Capítulo 3: Decisiones

2166 Words
—Estás loca. Completamente, absolutamente loca. Daniela me miraba como si hubiera anunciado que planeaba unirme a un circo. Estábamos en la cafetería del campus, rodeadas del bullicio habitual de estudiantes discutiendo exámenes y relaciones fallidas. —No estoy loca. Es una decisión práctica. —Removí mi café sin mirarla—. Ahorraré dinero en renta, tendré más espacio, y mi madre estará feliz. —Ajá. Práctica. —Daniela se inclinó sobre la mesa, bajando la voz—. Sofía, hace una semana me dijiste que ese hombre te ponía nerviosa. Ahora vas a vivir bajo el mismo techo que él. —Es el esposo de mi madre. Será mi... padrastro. —La palabra se sintió extraña en mi boca—. Voy a tener que acostumbrarme a estar cerca de él eventualmente. —Acostumbrarte es una cosa. Vivir con él es otra muy diferente. No tenía argumento contra eso, porque tenía razón. Pero ya había tomado la decisión. Anoche, acostada en mi pequeño apartamento, mirando las grietas en el techo que llevaba meses ignorando, me había dado cuenta de algo: estaba huyendo. Y Sofía Mendoza no huía de nada. Si iba a ser parte de esta nueva dinámica familiar, necesitaba enfrentarla de frente. Además, había algo más, algo que no le había confesado a Daniela: curiosidad. Quería entender qué era lo que hacía a Alejandro tan... magnético. Quería descifrar ese misterio antes de que me volviera loca. —Ya le dije a mi mamá que sí —anuncié finalmente—. Me mudo el próximo fin de semana. Daniela suspiró, derrotada. —Está bien. Pero prométeme algo: si las cosas se ponen raras, me llamas. Inmediatamente. —Te lo prometo. —¿Sofía Mendoza? Ambas giramos. Un chico alto, de cabello castaño despeinado y sonrisa amigable, estaba parado junto a nuestra mesa. Llevaba una mochila llena de libros y una camiseta de una banda de rock que no reconocí. —Sí, soy yo —respondí, confundida. —Mateo Silva. Estamos en la misma clase de Estructuras Avanzadas. —Extendió su mano—. La profesora Martínez me pidió que te buscara. Quiere hablar contigo sobre el proyecto grupal. —Oh, cierto. El proyecto. —Lo había olvidado por completo—. ¿Cuándo? —Ahora, si puedes. Está en su oficina. Me levanté, recogiendo mis cosas. —Nos vemos después, Dani. —Suerte —dijo ella, pero su mirada decía claramente: "Hablaremos de esto después." Mateo caminó a mi lado mientras nos dirigíamos al edificio de arquitectura. Era fácil hablar con él, relajado. Me contó que era de Guadalajara, que había venido a la Ciudad de México específicamente para estudiar en esta universidad, y que vivía con tres compañeros de cuarto en un apartamento que describió como "un desastre glorioso." —¿Y tú? —preguntó—. ¿Eres de aquí? —Sí, nací y crecí aquí. Aunque pronto me mudaré a una nueva casa. —¿Ah sí? ¿A dónde? —A las afueras. Mi madre se va a casar y... es complicado. No sabía por qué le estaba contando esto a un virtual extraño, pero había algo en su actitud despreocupada que invitaba a la confianza. —Las familias siempre son complicadas —dijo con una sonrisa comprensiva—. Pero hey, nueva casa significa nuevos comienzos, ¿no? —Supongo que sí. La oficina de la profesora Martínez estaba en el tercer piso. Era una mujer de unos cincuenta años, con lentes de lectura colgando de una cadena y una reputación de ser brillante pero exigente. —Sofía, gracias por venir. —Nos indicó que nos sentáramos—. Les explico rápidamente: tenemos un proyecto importante este semestre. Van a trabajar en equipos de dos para diseñar una propuesta de remodelación del edificio histórico en el centro. Es un proyecto real; el mejor diseño será presentado al consejo de la ciudad. Mi corazón se aceleró. Esto era exactamente el tipo de oportunidad que había estado esperando. —Los he emparejado basándome en sus fortalezas complementarias. Mateo, tú tienes excelente visión estructural. Sofía, tu trabajo en diseño estético es sobresaliente. Creo que harán un buen equipo. Miré a Mateo, quien me devolvió la sonrisa. —Parece que vamos a pasar mucho tiempo juntos —dijo. —Parece que sí. --- Los siguientes días fueron un torbellino. Entre clases, el inicio del proyecto con Mateo, y los preparativos para la mudanza, apenas tuve tiempo de pensar. Mi madre estaba extasiada con mi decisión de mudarme, y había convertido la preparación de "mi habitación" en su nueva misión de vida. El miércoles, recibí un mensaje de Alejandro. *"Tu madre me pidió que te ayude con la mudanza el sábado. ¿A qué hora te viene bien que pase por ti?"