Capítulo 15: Contacto Prohibido

1554 Words
La universidad se convirtió en mi única distracción de la cuenta regresiva mental constante. Ocho días hasta que regresara. Siete. Seis. Mateo y yo pasábamos horas en la biblioteca trabajando en nuestro proyecto final. Una serie de renders de un complejo habitacional sustentable, con espacios verdes integrados y materiales reciclados. Era ambicioso, técnicamente complicado, y normalmente me hubiera consumido por completo. Pero mi mente estaba en París. En un hombre que no debería ocupar ni un segundo de mis pensamientos. —Oye. —Mateo chasqueó los dedos frente a mi cara—. Te perdí otra vez. —Lo siento. —Parpadeé, enfocándome en la pantalla de mi laptop—. ¿Qué decías? —Que necesitamos ajustar la iluminación en este render. Está demasiado plana. —Me mostró su pantalla—. ¿Ves? Necesita más contraste, más sombras naturales. Tenía razón. Por supuesto que tenía razón. Mateo era meticuloso con los detalles. —Sí, tienes razón. Déjame trabajar en eso. Me miró por un momento más largo del necesario. —¿Estás segura de que estás bien? Has estado... no sé, ausente. Desde la boda de tu mamá. —Es solo... es raro. Ver a mi mamá casada de nuevo después de tanto tiempo. No era completamente mentira. Solo omitía aproximadamente el noventa por ciento de la verdad. —Entiendo. Debe ser difícil. —Hizo una pausa—. Pero si necesitas hablar, o tomar un descanso, o lo que sea... estoy aquí. La culpa me mordió. Mateo era genuinamente buena persona. Amable, talentoso, apropiado. Todo lo que Alejandro no era. Todo lo que nunca podría sentir por nadie más. —Gracias, Mateo. De verdad. Trabajamos en silencio por un rato más, hasta que mi teléfono vibró. Lo había desbloqueado después de dos días. Error. Era otro número desconocido. Alejandro había conseguido otra forma de contactarme. "Necesito escuchar tu voz." Me quedé mirando el mensaje, consciente de que Mateo estaba a centímetros de distancia, ajeno a la bomba que acababa de explotar en mi pantalla. "No." "Por favor. Cinco minutos. Está en el Louvre, la perdí entre la multitud. Tengo cinco minutos." "No puedo." "Sofía. Por favor." Mis dedos temblaron sobre el teclado. Esto era una terrible idea. La peor idea. —Oye, voy por café. —Mateo se levantó, estirándose—. ¿Quieres algo? —Eh... sí. Latte, por favor. —Vuelvo en diez. En el momento en que desapareció entre las estanterías, mi teléfono sonó. Número privado. Respondí antes de poder detenerme. —¿Hola? —Dios. —Su voz atravesó la línea, íntima y desesperada—. Necesitaba escucharte. —Alejandro, no podemos— —Lo sé. Lo sé. Pero estoy volviendo loco aquí. Cada día finjo. Cada noche miento. Y solo puedo pensar en ti. Cerré los ojos, el dolor en su voz reflejando el mío. —¿Dónde está mi madre? —En el Louvre. Quería ver La Victoria de Samotracia. Le dije que necesitaba aire fresco, que la alcanzaría. Tengo tal vez diez minutos antes de que me busque. —¿Y me llamaste? —¿A quién más llamaría? —Una pausa—. ¿Cómo estás? —¿Cómo crees que estoy? Sola en tu casa, contando los días, volviéndome loca. —No estás sola. Daniela está contigo. —¿Cómo sabes eso? —Tu madre me lo dijo. Me alegra que tengas compañía. Que no estés completamente sola en esa casa. El tono protector en su voz me hizo querer llorar y gritar al mismo tiempo. —Necesitas colgar. Necesitas volver con ella. —En un minuto. Todavía me quedan ocho minutos. —Alejandro— —¿Has pensado en lo que te dije? ¿En la decisión? —No he pensado en otra cosa. —¿Y? —Y no hay respuesta correcta. Cualquier camino que elijamos destruye a alguien. —Lo sé. —Su voz se quebró ligeramente—. Créeme, lo sé. Paso cada noche despierto pensando en eso. En cómo le haría esto a ella. En cómo te haría esto a ti. En cómo me hago esto a mí mismo. —Entonces, ¿cuál es el punto? Si sabes que está mal, si sabes que lastima a todos, ¿por qué seguir? —Porque la alternativa es peor. —Escuché voces en el fondo, alguien hablando en francés—. La alternativa es vivir una mentira por el resto de mi vida. Despertar cada día al lado de alguien a quien respeto, a quien aprecio, pero a quien no amo. No de la manera que debería. No de la manera que te amo a ti. —No digas eso. —¿Por qué? ¿Porque es verdad? ¿Porque hace esto real? —Porque hace que sea