3 | La mirada del capo

1960 Words
Rhett —¿Qué hiciste por mí? Nunca he recibido tu apoyo, tan solo tu interés...Desde siempre, has sabido que iba a terminar convirtiéndome en el siguiente jefe de la mafia y para una mujer como tú, a la que le encanta el peligro...Me atrevería a decir que te fascinaba la idea de pensar en que podrías tener la oportunidad de ser mi esposa, la mujer que me acompañara a todo lado y a quien todos los demás respetaran por ser la mujer del jefe de la mafia. Te encantaba la idea de ser una mujer tan peligrosa como para que todo el mundo tuviera que demostrarte respeto. Ella esboza una mueca y se aleja de mí. —Me conoces mejor que nadie, Rhett, me conoces mejor que nadie...Así que te pido, por favor, que en este momento no pienses en ponerme a mí en la posición de victimaria. Cual sea nuestra relación, te recuerdo que aceptaste formar parte de este desde un inicio...—me señala con el dedo. La verdad es que esta mujer nunca ha podido admitir que imagina cosas donde no las hay.—Todo el mundo espera que te cases pronto porque ya eres un hombre que debería comenzar una familia tan pronto como sea posible. —¿Folllar contigo era aceptarte como mi esposa? —Escupo sin filtro. No me interesa endulzarle el oído o hacerle ilusiones falsas. —No intento decir que el sexo tiene que atarte a una persona, sin embargo que soy la mejor opción que tienes en este momento de tu vida...¿Qué otra mujer puede estar a la altura de ser la esposa del atractivo y dominante Rhett Catalano? —Ya veo...—me encargo de fingir que comienzo a entender su punto de vista.—¿Querrías casarte conmigo de ser así? Sus ojos se iluminan de inmediato, se acerca mucho más a mí y pone sus brazos alrededor de mi cuello. —No juegues con eso, Rhett, sé a la perfección que casarse es algo imposible para ti...Nunca te interesas en tener una relación seria con ninguna mujer, lo único que te interesa es estar aquí metido manejando esta mafia que te coloca en la lista de los más buscados, pero, te encanta cuanto te llaman jefe o capo...Puedo ver en tus ojos lo mucho que te emociona ser reconocido por los demás de tal manera, sé que eres un narcisista que adora que le suban el ego cuando sea posible...Así que sí, soy la mujer perfecta para ti. —Te casarás conmigo. Anastasia Me pregunto quién era yo entonces. Si es que era alguien. La respuesta se me escapaba entre los dedos, igual que el humo del cigarrillo que me encendí esa noche en mi apartamento minúsculo, justo antes de que mi vida de verdad se helara por completo. La última semana fue un vendaval calculado para borrar a Anastasia Hyde de la faz de la tierra. Mañanas enteras con un sargento gritándonos los vericuetos de la familia Catalano. Tardes interminables en un despacho del FBI, con un psicólogo escarbando en mi cabeza para plantar hasta la raíz una nueva persona. Savannah Crawford: abogada eficiente, ambiciosa, arrogante. Sin escrúpulos. Sin ideales. Solo éxito. Ensayé hasta que la sonrisa me sonó falsa en los oídos y la mirada me quedó lo suficientemente cortante. Pero lo más duro no fue el entrenamiento. Fue la cita con Daimon. Fue… perfecta. Y por eso mismo, un puñal. Cenamos en un italiano pequeño, lejos del Distrito, y hablamos de todo menos del trabajo. Él era atento, divertido, y me miraba con una ternura que me hizo desear, con toda el alma, no ser una agente a punto de esfumarse. —Prométeme que te vas a cuidar, Anastasia —me dijo en la puerta de mi casa, con una preocupación en la voz que yo no merecía—. Eres la mujer más temeraria que conozco. —El peligro es mi hobby favorito, Daimon —contesté, forzando una sonrisa