* Mi primer instinto fue decir que no era necesario, que podía manejarlo sola. Pero eso sería cobarde. *"A las 10 AM está bien. Gracias."* Su respuesta fue inmediata. *"Perfecto. Nos vemos entonces."* El sábado llegó con un cielo despejado y mi estómago hecho un nudo. No tenía muchas cosas —los beneficios de vivir en un apartamento diminuto— pero había embalado cuidadosamente mis libros, ropa, y las pocas posesiones que realmente importaban: la cámara que mi padre me había regalado cuando cumplí quince, el diario que había mantenido desde la secundaria, y una colección de bocetos arquitectónicos que había hecho a lo largo de los años. A las 10 en punto, escuché el timbre. Alejandro estaba en la puerta, vestido casualmente con jeans y una camiseta negra que se ajustaba a su torso de una manera que debería ser ilegal. Tenía puestos lentes de sol que se quitó al verme, revelando esos ojos verdes que me perseguían en sueños. —Buenos días. —Su sonrisa era cálida—. ¿Lista para la gran mudanza? —Lista como nunca —mentí. Traje mi camioneta. —Señaló un vehículo n***o estacionado en la calle—. Pensé que sería más práctico que mi coche. Tardamos tres horas en empacar todo. Alejandro insistió en cargar las cajas pesadas, a pesar de mis protestas. Verlo moverse por mi pequeño apartamento era surrealista. Este hombre, con su casa inmensa y su vida perfecta, ayudándome a empacar mis humildes posesiones. —Tienes buenos gustos en libros —comentó, revisando una caja llena de novelas y textos de arquitectura—. Le Corbusier, Frank Lloyd Wright, Zaha Hadid. Los clásicos. —Zaha Hadid es mi favorita. —No pude evitar el entusiasmo en mi voz—. La forma en que desafiaba las convenciones, cómo sus edificios parecían desafiar la gravedad... —Una visionaria. —Alejandro se apoyó contra la pared, cruzando los brazos—. Tuve la oportunidad de visitar el MAXXI en Roma. Su museo de arte contemporáneo. Fue... transformador. —¿En serio? —Me senté en el borde de mi cama, olvidando por un momento la incomodidad—. Siempre he querido ir. —Deberías. De hecho... —Hizo una pausa, como considerando algo—. Tengo un viaje de negocios a Europa el próximo mes. Roma está en el itinerario. Si quieres, podrías venir. Tu madre también vendrá, por supuesto. La oferta me tomó por sorpresa. —Yo... no sé. Tengo clases, el proyecto... —Solo piénsalo. —Se enderezó, volviendo a las cajas—. La oferta queda abierta. Terminamos de cargar todo alrededor de la una de la tarde. Mi apartamento se veía extrañamente vacío, como si nunca hubiera vivido ahí. Tres años de mi vida reducidos a una docena de cajas en la parte trasera de una camioneta. El viaje a la casa de Alejandro fue silencioso, pero no incómodo. Él puso música suave, jazz instrumental, y manejó con una mano relajada en el volante. Cada tanto, lo atrapaba mirándome de reojo. —¿Nerviosa? —preguntó finalmente. —Un poco —admití—. Es un gran cambio. —Los cambios dan miedo. Pero también pueden ser buenos. —Hizo una pausa—. Tu madre está muy feliz de que estés haciendo esto. —¿Y tú? La pregunta salió antes de que pudiera detenerla. Alejandro me miró, solo un segundo, pero fue suficiente para ver algo oscuro y complejo cruzar su rostro. —Yo también estoy feliz —dijo finalmente, volviendo la vista a la carretera. Pero había algo en su tono que sugería que "feliz" no era exactamente la palabra correcta. Cuando llegamos, mi madre salió corriendo de la casa, prácticamente rebotando de emoción. —¡Mi niña se muda! —Me abrazó con tanta fuerza que casi no podía respirar—. Ven, tienes que ver tu habitación. Hice algunos cambios