12 | El precio de las máscaras

1414 Words
Anastasia La luz grisácea de la mañana se filtraba por la pequeña claraboya del sótano, bañando la habitación en un tono mortecino. Rhett seguía dormido, su respiración era un ritmo pesado y trabajoso que llenaba el espacio. Me dolía todo el cuerpo; la adrenalina del tiroteo se había evaporado, dejando en su lugar una fatiga punzante y el miedo constante de que alguien golpeara la puerta en cualquier momento. Cuando Rhett abrió los ojos, no hubo confusión. No hubo el típico parpadeo de quien no sabe dónde está. Simplemente pasó de la inconsciencia a la alerta absoluta en un segundo. Sus ojos buscaron los míos, cargados de una intensidad que me hizo retroceder un paso. —Seguimos vivos —dijo, con la voz rasposa como la grava. —Por poco —respondí, acercándole un vaso de agua—. Te cosí como pude. No deberías moverte mucho, la herida es profunda. Él se incorporó con un gruñido, ignorando el dolor que cruzó su rostro. Se miró el vendaje improvisado y luego volvió a mirarme a mí. No me dio las gracias. En su mundo, las gracias eran una señal de deuda, y Rhett no le debía nada a nadie. Pero había algo en su mirada, una curiosidad renovada, una sospecha que ahora se mezclaba con una admiración peligrosa. —Disparas como un soldado y coses como un cirujano, Savannah —murmuró, bebiendo el agua—. Empiezo a pensar que tu padre no solo te enseñó defensa personal, sino a ser un arma de guerra. —En mi mundo, o eres el arma o eres la víctima. Tú deberías saberlo mejor que nadie —repliqué, recuperando mi máscara de frialdad. Logramos salir del piso franco dos horas después, usando un coche robado por uno de sus hombres de máxima confianza que finalmente logramos contactar. Al llegar a la mansión, el ambiente era de funeral. Los guardias se tensaron al ver al Capo herido, pero Rhett caminó con la espalda recta, ocultando su dolor con una fuerza de voluntad sobrehumana. Me retiré a mi habitación, necesitando desesperadamente una ducha para quitarme el olor a pólvora y sótano. Pero al entrar, algo me hizo detenerme en seco. El orden de mi tocador estaba alterado. Mi bolso, que había dejado sobre la silla antes de la cena, estaba abierto. Mi corazón dio un vuelco. Corrí hacia él y busqué en el compartimento secreto del forro. Vacío. Ahí guardaba los restos de una identificación falsa que no había tenido tiempo de destruir por completo en el piso franco anterior: un carné de conducir a nombre de "Allison Vance", una de las identidades de respaldo que el FBI me había proporcionado. Estaba quemado por los bordes, pero mi foto era perfectamente visible. —¿Buscas esto, querida? Me giré. Katherine estaba apoyada en el marco de la puerta de mi vestidor, sosteniendo el trozo de plástico chamuscado entre sus dedos perfectamente manicurados. Su sonrisa era de pura victoria malévola. —Qué descuido, Savannah. O debería decir... ¿Allison? —se acercó a mí, saboreando el momento—. Me preguntaba cuánto tardaría en aparecer la grieta en tu fachada. Una abogada impecable con una identidad de repuesto medio quemada en el bolso. ¿Qué diría Rhett si supiera que su "trofeo" tiene un pasado tan... borroso? Sentí un frío glacial. El topo del FBI no era mi único problema; el despecho de una mujer herida podía ser igual de letal. —Katherine, devuelve eso. No tienes idea de en qué te estás metiendo —dije, tratando de mantener la voz nivelada. —Oh, creo que lo sé perfectamente. Estás huyendo de algo, o eres una espía. Y se lo voy a decir a Rhett ahora mismo. A menos, claro... que desaparezcas. Si te vas hoy mismo y no vuelves a Nueva York, quizá "pierda" este trocito de plástico. El pánico intentó apoderarse de mí, pero entonces recordé quién era yo. No era solo Savannah, ni Allison. Era Anastasia Hyde, una agente entrenada para quebrar voluntades. Si Katherine quería jugar sucio, yo le enseñaría cómo se hace a nivel profesional. Caminé hacia ella con una calma que pareció