—Tierra llamando a Sofía. ¿Sigues ahí o te perdimos?
La voz de Daniela me sacó de mi trance. Estábamos en su coche, camino a mi apartamento. La galería había terminado hace veinte minutos, pero mi mente seguía atrapada en ese momento: la mano de Alejandro en la mía, sus ojos verdes atravesándome, el anuncio que había cambiado todo.
—Perdón, estoy... procesando.
—Procesando. —Daniela soltó una risa seca—. Amiga, tu cara cuando tu mamá soltó la bomba del compromiso fue un poema. Pensé que te ibas a desmayar.
—Fue una sorpresa, eso es todo.
—Una sorpresa. Claro. —Se detuvo en un semáforo en rojo y se giró completamente hacia mí—. Sofía, te conozco desde hace tres años. Sé cuándo algo te afecta. Y ese hombre... ese Alejandro. La forma en que lo mirabas.
—No sé de qué hablas.
—Por favor. La tensión entre ustedes se podía cortar con cuchillo. —Hizo una pausa, estudiándome—. Es guapísimo, ¿verdad?
—Daniela...
—No te estoy juzgando. Solo digo lo obvio. El tipo es un monumento griego. Pero es el prometido de tu mamá, así que... complicado.
—Exacto. Complicado. Por eso no voy a pensar en ello. —Crucé los brazos, mirando por la ventana—. Es solo... raro. Nunca la había visto así con alguien.
—¿Enamorada?
La palabra me golpeó en el pecho.
—Sí. Supongo que está enamorada.
Daniela arrancó cuando el semáforo cambió a verde.
—¿Sabes qué? Creo que es bueno. Tu mamá merece ser feliz. Después de todo lo que pasó con tu papá...
—Lo sé. Tienes razón. —Y lo creía, en serio. Mi madre merecía amor, estabilidad, alguien que la tratara bien—. Es solo que... seis meses, Dani. Seis meses y nunca me lo mencionó.
—Probablemente quería estar segura antes de involucrarte. Tú eres lo más importante para ella.
—O tenía miedo de que no lo aprobara.
—¿Y lo apruebas?
Esa era la pregunta del millón. ¿Aprobaba que mi madre se casara con un hombre que acababa de conocer? ¿Un hombre que, con una sola mirada, había logrado desestabilizarme de una forma que no entendía?
—Supongo que no tengo opción —dije finalmente—. Si ella es feliz, yo soy feliz.
Daniela no respondió, pero su silencio decía más que mil palabras.
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Tres días después, recibí un mensaje de mi madre.
*"Cena familiar el viernes. 8 PM. Casa de Alejandro. Por favor ven, es importante. Te amo."*
Casa de Alejandro. Ni siquiera sabía que tenía casa propia. Bueno, claro que tenía casa. El hombre era empresario exitoso, constructor. Probablemente vivía en una mansión con vista al mar o algo así.
El viernes llegó demasiado rápido.
Me paré frente a mi clóset durante treinta minutos, probándome vestidos diferentes. ¿Qué se supone que una debe usar para cenar en casa del futuro esposo de su madre? ¿Algo formal? ¿Casual? ¿Por qué me importaba tanto?
Finalmente elegí un vestido azul marino, sencillo pero elegante, que llegaba justo arriba de las rodillas. Me recogí el cabello en una coleta baja, me puse un poco de maquillaje y unos aretes de plata que mi abuela me había regalado. Nada extravagante. Solo... presentable.
El Uber me dejó frente a una propiedad que me quitó el aliento.
No era una mansión ostentosa como había imaginado. Era una casa moderna, de líneas limpias y grandes ventanales, rodeada de jardines perfectamente cuidados. La arquitectura era minimalista pero elegante, con una mezcla de concreto, madera y vidrio que creaba una sensación de amplitud y luz. Reconocí el estilo inmediatamente: arquitectura contemporánea mexicana con influencias internacionales.
—Impresionante, ¿verdad?
Di un salto. Alejandro había aparecido en la puerta principal, sonriendo ante mi reacción. Vestía jeans oscuros y una camisa blanca con las mangas enrolladas hasta los codos, revelando antebrazos tonificados. Descalzo. Algo en verlo tan casual, tan relajado en su propio espacio, me hizo sentir más nerviosa.
—Es hermosa —admití, acercándome—. ¿La diseñaste tú?
—Cada centímetro. —Había orgullo en su voz—. Me tomó dos años construirla. Quería algo que reflejara quién soy.
—¿Y quién eres?
La pregunta salió más íntima de lo que pretendía. Alejandro me miró con esos ojos verdes que parecían ver demasiado.
—Alguien que valora la simplicidad, pero no le teme a la complejidad. —Hizo una pausa—. Adelante. Tu madre está en la cocina, pero me pidió que te diera un tour primero.
No debería haberme emocionado tanto, pero la idea de ver el espacio que este hombre había creado desde cero despertó a la arquitecta en mí.
El interior era tan impresionante como el exterior. Techos altos, espacios abiertos que fluían naturalmente de uno a otro. La sala de estar tenía un ventanal enorme que daba a un jardín interior con un pequeño estanque. La decoración era minimalista: muebles de diseño, colores neutros, obras de arte cuidadosamente seleccionadas.
—La cocina es por aquí —dijo Alejandro, guiándome a través de un pasillo.
Pero me detuve frente a una puerta cerrada. Había algo diferente en ella, algo que llamó mi atención. Era de madera oscura, con un cerrojo que claramente indicaba privacidad.
—¿Qué hay ahí?
—Mi estudio. —Alejandro se puso tenso, casi imperceptiblemente—. Es... mi espacio privado. Donde trabajo en nuevos diseños, donde pienso.