imposible hacer lo correcto. —Tal vez no hay nada correcto aquí, Sofía. Tal vez solo hay menos malo. Las voces en el fondo se hicieron más fuertes. Escuché a mi madre llamarlo. —Tengo que irme —dijo rápidamente—. Pero necesitaba escucharte. Necesitaba saber que esto no es solo en mi cabeza. Que tú también lo sientes. —Sabes que sí. —Cinco días más. Cuando regrese, hablamos. De verdad. Sin secretos, sin medias verdades. Todo sobre la mesa. —Incluyendo la foto. Silencio. —¿Qué foto? —La foto mía en tu estudio. Con fecha de siete meses atrás. Un mes antes de conocer a mi madre. Más silencio. Entonces: —Hablaremos de eso también. —Alejandro, ¿me buscaste? ¿Conocer a mi madre fue...? —Cinco días, Sofía. Te lo explicaré todo. Pero no por teléfono. Necesito verte cuando te lo diga. Mi madre lo llamó otra vez, más cerca esta vez. —Vete —le dije—. Antes de que sospeche. —Te amo. —No— Pero ya había colgado. Me quedé ahí, sosteniendo el teléfono contra mi pecho, tratando de calmar mi respiración. Mateo regresó con los cafés justo cuando logré componer mi expresión. —¿Todo bien? Te ves... alterada. —Sí, solo... mi mamá me mandó fotos de París. Me hizo extrañarla. Otra mentira. Otra capa en la montaña de mentiras que estaba construyendo. Los siguientes días fueron una tortura de anticipación. Mi madre seguía mandando mensajes felices desde París. Alejandro no volvió a llamar, pero cada noche, cerca de medianoche —cuando sabía que mi madre estaría dormida— me mandaba un mensaje desde un número diferente. "Cuatro días." "Tres días." "Mañana volamos de regreso." "En 24 horas estaré ahí." Cada mensaje era un recordatorio, una promesa, una amenaza. Daniela notó mi nerviosismo creciente. —Estás peor que antes —observó una noche mientras cenábamos comida tailandesa en la sala—. Pensé que te sentirías mejor con ellos lejos. —No puedo dejar de pensar en lo que viene después. —¿Qué viene después? —Él va a querer hablar. Va a querer... decisiones. —¿Y tú qué quieres? La pregunta del millón de dólares. —Quiero que esto nunca hubiera pasado. Quiero regresar el tiempo y no ir a esa galería de arte. No conocerlo. No... —¿No enamorarte de él? Asentí, sintiéndome miserable. —Pero no puedes. —Daniela se acercó, tomando mi mano—. Así que ahora tienes que decidir qué hacer con lo que sientes. —¿Tú qué harías? Se quedó callada por un momento, considerando. —Honestamente? No lo sé. Es una situación imposible. Pero sí sé que no puedes seguir así. Viviendo en esta casa, viéndolos juntos, muriendo por dentro un poco cada día. Eso no es vida, Sofía. —¿Entonces qué? ¿Me voy? ¿Desaparezco? —O confrontas esto. De frente. Sea cual sea el resultado. —El resultado va a ser devastador. —Tal vez. Pero al menos será honesto. La noche antes de que regresaran, no pude dormir. Me quedé despierta mirando el techo, haciendo cálculos mentales. Su vuelo llegaba a las 3 PM. Probablemente estarían en casa para las 5, considerando el tráfico desde el aeropuerto. Cinco horas de clases normales. Luego... ¿qué? ¿Llegaban y actuábamos como familia feliz? ¿Cena incómoda donde fingía estar contenta de verlos? ¿O Alejandro encontraría una forma de hablar conmigo a solas? Mi teléfono iluminó la oscuridad. 2:47 AM. Otro mensaje. "No puedo dormir. En 12 horas estaré ahí. ¿Lista?" "No." "Yo tampoco. Pero no hay más tiempo. Ya no podemos postergar esto." "¿Le dirás a mi madre?" "Depende de ti. De lo que decidas. De lo que quieras." "¿Y si no sé lo que quiero?" "Creo que sí lo sabes. Solo tienes miedo de admitirlo." Tenía razón. Dios, tenía razón. Sabía exactamente lo que quería. Lo había sabido desde ese primer momento en la galería, cuando nuestros ojos se encontraron y algo fundamental cambió dentro de mí. Quería a Alejandro. Lo quería de una manera que era completamente egoísta, completamente destructiva, completamente imposible. Y mañana, tendría que decidir si ese querer valía destruir a mi madre. "Nos vemos mañana." "Nos vemos mañana, Sofía. Y entonces, finalmente, seremos honestos." Guardé el teléfono y cerré los ojos, sabiendo que el sueño no vendría. Mañana todo cambiaría. Para bien o para mal, las dos semanas habían terminado. Y ya no había forma de escapar de la decisión.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD