Los cuerpos fueron desaparecidos, así como llegaron, se fueron. Uriel se había encargado de eso y en minutos ya tenía a los cuatro hombres Brais dando vueltas por la casa, poniendo doble seguridad y quejándose por no haber pedido ayuda. Pedir. Ella no necesitaba pedir ayuda. Zigor la miraba desde la esquina de la biblioteca como un halcón, estaba segura que había escuchado cuando aquellos hombres habían mencionado que había estado con el Dios, si supieran todo lo que hablaron o mejor dicho, lo que él habló y ella escuchó. ¿Qué tanto era verdad de lo que estaba escrito y por años trató de traducir? La mayoría falsedad. Pero ahora lo que en su cabeza retumbaba era el nombre de su madre, tan latente que empezaba a dolerle la cabeza, ¿Por qué había hecho eso? Su corazón aun dolía por s

