13 | El precio de la lealtad

1735 Words
Anastasia La pistola con empuñadura de nácar pesaba en mi cintura como si estuviera hecha de plomo. Era un recordatorio constante de que Rhett me veía como algo que proteger y, al mismo tiempo, como algo que podía disparar en su nombre. Pero mientras caminaba por los jardines de la mansión, tratando de asimilar la amenaza de Katherine, mi reloj emitió una pulsación que me hizo detener el corazón. Un mensaje de texto encriptado apareció en la pantalla mínima: "Punto de contacto Delta. 22:00. Soporte táctico en posición. Identificación: Sombra". Se me revolvieron las tripas. El FBI no enviaba "soporte táctico" a menos que la misión estuviera a punto de estallar o que ya no confiaran en mi capacidad para operar sola. Me encerré en el baño, abrí el canal seguro y esperé la confirmación de voz. —Hyde, aquí Miller —la voz de mi jefe sonaba más tensa que nunca—. El topo ha movido ficha. Han intentado acceder a tu ubicación exacta desde una IP externa. No estás segura. Hemos enviado a alguien de tu total confianza para que actúe como enlace físico y te saque de ahí si las cosas se ponen feas. —¿A quién han enviado? —pregunté, con un mal presentimiento instalándose en mi pecho. —A Daimon Hobbs. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Daimon. Mi antiguo compañero, el hombre con el que compartí no solo misiones, sino una historia personal que casi me cuesta la carrera. Daimon era impulsivo, protector hasta la médula y la última persona que debería estar cerca de Rhett Catalano. Si Rhett era un huracán, Daimon era un incendio forestal; ponerlos cerca era invitar al apocalipsis. —Es un error —susurré con rabia—. Rhett huele el peligro a kilómetros. Si ve a Daimon cerca de la propiedad, lo matará antes de que pueda identificarse. —Es una orden, Anastasia. Reúnete con él. Pasé el resto del día como una autómata. Rhett estaba inmerso en llamadas con sus capitanes, organizando la represalia contra los Moretti por el atentado del coche. Su herida parecía dolerle, pero se negaba a descansar. Me observaba de reojo, con esa posesividad que ahora me hacía sentir asfixiada. A las diez de la noche, aproveché que Rhett estaba encerrado en una videoconferencia con Sicilia para deslizarme por la puerta de servicio de la cocina. Me moví con la agilidad de una sombra, evitando las cámaras que yo misma había ayudado a mapear. El punto Delta era un viejo embarcadero abandonado a dos kilómetros de la mansión, un lugar donde el río olía a podrido y la niebla ocultaba los pecados. Caminé rápido, con la mano en la culata de la pistola de nácar. Al llegar al embarcadero, una figura emergió de entre las sombras de un almacén en ruinas. —Sigues teniendo esa forma de caminar que dice "no me toques o te rompo el brazo" —dijo una voz familiar y cargada de ironía. Daimon. Estaba más delgado, con una barba de varios días y esa mirada intensa que siempre me ponía nerviosa. —¿Qué diablos haces aquí, Daimon? —lo empujé hacia la oscuridad de la pared—. Miller se ha vuelto loco. Si Rhett te ve... —Si ese mafioso me ve, tendrá un problema mucho mayor que una auditoría fiscal —respondió él, tomándome de los hombros—. Anastasia, tienes que salir. El topo está en el equipo de extracción. Alguien quiere que mueras en esa mansión para que la investigación se cierre. —No puedo irme ahora. Estoy a punto de conseguir los códigos de las Caimán. Rhett confía en mí, Daimon. Me ha dejado entrar en su círculo íntimo. —¡Te ha dejado entrar en su cama! —escupió Daimon con celos evidentes—. He visto las fotos del restaurante, Anastasia. Cómo te marcaba. Eso no es parte de la misión, es... —Es lo que tengo que hacer para sobrevivir —le siseé, clavándole los dedos en el pecho—. No te atrevas a juzgarme. Tú no estás ahí dentro. De repente, el silencio del embarcadero fue interrumpido por el sonido de un motor de alta gama. Unas luces potentes cortaron la niebla, iluminando los tablones de madera podrida. Un coche n***o se detuvo a pocos metros, y mi corazón se detuvo con él. Era el coche de Rhett. El pánico me nubló la vista por un segundo. ¿Cómo me había encontrado? No había cámaras aquí, no había rastreadores en mi ropa... ¡La pistola! La pistola que me había regalado. Rhett no me había dado un arma para protegerme, me había dado un grillete electrónico. La empuñadura de nácar debía tener un GPS de grado militar oculto en su interior. Rhett bajó del coche. Su silueta era imponente, su postura rígida por la herida, pero su mano estaba firmemente apoyada en su arma reglamentaria. Sus hombres se desplegaron en abanico, rodeándonos. —Savannah —su voz era un susurro mortal, cargado de una decepción que me dolió más que una