Rhett
El aire en mi oficina siempre huele igual: a cuero caro y a ron añejo. Es un olor que ya es parte de mí. Estaba detrás del escritorio, con esos papeles que Ariadne me trajo sobre la abogada nueva. Savannah Crawford.
Mi hermana dijo que era una loca arrogante y atrevida. La descripción me gustó. Después de rogarle a bufetes enteros, ahora era una mujer la que me ponía condiciones. Exigía acceso total, vivir aquí. Una jugada temeraria. Eso solo podía significar dos cosas: o era increíblemente tonta, o era justo lo que necesitaba.
Nadie pide meterse en la casa del Capo a menos que no le tema a la muerte. O, peor aún, a menos que le guste jugar con fuego.
—¿Estás seguro de esto, Rhett? —Ariadne entró como siempre, sin llamar—. No sabemos nada de ella. Solo que su currículum es impecable y que su plan para Italia es… una obra maestra del crimen.
—Esa es justo la razón, Ariadne. La genialidad es lo que nos ha faltado. Llevamos meses perdiendo terreno con hombres mediocres que se mean de miedo. Y esta mujer… viene a supervisarme. Eso huele a poder. Y me gusta que una mujer demuestre que tiene más agallas que la mitad de mis hombres.
Me recliné en la silla, haciendo girar el vaso de ron.
—Además, si es tan lista como parece, es mejor tenerla cerca. Y si comete un solo error… se convierte en un problema que desaparece. Que viva aquí es nuestra póliza de seguro, hermana.
—¿Y ese otro plan que tienes en la cabeza? —Ariadne arqueó una ceja, leyéndome como siempre—. Podría salirte el tiro por la culata.
—Las mujeres que entran en mi mundo juegan con mis reglas. La avogatto necesitará confianza. Y yo confío en lo que puedo tocar. Es una forma de mantenerla… entretenida. Y de recordarle quién manda aquí. Al final, el plan siempre es el mismo: conseguir lo que quiero.
La casa estaba en silencio, esa calma tensa que precede a la tormenta. Mis hombres, en sus puestos, listos para escrutar cada movimiento de la recién llegada. No iba a permitir que nadie me tomara por sorpresa.
Eran las siete en punto cuando se abrió la puerta principal. Pero no fue el ruido lo que me llamó la atención, sino la mujer que la cruzó.
Savannah Crawford no parecía una abogada. Parecía una declaración de guerra.
Dejé el vaso sobre el escritorio y me levanté, caminando hacia la entrada de mi oficina para observarla desde la penumbra.
Llevaba una falda lápiz negra que no dejaba nada a la imaginación y una blusa de seda gris que hacía juego con su pelo rubio platino, cayéndole en ondas sobre los hombros. Sus ojos, con ese maquillaje cargado, no eran solo intensos. Eran depredadores. Prometían cosas que deberían darme miedo.
No vino sola. Dos de mis hombres traían sus maletas. No eran maletas normales, eran de esas de diseñador, como si viniera de vacaciones a la Costa Azul y no a tratar conmigo.
—Mi oficina está por aquí, Miss Crawford —dije, saliendo de las sombras. Mi voz sonó baja, medida.
Ella giró la cabeza con una lentitud estudiada, como si mi aparición no mereciera prisas. Cuando nuestras miradas se cruzaron, lo sentí. Un golpe seco, no en el cuerpo, sino en el pecho. No me miró con miedo ni con admiración. Me midió. Descarnadamente.
—Supongo que usted es Rhett Catalano —su voz era más grave de lo que imaginaba, un ronroneo peligroso. Su acento, pulido y casi aristocrático, parecía burlarse de mis orígenes—. No perdamos tiempo. ¿Dónde están los archivos completos del asunto italiano? No vine a jugar a las casitas.
Su descaro me divirtió. Y me encendió la sangre. Nadie me habla así. Y menos una mujer que acaba de pisar mi territorio.
—Mi casa, mis reglas, avogatto —me acerqué hasta que la distancia fue casi indecente. Pude oler su perfume, jazmín mezclado con algo más oscuro, como pólvora—. Antes de ver un solo papel, necesito estar seguro de que no eres una rata. Mi hermana te contrató; yo te despido. Y si te despido, no sales vivo de aquí. ¿Claro?
Ella no bajó la mirada. No se inmutó. No parpadeó. Pura sangre fría.