desconcertarla. No me detuve hasta que estuve a centímetros de su rostro. —Escúchame bien, Katherine —susurré, y mi voz tenía el mismo filo que la de Rhett cuando daba una orden de muerte—. ¿Crees que ese pedazo de plástico te da poder sobre mí? Ese carné pertenece a un programa de protección de testigos en un caso federal de fraude fiscal. Si tú mencionas ese nombre o muestras ese carné a Rhett, no solo me pondrás en peligro a mí, sino que estarás interfiriendo en una investigación del Departamento de Justicia. Katherine soltó una carcajada nerviosa. —¿Crees que me asustan tus términos legales? —No te estoy hablando de leyes, te estoy hablando de consecuencias —le arrebaté el carné de la mano con un movimiento tan rápido que ni siquiera lo vio venir—. Tengo acceso a todos tus registros financieros desde que te uniste a los Catalano. Sé que has estado desviando fondos de la fundación de caridad de la familia a una cuenta privada en las Bahamas para pagar tus deudas de juego. El color desapareció del rostro de Katherine. —Tú... tú no puedes probar eso. —Puedo hacer mucho más que probarlo. Puedo redactar una denuncia anónima hoy mismo que te enviará a una prisión federal durante los próximos quince años. Y créeme, las mujeres en la cárcel no son tan amables con las "princesas de la mafia" caídas en desgracia. Así que, vas a salir de mi habitación, vas a olvidar que viste esto y vas a rezar para que yo nunca decida que eres un estorbo para los negocios de Rhett. ¿Ha quedado claro? Katherine retrocedió, temblando de rabia y miedo. Me miró como si viera a un demonio por primera vez. Sin decir una palabra, se dio la vuelta y huyó de la habitación. Exhalé un suspiro largo, quemando el carné en un cenicero de cristal de inmediato. Había ganado, pero mi rastro se estaba volviendo demasiado ruidoso. Esa noche, Rhett me llamó a su despacho. Estaba sentado frente a la chimenea, con una bata de seda negra cubriendo sus vendajes. Se veía cansado, pero su aura de poder seguía intacta. Sobre la mesa de centro, había una caja de madera de palisandro. —Acércate, Savannah —dijo. Me senté frente a él. Rhett abrió la caja. Dentro, descansaba una pistola de pequeño calibre, una joya de ingeniería con la empuñadura tallada en nácar blanco y detalles grabados en plata. Era hermosa y letal a la vez. —Ayer me demostraste que sabes usar una herramienta —dijo, tomando el arma y extendiéndomela por la culata—. Pero no quiero que uses las armas de mis hombres. Quiero que tengas la tuya propia. Tomé la pistola. El frío del metal y la suavidad del nácar se sentían perfectos en mi mano. —Es un regalo extraño —comenté, mirándolo a los ojos. Rhett se inclinó hacia delante, y por un momento, vi de nuevo al hombre que había delirado en el sótano, al que me había confesado que nunca quiso esta vida. Pero sus palabras fueron puro acero. —No es un regalo. Es una advertencia para el resto del mundo —tomó mi mano, cerrando mis dedos sobre el arma—. Después de lo de anoche, todos saben que eres mi punto débil o mi arma más fuerte. Katherine, los Moretti, el consejo... todos irán a por ti para llegar a mí. Úsala para defenderte de todos, Savannah. De todos, menos de mí. Me atrajo hacia él, besándome con una suavidad que me dolió más que su brutalidad habitual. En ese beso había una promesa de protección, pero también de posesión total. Rhett me estaba armando para que pudiera sobrevivir a su lado, sin saber que el arma que realmente me destruiría era el vínculo que estábamos creando. Salí de su despacho con la pistola oculta en mi cintura. Tenía un arma nueva, un secreto menos con Katherine y una sospecha creciente con Rhett. Pero mientras caminaba hacia mi cuarto, me di cuenta de que la mayor mentira de todas no era mi nombre, sino la forma en que mi cuerpo respondía al suyo. La "Ladrona de Identidades" estaba empezando a amar su celda, y eso era lo más peligroso de todo.
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