de último minuto. Me arrastró adentro mientras Alejandro comenzaba a descargar las cajas. La casa se veía aún más hermosa a plena luz del día. Mi madre me llevó por las escaleras hasta el segundo piso, por un pasillo luminoso con ventanales que daban al jardín. —Esta es tu habitación —anunció, abriendo una puerta doble. Era enorme. Fácilmente tres veces el tamaño de mi antiguo apartamento completo. Ventanas del piso al techo con vista al jardín, un baño privado con bañera independiente, un walk-in closet, y hasta un pequeño balcón. La decoración era elegante pero acogedora: tonos blancos y grises con toques de azul. —Mamá, esto es... demasiado. —Nada es demasiado para ti. —Me tomó de las manos—. Quiero que te sientas en casa aquí, cariño. Esta es tu casa ahora. Alejandro apareció en la puerta con una caja. —¿Dónde quieres que ponga esto? —Oh, déjame ayudarte. —Mi madre prácticamente le arrancó la caja de las manos—. Sofía, tú descansa. Nosotros nos encargamos. No descansé. Pasé las siguientes horas desempacando, organizando mis libros en los estantes incorporados, colgando mi ropa en el closet que podría albergar el guardarropa completo de una familia pequeña. Cada tanto, Alejandro aparecía con otra caja, intercambiábamos pocas palabras, y él se iba. Al caer la tarde, mi madre tuvo que irse a una llamada de emergencia del trabajo. Me dejó con instrucciones de "hacerme en casa" y la promesa de que ordenaríamos comida para cenar. Me quedé sola en mi nueva habitación, rodeada de mis cosas en este espacio que era hermoso pero no se sentía mío. Me senté en el balcón, mirando el jardín bañado en luz dorada del atardecer. —¿Qué tal la vista? Casi me caigo de la silla. Alejandro había aparecido silenciosamente en el balcón, con dos vasos de lo que parecía ser limonada. —Me asustaste —dije, tomando el vaso que me ofrecía. —Perdón. —Se apoyó en la baranda, mirando el mismo jardín—. Pensé que podrías tener sed. —Gracias. Nos quedamos en silencio por un momento. El jardín estaba precioso, con flores que no sabía nombrar creando explosiones de color entre el verde. —Sofía, quiero que sepas algo. —Alejandro se giró hacia mí, su expresión seria—. Sé que esta situación no es ideal. Un extraño entrando en tu vida, cambiando tu dinámica con tu madre. Pero quiero que entiendas que respeto tu espacio. Esta es tu casa. Estas son tus reglas también. —No eres un extraño —dije suavemente—. Ya no. —¿No? —Había algo vulnerable en su pregunta—. ¿Entonces qué soy? Era una pregunta peligrosa. Una pregunta que no debería estar haciéndome. —Eres... —Busqué las palabras correctas—. Eres importante para mi madre. Y estás tratando de ser amable conmigo. Eso... lo aprecio. Él asintió lentamente, como si mi respuesta le hubiera decepcionado de alguna manera. —Tu habitación está justo al final del pasillo —dijo, cambiando de tema—. La de tu madre y la mía está en el otro extremo. Privacidad total. —Bien saberlo. —Y mi estudio... —Señaló hacia abajo, a una ventana en el primer piso—. Está ahí. Trabajo hasta tarde a veces. Si el ruido te molesta... —No me molestará. Otro silencio. Uno cargado de cosas no dichas. —Debería dejarte terminar de desempacar —dijo finalmente. —Alejandro. —Lo llamé cuando ya se estaba yendo—. Gracias. Por ayudarme hoy. Por... todo. Me miró por encima del hombro, y la intensidad en sus ojos me dejó sin aliento. —De nada, Sofía. Cuando se fue, me di cuenta de que mi corazón latía demasiado rápido. Esa noche, acostada en mi nueva cama gigante, en mi nueva habitación lujosa, mirando un techo sin grietas, supe con absoluta certeza que había cometido un error. No porque la casa fuera horrible. No porque Alejandro fuera cruel. No porque mi madre no me quisiera aquí. Sino porque cada vez que Alejandro me miraba, cada vez que pronunciaba mi nombre, cada vez que estaba cerca de él... Sentía cosas que una hijastra definitivamente no debería sentir por su padrastro. Y ahora vivíamos bajo el mismo techo. Dios, ayúdame.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD