La casa nunca había parecido tan grande.
Desperté al día siguiente de la boda con el sol filtrándose por las cortinas de mi habitación, desorientada por un momento. Entonces todo volvió a mí en una avalancha: la ceremonia, el baile, la carta, la foto con fecha de siete meses atrás.
Alejandro se había ido. Estarían en París por dos semanas completas.
Me quedé en la cama más tiempo del necesario, mirando el techo. La casa estaba en silencio absoluto. No había pasos en el pasillo, no había voces en la planta baja, no había olor a café recién hecho. Solo silencio.
Eventualmente me obligué a levantarme. Me puse unos jeans y una camiseta, bajé descalza a la cocina.
La cocina gourmet de Alejandro —porque sí, incluso eso me recordaba a él— estaba impecable. Alguien había limpiado después de los preparativos de la boda. Todo en su lugar, brillante, vacío.
Intenté hacer café, pero la máquina italiana de espresso que él usaba todas las mañanas me intimidaba con sus mil botones. Al final, solo herví agua para té.
Me senté en la isla de la cocina, el mismo lugar donde habíamos desayunado juntos durante esa primera semana cuando mi madre estaba en Monterrey. Cuando todavía podía pretender que esto era solo... no sé. ¿Atracción? ¿Un crush inofensivo?
Antes de que todo se complicara tanto que ya no había vuelta atrás.
Mi teléfono vibró. Daniela.
"¿Cómo estás? ¿Sobreviviste la noche?"
"Viva. Eso cuenta como sobrevivir."
"Voy para allá. Dame una hora."
No discutí. La alternativa era quedarse sola en esta casa enorme, rodeada de recordatorios de él.
Daniela llegó con bolsas de comida china y una botella de vino.
—Son las once de la mañana —señalé cuando sacó la botella.
—Es mediodía en algún lugar del mundo. Además, después de ayer, te mereces beber a cualquier hora.
No tenía energía para discutir.
Nos instalamos en la sala —otro espacio que llevaba el sello de Alejandro en cada detalle arquitectónico— con los contenedores de comida esparcidos sobre la mesa del centro.
—Entonces —dijo Daniela, sirviéndose lo mein—. ¿Qué pasó anoche después de que te dejé?
Consideré no decirle. Consideré guardar los secretos del estudio, la carta, la foto. Pero Daniela ya sabía todo lo demás. ¿Qué diferencia hacía un secreto más?
—Entré a su estudio.
Daniela dejó de masticar.
—¿Por qué harías eso?
—Porque soy masoquista, aparentemente.
Le conté todo. La carta, el mensaje claro: dos semanas y luego una decisión. La foto mía en su pared. La fecha es de siete meses atrás.
Daniela me escuchó en silencio, sus ojos ensanchándose progresivamente.
—Espera, espera. —Levantó una mano—. ¿Me estás diciendo que te vio un mes antes de conocer a tu madre?
—Eso es lo que dice la fecha.
—Sofía. —Se inclinó hacia adelante—. ¿Entiendes lo que eso significa?
—Que es aún más retorcido de lo que pensaba.
—Significa que tal vez... —hizo una pausa—. Tal vez te buscó. Tal vez conocer a tu madre no fue coincidencia.
La idea me había estado carcomiendo toda la mañana.
—No lo sé. No sé nada. Y no voy a saber nada hasta que regrese en dos semanas.
—¿Dos semanas de qué? ¿De tortura? ¿De vivir en esta casa sola, esperando?
—¿Qué más puedo hacer?
—Irte. Quedarte conmigo. No tienes que estar aquí.
Sacudí la cabeza.
—Si mi madre regresa y descubre que me fui, va a preguntar por qué. Va a sospechar. Y después de lo de la foto... necesito respuestas antes de que esto explote.
Daniela suspiró, sirviéndose más vino.
—Está bien. Pero no vas a quedarte sola aquí todas las noches. Me voy a quedar contigo.
—Dani, tienes tu propia vida, tus rotaciones en el hospital—
—Y puedo manejarlas desde aquí. Esta casa tiene como cinco habitaciones de huéspedes. Elige una para mí.
La miré, sintiendo una oleada de gratitud que casi me hace llorar.
—Gracias.
—No me las des todavía. Voy a ser una compañera de casa terrible. Dejo ropa por todos lados y como toda tu comida.
Por primera vez en veinticuatro horas, sonreí.
Los siguientes días establecimos una rutina extraña pero funcional. Daniela se quedaba en una de las habitaciones de huéspedes, yendo y viniendo a sus turnos en el hospital. Yo intentaba enfocarme en la universidad —el semestre todavía tenía dos semanas antes de terminar— pero mi mente constantemente divagaba.
Mateo me mandaba mensajes sobre nuestro proyecto final. Necesitábamos terminar las últimas presentaciones, pulir los renders, preparar la maqueta. Trabajo que normalmente me emocionaba, pero ahora apenas podía concentrarme.
"¿Nos vemos mañana en la biblioteca? Necesitamos avanzar."
"Sí. A las 2?"
"Perfecto. ¿Estás bien? Te vi rara en la boda."
"Estoy bien. Solo cansada."
