Anastasia
¿Qué tan rápido puede transformarse la adrenalina en puro terror? Esa era la pregunta que rondaba por mi mente mientras caminaba por los interminables pasillos de la mansión Catalano. Apenas llevaba unas horas viviendo aquí y ya sentía que el aire estaba viciado, cargado de secretos y de la presencia abrumadora de Rhett. Cada paso que daba sobre las alfombras costosas parecía recordarme que ya no era Anastasia Hyde, la agente con una placa y un arma legal. Ahora era Savannah Crawford, una mujer que caminaba sobre el filo de una navaja.
Me detuve frente a la gran puerta del despacho de Rhett. Dos guardias armados me miraron con indiferencia, pero sus ojos evaluaban cada centímetro de mi cuerpo. Me acomodé la falda ajustada y llamé a la puerta con firmeza.
—Adelante —la voz de Rhett sonó profunda, resonando a través de la madera.
Entré y lo encontré de pie junto al ventanal, observando los inmensos jardines que rodeaban la propiedad. No se giró de inmediato, lo que me dio un segundo para observar la amplitud de sus hombros bajo el traje hecho a medida. Parecía un rey vigilando su reino, un hombre que no le temía a nada porque él era el miedo mismo.
—Me dijeron que quería verme, señor Catalano —dije, manteniendo mi tono profesional y ligeramente distante.
Él se giró lentamente. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos con una intensidad que casi me hace retroceder. Caminó hacia su escritorio y tomó una carpeta de color beige que estaba sobre la superficie pulida.
—Savannah. Espero que tu primera noche haya sido placentera —comentó, aunque no parecía una pregunta cortés, sino una observación—. He decidido que no podemos perder el tiempo. Como nuestra nueva avoggato, necesito que empieces a trabajar en un asunto delicado.
Me extendió la carpeta. La tomé, sintiendo el ligero roce de sus dedos contra los míos. Fue un contacto breve, pero una chispa de electricidad me recorrió el brazo. La ignoré por completo, o al menos eso intenté.
—Son los registros contables de nuestras operaciones en los muelles del sur —explicó Rhett, sentándose en su sillón de cuero—. Hay una discrepancia en los pagos a ciertos inspectores de aduanas. Necesito que encuentres el vacío legal para proteger esos movimientos antes de que el gobierno empiece a husmear más de la cuenta.
—Entiendo. Lo revisaré de inmediato —respondí.
—Hazlo en tu habitación. No quiero que esos papeles circulen por la casa —ordenó con un gesto despectivo—. Te veré en la cena para discutir tus hallazgos.
Salí del despacho sintiendo el peso de la carpeta en mis manos. Una vez en la seguridad de mi habitación, cerré la puerta y me dejé caer en el escritorio. Abrí los documentos y empecé a leer. Al principio, todo parecía lo que se esperaría de una organización criminal: sobornos disfrazados de honorarios, empresas fantasmas y movimientos de carga sospechosos.
Sin embargo, algo no cuadraba.
Como agente del FBI, yo conocía de memoria los informes de inteligencia que teníamos sobre los Catalano. Sabía qué muelles controlaban y qué rutas utilizaban. Mientras comparaba mentalmente los datos, mi sangre se heló. Las cifras en estos papeles eran demasiado obvias. Los nombres de los inspectores eran los mismos que el FBI tenía en su lista de posibles informantes.
—Es una trampa —susurro, sintiendo un nudo en el estómago.
Rhett me estaba poniendo a prueba. Si yo fuera una informante novata, correría a reportar esta información al FBI pensando que era el "el Santo Grial" de las pruebas. Pero había algo más. Al mirar una nota de pie de página sobre un envió de armas, detecté un Código que me hizo palidecer. Era una clave interna del FBI, una que solo se usaba en operaciones de entrega vigilada.
Mi corazón empezó a latir con violencia. No era solo Rhett poniéndome a prueba. El FBI también estaba jugando conmigo. Habían filtrado información falsa a Rhett para ver si yo sería capaz de detectar el error o si simplemente me limitaría a ser una mensajera. Si le entregaba a Rhett un análisis limpio, él sabría que soy una infiltrada porque los datos son demasiado convenientes. Si le decía la verdad al FBI sobre estos papeles, ellos sabrían que estoy empezando a pensar como una criminal.
Estaba atrapada entre dos fuegos.
—Piensa, Anastasia, piensa... —me dije a mí misma frotándome las sienes.
Tenía que jugar al doble juego de la perfección. Tenía que ser Savannah Crawford: la abogada brillante, cínica y hambrienta de poder.