bofetada—. Me dijiste que querías caminar sola para pensar. No sabía que tus pensamientos tenían el rostro de otro hombre. Daimon dio un paso al frente, con la mano buscando su propia arma bajo la chaqueta. —¡No! —grité, interponiéndome entre los dos. —¿Quién es él? —preguntó Rhett, acercándose. Sus ojos ardían con una furia asesina. No era el Rhett vulnerable de la fiebre; era el Capo que acababa de encontrar a su mujer con otro—. Dame una razón para no llenar su cuerpo de plomo ahora mismo. Mi mente trabajó a mil por hora. No podía decir que era un policía, ni un amante. Tenía que darle una debilidad, algo que justificara mi vergüenza y mi huida. —Es mi hermano —solté de golpe. Daimon se quedó paralizado. Rhett frunció el ceño, deteniéndose a dos pasos de nosotros. —¿Tu hermano? —repitió Rhett, escaneando a Daimon con desconfianza. —Se llama... Julian —improvisé, dejando que mi voz temblara de "vergüenza"—. Es un drogadicto, Rhett. Un maldito parásito que entra y sale de rehabilitación. Me encontró en Nueva York y me ha estado chantajeando. Le debo dinero por sus deudas de juego y me amenazó con venir a la mansión a armar un escándalo si no le pagaba esta noche. Daimon, captando la señal con una velocidad asombrosa, bajó la cabeza y empezó a actuar. Se encogió de hombros, adoptando una postura errática y nerviosa, rascándose el brazo con ansiedad fingida. —Solo... solo necesito el dinero, Savannah —balbuceó Daimon, con la voz quebrada—. Ella es la rica ahora, ¿verdad? La gran abogada de los Catalano. Yo no tengo nada. Dame lo que me debes y me iré. Rhett observó a Daimon con un asco infinito. En el mundo de la mafia, los drogadictos eran la escoria más baja, seres sin honor ni utilidad. La tensión en sus hombros disminuyó ligeramente, reemplazada por un desprecio aristocrático. —¿Este es el secreto que ocultabas con tanto celo? —preguntó Rhett, mirándome a los ojos—. ¿Un hermano yonqui? —Me avergüenzo de él —dije, dejando caer una lágrima—. Alexander me dijo que me alejara de mi familia, que ellos solo me hundirían. Por eso nunca te hablé de él. Tenía miedo de que pensaras que yo era como él. Rhett se acercó a Daimon. Era mucho más alto y ancho. Le puso la mano en el pecho y lo empujó con fuerza, haciendo que Daimon tropezara. —Escúchame bien, basura —dijo Rhett, y su voz era como el acero rozando el suelo—. Si vuelves a acercarte a Savannah, si vuelves a llamarla o a pedirle un solo centavo, te encontrarán flotando en este río con los pulmones llenos de lodo. Ella ya no tiene familia. Ella me pertenece a mí. ¿Ha quedado claro? Daimon asintió frenéticamente, fingiendo terror. Rhett sacó un fajo de billetes de cien dólares de su bolsillo y se los tiró a la cara. —Toma esto y desaparece de la ciudad. Si te vuelvo a ver, no habrá dinero, solo balas. Rhett me tomó del brazo con una firmeza que no admitía réplicas y me arrastró hacia el coche. Daimon se quedó allí, recogiendo los billetes del suelo, manteniendo su papel hasta que cerramos la puerta del Mercedes. El viaje de vuelta fue un infierno de silencio. Rhett no dijo nada, pero su mandíbula estaba apretada y sus manos temblaban ligeramente de pura rabia contenida. Al llegar a la mansión, me llevó directamente a su despacho y cerró la puerta con un golpe seco. Se giró hacia mí, y por un momento pensé que me iba a golpear. Pero en lugar de eso, me tomó de la nuca y me obligó a mirarlo. —No vuelvas a mentirme, Savannah —gruñó—. Si tienes un problema, me lo dices a mí. Si tienes una deuda, yo la pago. Si tienes un hermano que es una carga, yo me encargo de que deje de serlo. Pero nunca, nunca vuelvas a escaparte de mi casa para verte con nadie a mis espaldas. Me besó con una violencia que sabía a posesión y a alivio. Sus manos bajaron hasta mi cintura, buscando la pistola de nácar. La sacó de mi funda y la puso sobre el escritorio. —Sé que te gusta tu independencia —dijo, acariciando la empuñadura donde estaba el GPS—. Pero a partir de hoy, vas a aprender que no hay ningún lugar donde puedas esconderte de mí. Eres mía, Savannah. Y voy a protegerte de tu pasado, de tu familia y de ti misma, aunque tenga que encadenarte a esta cama. Esa noche, mientras Rhett me abrazaba en la oscuridad de su habitación con una fuerza que casi me impedía respirar, me di cuenta de que Daimon tenía razón en algo: el círculo se estaba cerrando. El FBI estaba comprometido, Daimon estaba en la ciudad y Rhett me estaba rastreando como a un animal de caza. La "Ladrona de Identidades" estaba atrapada en su propia red, y el hombre que dormía a mi lado era el único que, irónicamente, me mantenía a salvo de los monstruos de mi propio bando.
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