Mentira tras mentira tras mentira.
Mi madre me mandaba mensajes diarios desde París. Fotos de la Torre Eiffel, de cafés pintorescos, de ella y Alejandro frente a Notre-Dame. En cada foto, ella se veía radiante. Él se veía... distante. Como si estuviera físicamente ahí pero mentalmente en otro lugar.
O tal vez solo lo imaginaba porque quería verlo.
"¡París es HERMOSO, cariño! Alejandro me llevó a cenar a un restaurante con vista al Sena. Es tan romántico 💕"
"Me alegro, mamá. Disfruten."
"¿Cómo estás tú? ¿Todo bien en la casa?"
"Todo perfecto. Daniela se está quedando conmigo para que no esté sola."
"Qué buena amiga tienes. Dale las gracias de mi parte. Te amo, mi niña."
"Yo también te amo, mamá."
Y esa era la verdad. La amaba. Dios, la amaba tanto que dolía.
Lo cual hacía esto mil veces peor.
En las noches, cuando Daniela estaba en el hospital y yo me quedaba sola, deambulaba por la casa. Evitaba el estudio —esa puerta permanecía cerrada, un recordatorio constante de secretos que no debía conocer— pero exploraba el resto.
La casa de Alejandro era una obra maestra arquitectónica. Cada detalle pensado, cada espacio diseñado con propósito. Ventanas enormes que capturaban la luz perfectamente. Líneas limpias. Materiales naturales que se sentían cálidos al tacto.
Era como vivir dentro de su mente. Ver cómo pensaba, qué valoraba, cómo veía el mundo.
Y eso solo hacía que extrañarlo fuera más intenso.
Una noche, cinco días después de que se fueron, me encontré en la piscina. Eran casi las once. Daniela estaba en un turno doble. La casa estaba vacía excepto por mí.
Me senté en el borde, con los pies en el agua. La superficie reflejaba las luces del jardín, creando patrones que bailaban con cada movimiento.
Recordé esa noche, semanas atrás, cuando bajé y lo encontré nadando. Sin camisa, el agua deslizándose por su piel. La forma en que me miró cuando me vio.
Como si yo fuera algo prohibido que él quería desesperadamente tocar.
Mi teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido.
Lo abrí, y mi corazón se detuvo.
Era una foto. De París. El Sena de noche, luces reflejándose en el agua.
Y debajo, un mensaje:
"Estoy en el lugar más hermoso del mundo y solo puedo pensar en ti."
Alejandro.
Mis dedos temblaron sobre el teclado. No debería responder. No debería alimentar esto.
Pero ya estaba escribiendo.
"No deberías estar pensando en mí. Deberías estar con ella."
Los tres puntos aparecieron inmediatamente.
"Créeme, lo intento. Paso cada día intentando verla de la manera que debería. Intentando sentir por ella lo que siento por ti."
"¿Y?"
"Y fallo. Cada maldito día, fallo."
Cerré los ojos, las lágrimas quemando detrás de mis párpados.
"¿Entonces qué hacemos?"
"Exactamente lo que dije. En nueve días regreso. Y entonces decidimos."
"Decidir implica que hay opciones. No las hay."
"Siempre hay opciones, Sofía. Solo que todas tienen un precio."
"Un precio demasiado alto."
"Tal vez. Pero seguir así también tiene un precio. Y eventualmente, uno de nosotros va a quebrarse."
Sabía que tenía razón. Podía sentirlo en cada fibra de mi ser. Esto no era sostenible. No podíamos vivir así indefinidamente.
Algo tenía que ceder.
"¿Cómo está mi madre?" pregunté, cambiando de tema porque no podía seguir hablando de nosotros.
"Feliz. Emocionada. Enamorada." Una pausa. "De la versión de mí que cree que soy."
"¿Y quién eres realmente?"
"Un hombre enamorado de la mujer equivocada."
Las lágrimas finalmente cayeron.
"No me escribas más. Por favor. Esto solo lo hace más difícil."
"¿Más difícil que qué? ¿Más difícil que despertar cada mañana al lado de tu madre deseando que fueras tú? ¿Más difícil que tocarla y cerrar los ojos imaginando tu piel?"
"Alejandro, para."
"No puedo parar. Ese es el problema. He intentado. Dios sabe que he intentado. Pero no puedo parar de amarte."
Bloqueé el número. Apagué mi teléfono. Lo arrojé al pasto.
Me quedé ahí, temblando, llorando, odiándolo y amándolo en igual medida.
Nueve días más.
Nueve días hasta que regresara y esto explotara de una forma u otra.
Nueve días hasta que todo cambiara.
Me metí a la piscina completamente vestida, dejando que el agua fría me envolviera. Nadé hasta el fondo, abrí los ojos bajo el agua, mirando las luces distorsionadas arriba.
Por un momento, consideré solo quedarme ahí. Bajo el agua. Donde todo era silencioso y las decisiones imposibles no existían.
Pero eventualmente, mis pulmones exigieron aire. Salí a la superficie, jadeando.
Siempre tenía que salir a la superficie. Enfrentar la realidad. Enfrentar las decisiones.
No había escapatoria.