—¿Puedo verlo?
—Tal vez otro día. —Su tono fue amable pero firme—. Es un poco caótico ahora mismo. No me gusta que nadie lo vea hasta que está presentable.
Algo en su negativa me intrigó, pero no presioné. Todos teníamos nuestros espacios sagrados.
—Sofía, cariño, ¡llegaste! —Mi madre apareció desde la cocina, con un delantal que nunca en mi vida le había visto usar—. ¿Qué te parece la casa?
—Es increíble, mamá. Realmente increíble.
—¿Verdad que sí? Ale tiene un talento extraordinario. —Lo miró con tanto amor que algo se retorció en mi estómago—. Ven, la cena casi está lista. Te puse a tu lado en la mesa.
La cena fue extrañamente... normal.
Mi madre había preparado —con ayuda de Alejandro, admitió— un menú de tres tiempos: ensalada de espinacas con queso de cabra, salmón al horno con vegetales asados, y tiramisú de postre. La conversación fluyó naturalmente: hablamos de mi universidad, de los proyectos en los que estaba trabajando Alejandro, de los planes de boda.
—Estamos pensando en algo íntimo —explicó mi madre—. Máximo cincuenta personas. Queremos que sea especial, no un circo mediático.
—¿Cuándo? —pregunté, tomando un sorbo de vino.
—En tres meses —respondió Alejandro—. Sé que es rápido, pero a nuestra edad, no tiene sentido esperar.
Nuestra edad. Las palabras me recordaron la brecha generacional. Mi madre tenía cuarenta y ocho. Alejandro treinta y seis. Yo veinte. Números que de repente parecían muy importantes.
—Sofía, hay algo más que queremos preguntarte. —Mi madre dejó su tenedor, poniéndose seria—. Después de la boda, Alejandro y yo queremos que te mudes aquí. Hay más que suficiente espacio, y así podríamos pasar más tiempo juntas. Como familia.
La palabra "familia" resonó en la habitación.
—Yo... no sé, mamá. Tengo mi apartamento, mis cosas...
—Es un lugar pequeño cerca del campus —interrumpió ella—. Aquí tendrías tu propia habitación, mucho más espacio. Y está a solo veinte minutos de la universidad.
—Piénsalo —añadió Alejandro—. No hay presión. Pero nos encantaría tenerte aquí. —Me miró directamente—. A mí me encantaría tenerte aquí.
Había algo en su tono, en la intensidad de su mirada, que me hizo sentir que sus palabras tenían un doble significado. O tal vez era solo mi imaginación hiperactiva.
—Lo pensaré —prometí—. Gracias por la oferta.
El resto de la cena transcurrió sin más sorpresas. Después del postre, mi madre se disculpó para tomar una llamada de trabajo —aparentemente, las emergencias corporativas no respetaban los viernes por la noche.
Me quedé sola con Alejandro en la terraza, mirando el jardín iluminado por luces sutiles.
—Tu madre está muy emocionada con todo esto —dijo él, apoyándose en la baranda—. Habla de ti constantemente.
—Ustedes dos parecen muy felices.
—Lo somos. —Hizo una pausa—. Pero sé que esto debe ser extraño para ti. Un extraño entrando en tu vida familiar así de repente.
—No eres un extraño. Eres... —¿Qué era? ¿El prometido de mi madre? ¿Mi futuro padrastro? Ninguna etiqueta parecía correcta—. Eres importante para mi madre. Eso te hace importante para mí.
—¿Importante? —Repitió la palabra como si estuviera saboreándola—. Es una forma interesante de describirlo.
Se giró hacia mí, y de repente el espacio entre nosotros pareció reducirse. No se había movido, yo tampoco, pero podía sentir su calor, oler su colonia mezclada con algo más personal, más masculino.
—Sofía, quiero que sepas algo. —Su voz se volvió más profunda, más seria—. Respeto mucho tu relación con tu madre. Lo último que quiero es causar fricción entre ustedes. Si hay algo que te incomode, dímelo. Quiero que te sientas cómoda conmigo.
Cómoda. Esa era la última palabra que usaría para describir lo que sentía cuando estaba cerca de él.
—Estoy bien —mentí—. Todo está bien.
—¿Segura?
Sus ojos se clavaron en los míos, y por un momento, sentí que podía ver a través de mi mentira. Que sabía exactamente el efecto que tenía en mí.
—Segura —susurré.
—¡Sofía! —La voz de mi madre rompió el momento—. Tu Uber llegó, cariño.
Me había olvidado por completo de que había pedido el viaje de regreso. Me alejé de Alejandro, agradecida por la interrupción.
—Gracias por la cena. Estuvo deliciosa.
—De nada, cariño. —Mi madre me besó la mejilla—. Piensa en lo de mudarte, ¿sí? Sería maravilloso tenerte aquí.
Alejandro me acompañó hasta la puerta. Cuando extendió su mano para despedirse, dudé un segundo antes de tomarla.
Ese maldito choque eléctrico otra vez.
—Buenas noches, Sofía. —Su pulgar rozó el dorso de mi mano, un movimiento tan sutil que pude haberlo imaginado—. Espero verte pronto.
—Buenas noches, Alejandro.
Me subí al Uber con las piernas temblorosas y el corazón acelerado.
Mientras el coche se alejaba, miré por la ventana trasera. Alejandro seguía en la puerta, observándome partir, con una expresión en su rostro que no pude descifrar en la oscuridad.
Y en ese momento, supe con absoluta certeza que mudarme a esa casa sería el mayor error de mi vida.
El problema era que, a pesar de saberlo, una parte de mí ya había tomado la decisión.