—Claro. Y mis condiciones son simples, Capo —se inclinó un poco hacia mí, bajando la voz hasta casi un susurro, como si compartiéramos un secreto sucio—. Soy tuya hasta que el trabajo termine. Tu abogada de día, y… lo que tú quieras de noche. Pero si me tocas sin mi permiso, el FBI y medio Italia sabrán lo que he encontrado en tus archivos.
La amenaza fue tan ridícula que no pude evitar reírme. Una risa corta y seca.
—Eres graciosa, Savannah. El FBI no se atreve a respirar en mi dirección. Y en cuanto a lo de ser “lo que yo quiera” —dejé que mi mirada recorriera su cuerpo, sin disimulo—, ¿me estás negociando o me estás ofreciendo un servicio extra? Sé honesta. Las mujeres como tú no trabajan por amor al arte.
Ella sonrió. Una sonrisa fría, perfecta. De manual.
—Estoy estableciendo la dinámica, Rhett. Mi lealtad tiene un precio. No me interesan tus joyas ni tu dinero. Me interesa el control. No seré tu perra. Seré tu obsesión. Y pagarás ese precio dejándome hacer mi trabajo. Necesito que confíes en mí a ciegas.
Sus palabras me golpearon con la fuerza de un directo. Estaba jugando mi propio juego. Quería que me obsesionara con ella. ¿Era casualidad? ¿O solo conocía mi reputación?
—La obsesión corta por los dos lados, avogatto —musité, acercándome más, sintiendo el calor que emanaba de ella—. Yo tampoco seré tu perro.
—Y yo no seré tu puta, Rhett. Seré la única mujer a la que le cuentes tus secretos. Y si siento que mi vida pende de un hilo, no dudaré en convertirme en tu peor pesadilla.
Ahí estaba. El desafío que llevaba tiempo esperando. La había subestimado. No era solo temeraria. Era una fuerza de la naturaleza. Y por primera vez en años, sentí la adrenalina correrme por las venas de verdad.
—Me gusta tu valentía, Savannah. O tu estupidez. En mi mundo, la valentía es lo primero que se pierde. Sígueme.
Me di la vuelta y volví a mi oficina, dejando que me siguiera. Quería ver cómo se movía en mi mundo, cómo reaccionaba al lujo y a la amenaza que respira en estas paredes. Caminó con la seguridad de una reina, sin mirar a mis hombres, sin inmutarse ante la gran mesa donde mi padre planeaba sus guerras.
—Toma —le lancé la carpeta con el caso italiano—. Revísalo esta noche. Mañana a primera hora quiero una estrategia. Olvídate de tu habitación por ahora. Dormirás en la suite de invitados. Y te aviso: no hay cerradura en esa puerta.
Cogió la carpeta. Sus dedos rozaron los míos. El contacto fue breve, pero dejó una quemazón.
—Las cerraduras no me preocupan, Rhett. En mi profesión, el sueño es un lujo que no me puedo permitir. Si quieres entrar, te recibiré. Pero si vienes solo a jugar, te arrepentirás. Yo solo juego por poder.
Abrí la boca para responder, pero me cortó en seco.
—Tú tienes algo que yo necesito: acabar con esos políticos. Yo tengo algo que tú necesitas: la solución legal. Lo demás son distracciones, Capo. Y yo no me distraigo.
Me quedé callado, observándola mientras salía de mi oficina con la misma calma con la que entró. Su figura se perdió en el pasillo.
Esta mujer era un enigma. Un desafío que no solo ponía a prueba mi imperio, sino también mi orgullo. Anastasia, la agente del FBI, estaba clavando el primer acto de su obra.
—¡Ariadne! —llamé.
Mi hermana se acercó, con los ojos brillantes de curiosidad.
—¿Y? ¿Qué te parece la avogatto?
—Tiene razón en lo de arrogante. Pero es la abogada más interesante que ha puesto un pie aquí —dije, sintiendo un pinchazo de excitación que no podía ignorar—. Prepárale la suite. Y ponle vigilancia extra. No porque crea que vaya a huir, sino porque quiero saber todo lo que hace. Cada minuto del día.
Rhett, el Capo, no se obsesiona. Pero Rhett, el hombre, acababa de conocer a la primera mujer que no se inclinó. Que me desafió. Y eso… eso era más que suficiente para no poder quitármela de la cabeza.
—Dijo que solo le interesa el poder —recordó Ariadne.
Me serví otro ron, levantando el vaso en un brindis silencioso hacia el pasillo vacío.
—Exacto. Y yo soy el poder hecho hombre, Ariadne. Solo es cuestión de tiempo hasta que me lo entregue todo. Y su cuerpo será solo la primera cuota.