Pasé las siguientes horas trabajando febrilmente. Redacté un informe que desestimaba la mitad de los documentos por ser evidentemente manipulados. Creé una narrativa donde le explicaba a Rhett que alguien dentro de su organización estaba intentando engañarlo con contabilidad falsa para tenerle una trampa legal. De esa manera, protegía mi identidad, le demostraba que era más inteligente que sus enemigos, y lo más importante, ganaba su confianza al salvarlo de una información que podría haberlo hundido.
Cuando llegó la hora de la cena, bajé al gran comedor. Rhett estaba solo a la cabecera de la mesa, con una copa de vino tinto frente a él. La luz de las velas proyectaba sombras largas sobre su rostro anguloso.
—¿Tienes el análisis? —preguntó sin más preámbulos.
Le entregué el informe. Él lo leyó en silencio mientras yo fingía comer un trozo de carne que me sabía a ceniza. El silencio era asfixiante. Rhett terminó de leer, dejó los papeles a un lado y me miró fijamente.
—Dices que estos archivos son basura —dijo con voz plana.
—Digo que quien se los entregó quiere verlo en un celda federal, señor Catalano —respondí con firmeza, sosteniéndole la mirada—. Esos registros son tan falsos que cualquier fiscal de medio pelo los usaría para desmantelar su red en una tarde. Si quiere mi ayuda, deje de darme juegos de niños y debe la verdad. No estoy aquí para perder el tiempo.
Rhett permaneció inmóvil durante unos segundos que me parecieron eternos. De repente, una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en sus labios.
—Interesante —murmuró—. Tienes garras, Savannah. Muchos se habrían tragado el anzuelo solo por quedar bien conmigo.
—No estoy aquí para quedar bien con usted. Estoy aquí para que usted gane. —repliqué.
—Mañana te daré los archivos reales —sentenció, dando por terminada la conversación —. Ya puedes retirarte.
Subí a mi habitación sintiendo que mis piernas temblaban por la tensión acumulada. Había pasado la primera prueba, había engañado al Capo y al mismo tiempo, había ocultado mi rastro ante el FBI al no reportar los códigos internos. Estaba jugando un juego peligroso, pero estaba ganando.
Me desvestí y me puse un camisón de seda negra tratando de relajarme. El silencio de la mansión era absoluto, interrumpido solo por el viento que golpeaba los ventanales. Me metí en la cama, pero el sueño se sentía como algo inalcanzable. Mi mente no paraba de repetir la imagen de Rhett, la forma en que me miraba, la peligrosidad que emanaba de cada uno de sus gestos.
Cerca de medianoche, escuché un ruido. Me senté en la cama,alerta, con el corazón en la garganta. La puerta de mi habitación se abrió lentamente, revelando la silueta imponente de Rhett Catalano. Entró sin prisa con la camisa ligeramente desabrochada y una mirada que me recorrió sin ningún rastro de disculpa.
—¿Qué está haciendo aquí? La puerta estaba cerrada —pregunté tratando de ocultar el temblor en mi voz.
Rhett se acercó a la orilla de la cama. El aroma a tabaco caro y alcohol fino lo rodeaba como un aura. Se inclinó hacia mí7, obligándome a retroceder.
—Te lo advertí antes —susurró con una voz ronca que me erizó la piel—. En esta casa no hay cerraduras para mí. Todo lo que está dentro de estas paredes me pertenece y eso te incluye a ti mientras estés bajo mi protección.
Sentí el calor de su cuerpo invadir mi espacio personal. Su manó se levantó y rozó mi mejilla con una lentitud tortuosa. El contacto era eléctrico, una mezcla de repulsión y mi deseo oscuro que no quería admitir.
—¿Vino a darme más archivos falsos? —lo desafié aunque mi respiración empezaba a agitarse.
Rhett soltó una risa baja, sus ojos bajaron a mi escote y luego volvieron a los míos.
—Vine a ver si eres tan valiente en la oscuridad como lo eres en mi despacho —dijo acortando la distancia hasta que sus labios estuvieron a centímetros de los míos. —Tienes un secreto Savannah, puedo olerlo, y me voy a encargar de descubrirlo.
La tensión s****l entre nosotros como una tormenta.
Estaba a punto de besarme, de reclamar algo que no le pertenecía, y por un segundo, Anastasia Hyde desapareció por completo. Solo quedaba Savannah, la mujer atrapada en los brazos del Capo, deseando y temiendo el fuego que estaba a punto de consumirla.
Él se detuvo antes de rozar mis labios, dejándome con el deseo ardiendo en la garganta.
—Mañana empezamos de verdad —susurró contra mi boca—. Intenta dormir, si puedes.
Se dio la vuelta y salió de la habitación, dejándome sola con el corazón acelerado y la certeza de que este era el principio de mi ruina. Estaba loca, estaba perdida, pero ya no había marcha atrás.
Había aceptado el juego del diablo. Y el diablo acababa de entrar en mi habitación.