despreocupada. No se rió. Me tomó la cara entre sus manos, con esos ojos verdes clavados en los míos. El corazón me latió tan fuerte que casi esperé oír una voz en un auricular advirtiendo de "ritmo cardíaco elevado". —No sé qué misión es esa, pero sé que te vas por mucho tiempo. No te enamores, Ana. No pierdas quién eres. Era el mantra del jefe, repetido por la única persona que, en mi vida real, me importaba de verdad. Su advertencia sonó a maldición. Solo me dio un beso en la frente, un gesto tan puro que hacía aún más brutal la misión que me esperaba. Supe que era una despedida, un ancla que yo estaba obligada a soltar. Le di las gracias y cerré la puerta. La última vez que sería Anastasia Hyde en un año. —Elige un lado, Crawford. Elige tu identidad. El terapeuta del FBI me lo machacó cien veces. El día que toqué fondo y decidí convertirme en mi alter ego, me planté frente al espejo. Ya no estaba Anastasia. Mi pelo castaño y liso ahora era una melena rubio platino, salvaje, que gritaba arrogancia. Mis ojos, perfilados con un smoky intenso, ya no tenían la mirada franca de la agente; ahora brillaban fríos, como los de un depredador. Los trajes sastre sobrios los cambié por cuero n***o y faldas lápiz que costaban más que mi sueldo de seis meses. Savannah Crawford era una declaración de guerra. —Anastasia Hyde está muerta —susurré al espejo, probando el sabor de la mentira. La voz de Savannah era más grave, más lenta, siempre al borde de soltar una amenaza o una insinuación. —Ella era ingenua. Una idealista que creía en la justicia —me repetí, escupiendo las palabras que el terapeuta me había inoculado—. Savannah es realista, cínica, y solo le interesan el poder y el dinero. La abogada del diablo. Mi nueva oficina era la firma Steam, un edificio de mármol y cristal en el corazón financiero, el lavadero legal preferido de la peor calaña del país. Me recibió el Sr. Donovan, el jefe. Un hombre tan pulcro y seco que daba grima pensar que defendía a asesinos. Me dio la bienvenida con la frialdad de quien mueve los hilos del inframundo legal. —Señorita Crawford, su currículum es… intimidante. Demasiado bueno para un puesto normal. Supongo que su ambición va a la par. —Mi ambición es la única razón por la que he venido, Sr. Donovan —contesté, dejando claro que él era solo un peldaño—. Estoy aquí para los casos grandes. Los que queman. Donovan esbozó una sonrisa seca. —Tengo algo para usted. Es delicado. Si lo maneja bien, la hará famosa. O la enterrará. Ahí estaba. La adrenalina que necesitaba. Había empezado. Me pasó una carpeta que pesaba como un ladrillo. En mi mente veía el sello del FBI, pero en la portada solo ponía: "ASUNTOS LEGALES CATALANO. Confidencial." Me pasé las siguientes veinticuatro horas inmersa en los problemas de la Cosa Nostra. Los Catalano se estaban asfixiando con una nueva ley fiscal en Italia y unos políticos corruptos que, irónicamente, querían un trozo más grande del pastel. No era un caso de sangre o drogas; era un juego de poder y dinero, envuelto en cientos de páginas de jerga legal y códigos cifrados. La mente de Anastasia, la agente especializada en penal, se puso a trabajar. Era un rompecabezas fascinante. Pero Savannah, la abogada, solo buscaba la solución más rápida, audaz y despiadadamente legal. El objetivo no era ganar, era demostrar mi valor. A la mañana siguiente, le presenté mi estrategia a Donovan. En vez de soluciones tibias, le solté un plan tan agresivo que no solo sacaría a los Catalano del apuro, sino que dejaría a esos políticos italianos en la ruina y humillados. Donovan, por primera vez, pareció impresionado. —Es una locura, Crawford. Arriesgado, ilegal, brillante. —Es Derecho Penal, Sr. Donovan. El riesgo es solo otra cláusula —dije, encogiéndome de hombros mientras recogía mis papeles—. Si los Catalano no tienen agallas para ejecutarlo, entonces no merecen su imperio. En ese momento, la puerta de la oficina se abrió de golpe. Apareció una mujer joven, pelo n***o y ojos que taladraban. Me miró con una mezcla de curiosidad y recelo. Ariadne Catalano. La hermana de Rhett. Mi objetivo indirecto, en carne y hueso. —¿Tú eres Savannah Crawford? —preguntó, sin rodeos. Su voz tenía la misma autoridad que la de su hermano en las grabaciones. —Soy la única persona en esta oficina que puede salvar a tu familia de la quiebra legal, si es eso lo que preguntas —respondí, sin levantarme ni bajar la mirada. Savannah no se inclinaba ante nadie. Ariadne frunció el ceño ante mi descaro, pero luego soltó una risa seca, casi divertida. Le había caído bien. —Mi hermano lleva tiempo buscándote. Hemos perdido demasiado tiempo y dinero con abogados inútiles. Donovan dice que tienes una salida para nuestro… problemilla italiano. —No es una salida —la corregí, fría—. Es una aniquilación legal. Pero solo lo discutiré con tu hermano. Soy cara, Miss Catalano. Y mis honorarios se pagan por adelantado. Ariadne entrecerró los ojos. Mi desafío la había picado. —No tienes miedo. Eso me gusta. Debes saber que mi hermano es… exigente. Y si fracasas, las consecuencias no serán legales. —No soy una de tus mascotas asustadas. Conozco el juego. Y no fracaso. El problema es que Rhett Catalano no podrá permitirse mi tiempo si no acepta mis condiciones. —¿Condiciones? —Exacto. Mi solución requiere una inmersión total. No trabajaré desde aquí, como un recambio. Necesito acceso completo, las 24 horas. Para que esto funcione, debo vivir en la residencia Catalano. El silencio se hizo espeso. Ariadne se recostó en el marco de la puerta, cruzando los brazos, evaluándome. Sabía que esta era la prueba de fuego. Si Savannah era tan eficiente y arrogante como parecía, Ariadne cedería. —Es una petición… inusual —murmuró. —Es una condición innegociable —repliqué, sin apartar los ojos de los suyos. Ariadne sacó el teléfono y marcó un número, sin dejar de observarme. —Rhett. Ya tengo a la abogada. Es una rubia arrogante y temeraria, pero acaba de soltar un plan para lo de Italia que hará llorar a esos políticos. Sí, es una locura, pero… —Hizo una pausa, escuchando—. Sí. Quiere vivir en la casa. ¿Qué? ¿En serio? Sus ojos se abrieron un instante. La respuesta de Rhett debió de ser rápida y contundente. —Cumplió tus requisitos, ¿verdad? —me preguntó Ariadne con una sonrisa de loba, colgando el teléfono—. Tienes razón, tienes agallas. Mi hermano dice que te espere mañana. Él es el Capo, Savannah. No tolera errores. —Dile a tu hermano que el Capo no es el único que da órdenes aquí. Ahora yo manejo su cuello legal. Estaré allí al anochecer —le solté, levantándome por fin. Le tendí la mano, no como un saludo, sino como una toma de poder. Ella la aceptó, con un agarre sorprendentemente fuerte. Al salir de la firma Steam, todo mi cuerpo temblaba. Pero no era miedo. Era el subidón de la victoria. La misión había avanzado a una velocidad de vértigo. Anastasia Hyde había cumplido. Ahora, Savannah Crawford se dirigía directa a la boca del lobo. Lo de ser la amante no sería una sugerencia del FBI, sino una orden directa de Rhett Catalano. Y a partir de mañana, tendría que empezar a enamorar al hombre al que habían enviado a destruir. El juego del amor y la muerte acababa de comenzar.
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