, es muy necesario. Esta noche daré una cena privada para los socios principales. Quiero que estés allí. Y no como mi abogada, sino a mi lado.
Sentí una punzada de alarma.
—¿Como su acompañante? Señor Catalano, eso podría confundir a sus socios...
—No me importa lo que confunda a los demás —me interrumpió, rodeando el escritorio para quedar frente a mí—. Me importa lo que yo quiero. Y esta noche, quiero que el mundo vea que lo que es mío, nadie puede tocarlo. Prepárate. Te enviaré un vestido.
El vestido era una provocación: seda roja, ajustado como una segunda piel, con un escote en la espalda que llegaba hasta el límite de lo permitido. Me miré al espejo y casi no reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Anastasia Hyde nunca se habría atrevido a usar algo así. Pero Savannah Crawford se sentía poderosa en él.
Cuando bajé las escaleras, el salón principal estaba lleno de hombres con trajes caros y mujeres cubiertas de diamantes. Rhett me esperaba al pie de los escalones. Se veía impecable, pero había algo salvaje en su mirada cuando tomó mi mano y la llevó a sus labios.
—Estás... peligrosa —susurró para que solo yo lo escuchara.
La noche transcurría entre copas de champán y conversaciones superficiales hasta que ella apareció. Katherine. Llevaba un vestido dorado y caminaba con la confianza de quien cree que es la reina del lugar. Se acercó a nosotros con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Rhett, querido. No sabía que ahora traías a la servidumbre legal a las fiestas —dijo, lanzándome una mirada cargada de veneno.
Sentí que Rhett tensaba el brazo sobre mi cintura.
—Savannah no es servidumbre, Katherine. Es la razón por la que hoy somos más ricos que ayer —respondió él con una frialdad que habría congelado a cualquiera—. Además, me parece que luce mucho mejor en este salón que cualquier otra mujer presente.
El rostro de Katherine se transformó en una máscara de rabia contenida. Rhett no solo me estaba usando para lucirme; me estaba usando como un escudo y un mensaje. Yo era su nueva favorita, y él se encargaba de que todos lo supieran, obligándome a actuar como su pareja oficial frente a su "novia" despechada.
—Vamos a bailar —ordenó Rhett, ignorando a Katherine y llevándome hacia el centro de la pista.
La música era lenta, una melodía melancólica que contrastaba con la tensión en el aire. Rhett me atrajo hacia él, pegando mi cuerpo al suyo. Podía sentir el calor de su pecho y la fuerza de sus manos en mi espalda. Era un baile que se sentía más como un combate.
—Estás tensa —murmuró, acercando su rostro al mío—. Relájate, Anastasia... perdón, Savannah.
El desliz de lengua me hizo jadear. ¿Lo había hecho a propósito? Me miraba con una intensidad que me desarmaba. Mientras girábamos, mi mano, apoyada en su hombro, subió instintivamente hacia su nuca. Fue entonces cuando mis dedos rozaron algo diferente bajo la tela fina de su camisa y el borde de su cabello.
Era una cicatriz.
No era una herida de bala reciente ni un corte de pelea de bar. Era una marca antigua, rugosa, que subía desde la base del cuello hacia la parte posterior de la oreja. Al tocarla, sentí que Rhett se tensaba de una manera que no era s****l, sino defensiva.
Me atreví a mirar más de cerca bajo la tenue luz de las velas. La cicatriz tenía una forma irregular, como si hubiera sido grabada a fuego o causada por un trauma severo hace muchos años. En ese momento, por un breve segundo, la máscara de hierro de Rhett Catalano se agrietó.
Sus ojos, siempre fríos y calculadores, mostraron un destello de algo que nunca esperé ver en el Capo de la Cosa Nostra: dolor. Un dolor antiguo, una vulnerabilidad que intentaba ocultar bajo capas de violencia y poder.
—¿Qué es esto? —susurré, sin poder evitar que mi voz sonara suave, casi tierna.
Rhett me soltó bruscamente, rompiendo el ritmo del baile. El momento de conexión se evaporó tan rápido como había llegado. Su rostro volvió a ser la máscara de piedra de siempre, pero el daño ya estaba hecho. Lo había visto. Había visto al niño herido detrás del monstruo.
—Nada que deba importarte, avoggato —dijo con voz gélida—. No confundas un baile con una invitación a mi pasado.
Se dio la vuelta y se alejó hacia el bar, dejándome sola en medio de la pista de baile. Mi corazón latía desbocado, pero no por la adrenalina de la misión, sino por algo mucho más peligroso: la compasión.
Recordé las palabras de mi jefe en el FBI: "No sientas compasión por él... una vez que la sientas, no podrás volver atrás".
Me quedé allí parada, rodeada de criminales y lujo, dándome cuenta de que Rhett Catalano no era solo un objetivo que destruir. Era un hombre con cicatrices que iban mucho más allá de la piel, y por primera vez, me dio miedo que mi misión no fuera lo único que terminaría roto al final de este año.