Anastasia
El restaurante en el Upper East Side había sido cerrado exclusivamente para la reunión. No había letreros luminosos ni música estridente, solo el silencio tenso de la verdadera riqueza y el aroma a cuero y perfume caro. Caminé al lado de Rhett, sintiendo la caricia del encaje n***o contra mis muslos y el peso de las miradas sobre mí. Él no me llevaba del brazo; su mano descansaba con firmeza en la base de mi espalda, un recordatorio constante de que no era una invitada, sino su propiedad.
Al entrar en el salón privado, el aire se volvió denso. Tres hombres estaban sentados alrededor de una mesa redonda de mármol. Dos de ellos eran los Moretti, banqueros de rostro cetrino y manos de seda que movían los hilos financieros de la ciudad. Pero fue el tercer hombre el que hizo que mis instintos de agente se dispararan.
Luca Moretti, el primo joven y ambicioso, pero sobre todo, el mayor rival comercial de los Catalano. Se decía que Luca era un psicópata con modales de príncipe, alguien que no quería simplemente el dinero de Rhett, sino su extinción.
—Rhett. Llegas tarde —dijo Luca, levantando una copa de cristal—. Aunque viendo la compañía que traes, es totalmente comprensible.
Rhett me atrajo más hacia él, sus dedos hundiéndose ligeramente en mi piel.
—Savannah Crawford. Mi abogada —presentó Rhett con una voz que era puro hielo.
—Ah, la famosa abogada que liberó la carga de Palermo —Luca se puso de pie y se acercó a nosotros. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una lascivia calculada, deteniéndose en el escote de mi vestido—. Es un desperdicio de talento, querida. Trabajar para los Catalano es como apostar por un barco que ya tiene grietas en el casco.
Rhett tensó el cuerpo, listo para soltar una respuesta violenta, pero yo puse una mano sobre su antebrazo, deteniéndolo. Savannah no necesitaba que la defendieran; Savannah sabía defenderse sola.
—Los barcos con grietas son los que mejor conocen el mar, señor Moretti —respondí con una sonrisa gélida—. Y los que están intactos suelen hundirse al primer golpe por pura arrogancia.
Luca soltó una carcajada que no llegó a sus ojos. La cena comenzó y la tensión no hizo más que aumentar. Mientras los Moretti discutían las rutas de blanqueo y las cuentas en las Islas Caimán, yo me dedicaba a memorizar cada cifra. Rhett sacó una tableta encriptada y empezó a teclear. Mis ojos captaron los primeros cuatro dígitos de la cuenta maestra: XJ77...
—Disculpen —dijo Luca de repente, mirándome—. He dejado caer mi encendedor. Savannah, ¿serías tan amable?
Fue una excusa barata. Me incliné ligeramente hacia el suelo y, en ese segundo, Luca se acercó a mi oído bajo el pretexto de ayudarme. Su aliento olía a menta y peligro.
—Sé quién eres, preciosa —susurró con una rapidez letal—. Sé que Rhett no te cuenta todo. Pásate a mi bando. Te daré diez veces lo que él te paga, protección total y un lugar en mi mesa, no solo debajo de ella. Piénsalo antes del postre.
Se enderezó con una sonrisa triunfal. Yo me quedé paralizada por un microsegundo. ¿Luca sabía que era del FBI o simplemente creía que era una abogada ambiciosa buscando un mejor postor? De cualquier manera, el tablero acababa de cambiar.
Rhett no era tonto. Había visto el intercambio de susurros. El ambiente en la mesa cambió de la frialdad a la hostilidad pura. El aire empezó a vibrar con una violencia contenida.
—¿Qué te ha dicho, Savannah? —preguntó Rhett. Su voz era un gruñido bajo que hizo que los Moretti se detuvieran.
—Cosas de negocios, Rhett. No te preocupes —respondió Luca, divertido.
Rhett no respondió con palabras. Se puso de pie con una brusquedad que hizo que su silla golpeara el suelo. Rodeó la mesa, me tomó del brazo y me obligó a levantarme. Sus ojos ardían con una furia posesiva que nunca antes había visto. No era solo celos; era el reclamo de un soberano sobre su tesoro.
—Luca —dijo Rhett, y el sonido de su voz hizo que los guardias en la puerta pusieran las manos en sus armas—. Si vuelves a acercarte a ella, si vuelves a respirar el mismo aire que ella respira sin mi permiso, te sacaré los ojos y se los daré de comer a mis perros.
—Es solo una mujer, Rhett. No te pongas sentimental —provocó Luca.
—No es solo una mujer —Rhett me atrajo hacia su pecho con una fuerza que me dejó sin aliento. Me tomó de la nuca frente a todos, obligándome a mirar a los Moretti—. Ella es Savannah Crawford. Es mi abogada, es mi mente y, a partir de esta noche, es la mujer que duerme en mi cama. Es una Catalano en todo menos en el nombre. Y cualquiera que intente comprarla, está comprando su propia sentencia de muerte.
Me besó allí mismo. No fue un beso romántico; fue una marca. Fue agresivo, dominante y cargado de una adrenalina que me hizo temblar. Sus labios reclamaron los míos frente a sus rivales, sellando mi destino ante los ojos de la mafia neoyorquina. Ya no había vuelta atrás. La Agente Anastasia Hyde acababa de ser borrada públicamente por la marca de Rhett Catalano.
—Nos vamos —ordenó Rhett, soltándome pero manteniéndome sujeta por la cintura.
Salimos del restaurante bajo un silencio sepulcral. En el coche, la tensión s****l que había estado creciendo durante diez capítulos finalmente alcanzó su punto de ruptura. Rhett cerró la mampara que nos separaba del conductor y se giró hacia mí. Sus pupilas estaban tan dilatadas que sus ojos se veían completamente negros.
—¿Qué te dijo? —preguntó, acorralándome contra el asiento de cuero del Mercedes.
—Dijo que tu barco se hundía —susurré, sintiendo su calor envolviéndome.
—Mi barco no se va a hundir, Savannah. Y tú no vas a ir a ninguna parte.
Sus manos bajaron por mi espalda, acariciando la piel desnuda que el vestido dejaba al descubierto. Me besó de nuevo, esta vez con una desesperación que me hizo gemir. Su mano derecha subió por mi muslo, rompiendo la fina seda de mis medias, buscando el calor de mi piel. El deseo era una fuerza física, algo que me hacía olvidar mi placa, mi misión y las 72 horas que me quedaban.
En ese momento, solo quería que Rhett me tomara. Quería perderme en esa oscuridad que él ofrecía. Él empezó a bajar los tirantes de mi vestido, sus labios recorriendo mi cuello, mi clavícula, bajando hacia mi pecho.
—Eres mía —gruñó contra mi piel—. Solo mía.
Estaba a punto de suceder. El primer encuentro íntimo que lo cambiaría todo. Su mano ya estaba desabrochando su cinturón cuando, de repente, el mundo estalló en un estruendo de metal y cristales rotos.
¡RAT-TAT-TAT-TAT-TAT!
El sonido ensordecedor de una ráfaga de ametralladora golpeó el lateral del coche. Los cristales blindados se agrietaron, cubriéndonos de esquirlas. El Mercedes dio un bandazo violento, chirriando sobre el asfalto.
—¡Abajo! —gritó Rhett, reaccionando con la velocidad de un depredador.
Me empujó hacia el suelo del coche, cubriendo mi cuerpo con el suyo mientras otra ráfaga impactaba contra la carrocería. El olor a pólvora y neumáticos quemados llenó el habitáculo. Rhett sacó su pistola del cinturón, su rostro transformado en una máscara de pura furia asesina.
—¡Malditos bastardos! —rugió.
El coche derrapó, estrellándose contra una hilera de cubos de basura en un callejón mientras el conductor intentaba maniobrar para salir de la línea de fuego. Los neumáticos chirriaban y el motor rugía en un intento desesperado por escapar.
Miré a Rhett. La lujuria de hace un momento se había evaporado, reemplazada por el instinto de supervivencia. Estábamos bajo ataque. Luca Moretti no había esperado al postre para intentar eliminarnos.
—¿Estás herida? —preguntó Rhett, revisándome con manos rápidas mientras el coche volvía a acelerar entre disparos.
—Estoy bien —mentí, aunque el pánico me cerraba la garganta.
—Escúchame bien, Savannah —dijo, pegando su frente a la mía mientras las balas seguían golpeando el blindaje—. Si salimos de esta, voy a quemar la ciudad entera para encontrarlos. Y luego, voy a terminar lo que empezamos en este asiento.
El coche saltó sobre un bordillo y salimos disparados hacia la autopista, perseguidos por dos furgonetas negras que no dejaban de disparar. Mi misión acababa de convertirse en una zona de guerra, y el hombre que me protegía con su propio cuerpo era el mismo que, si descubría mi secreto, me daría el último de esos balazos.
La noche apenas comenzaba, y el rastro de sangre nos llevaba directamente de regreso a la mansión.