Capítulo 4: Rutinas Peligrosas

2016 Words
La primera semana viviendo en casa de Alejandro fue una coreografía cuidadosa de evitación. Me levantaba temprano, me duchaba rápido, y salía de mi habitación solo cuando escuchaba que él ya estaba en su estudio o que había salido. Desayunaba sola en la enorme cocina, estudiaba en mi habitación, y cuando bajaba por agua o comida, lo hacía con el sigilo de un ladrón. Era ridículo. Lo sabía. Pero cada interacción con él parecía cargar el aire de electricidad, y yo no confiaba en mí misma para mantener la compostura. Mi madre, por supuesto, no notaba nada. Estaba tan consumida con los preparativos de la boda y sus constantes viajes de trabajo que apenas nos veía a ninguno de los dos. De hecho, tres días después de mi mudanza, anunció que tendría que viajar a Monterrey por una semana entera. —Odio irme tan pronto —me dijo mientras empacaba su maleta el domingo por la noche—. Pero este cliente es enorme. Si cierro este trato, podríamos tomarnos un mes completo de luna de miel. —No te preocupes, mamá. Estaré bien. —Alejandro estará aquí. —Dobló un vestido cuidadosamente—. Él puede cocinar mucho mejor que yo, así que al menos no morirás de hambre. Genial. Una semana sola con Alejandro. Exactamente lo que necesitaba. —Cuida de ella, ¿sí? —le dijo mi madre a Alejandro en la puerta, besándolo de una forma que me hizo mirar hacia otro lado—. Y tú, señorita, nada de desvelarte estudiando hasta las tres de la mañana. —Prometo nada de eso —mentí. Cuando el Uber de mi madre desapareció por la entrada, me di cuenta de que Alejandro y yo estábamos parados en la puerta, solos, con siete días por delante. —Bueno —dijo él, rompiendo el silencio—. Supongo que somos compañeros de casa oficialmente. —Supongo que sí. —¿Tienes hambre? Iba a preparar algo para cenar. Mi estómago rugió antes de que pudiera responder, traicionándome. Alejandro sonrió. —Tomaré eso como un sí. Ven, puedes hacerme compañía en la cocina. No fue una pregunta. No fue una orden. Fue algo intermedio que no me dio opción de negarme. La cocina olía a ajo y hierbas frescas. Alejandro se movía con una confianza que sugería que esto no era territorio extraño para él. Se había quitado el suéter y estaba solo en una camiseta blanca que se ajustaba perfectamente a su espalda musculosa mientras cortaba vegetales. —¿Qué estás haciendo? —pregunté, sentándome en uno de los bancos de la isla. —Pasta primavera. Nada complicado. —Me miró por encima del hombro—. ¿Sabes cocinar? —Puedo hacer cereal y tal vez no quemar un huevo. Él se rió, un sonido profundo que resonó en mi pecho. —Tu madre tampoco sabe cocinar. Me pregunto si es genético. —Definitivamente es genético. Mi abuela tampoco sabía. —Entonces supongo que tendré que enseñarte. —Dejó el cuchillo y se acercó a mí—. Ven. Me llevó al área de preparación. Me puso un delantal —uno ridículamente grande en mí— y me entregó otro cuchillo. —Lección uno: cómo cortar un tomate sin perder un dedo. Sus manos cubrieron las mías, guiando el cuchillo a través del tomate. Estaba parado justo detrás de mí, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo contra mi espalda. Su aliento rozó mi cuello cuando se inclinó para ver mejor lo que estábamos haciendo. —Presión suave, movimiento constante —murmuró en mi oído—. Así. No estaba escuchando. No podía. Todo mi ser estaba enfocado en sus manos sobre las mías, en su proximidad, en cómo mi cuerpo reaccionaba traicioneramente a su cercanía. —¿Lo ves? —Su voz sonó más ronca—. No es tan difícil. Se alejó abruptamente, volviendo a su propia estación de trabajo. Yo me quedé ahí, mirando el tomate perfectamente cortado, con las manos temblando. La cena estuvo deliciosa, aunque apenas probé bocado. Conversamos sobre trivialidades: mi proyecto con Mateo, los nuevos contratos de Alejandro, los planes ridículamente elaborados de mi madre para la boda. —Quiere cisnes —dije, sin poder evitar reírme—. Cisnes vivos en el jardín durante la recepción. —Lo sé. Me lo mencionó tres veces. —Alejandro negó con la cabeza, sonriendo—. Le dije que los cisnes son agresivos y probablemente atacarían a los invitados. No le importó. —¿Y qué quieres tú? —pregunté—. Para la boda, digo. Él se puso serio, girando su copa de vino entre sus dedos. —Honestamente, me casaría con ella en el juzgado mañana. Todo esto... —Hizo un gesto vago—. Es para ella. Quiero que tenga el día perfecto. Había algo tan genuino en su respuesta que me hizo sentir culpable por todos los pensamientos impuros que había tenido sobre él. —Eres bueno con ella —dije suavemente. —Trato de serlo. —Me miró directamente—. Tu madre es... especial. Me hace querer ser mejor de lo que soy. —¿Y qué eres? La pregunta colgó en el aire entre nosotros. —Alguien con demasiado pasado y no suficiente futuro —respondió finalmente—. Hasta que la conocí a ella. Y a ti. La forma en que añadió "y a ti" hizo que mi estómago diera un vuelco. --- Los días siguientes establecieron una rutina peligrosa. Alejandro se levantaba temprano para correr. Yo lo veía desde la ventana de mi habitación, sin poder evitarlo, mientras él recorría el perímetro del jardín. Sudoroso, sin camisa en las mañanas cálidas, los músculos de su espalda moviéndose con cada zancada. Luego desayunábamos juntos. Él insistió desde el segundo día. —No tiene sentido que comas sola —había dicho—. Además, hago mejor café que tú. Tenía razón. Su café era increíble. Las mañanas eran mis favoritas. Nos sentábamos en la terraza, él con su periódico y café, yo con mis libros de texto y jugo de naranja recién exprimido. A veces hablábamos. A veces solo existíamos en el mismo espacio, cómodos en el silencio. Yo salía a clases. Él iba a su oficina o trabajaba en su estudio. Las tardes eran para el proyecto con Mateo. Nos reuníamos en la biblioteca de la universidad o en cafeterías, trabajando en nuestra propuesta para el edificio histórico. Mateo era brillante, divertido, y completamente normal. No me hacía sentir como si estuviera al borde de un precipicio cada vez que lo miraba. —¿Estás bien? —me preguntó el martes, cuando me descubrió mirando al vacío por décima vez. —Sí, perdón. Tengo muchas cosas en la cabeza. —¿Problemas en casa? "Problemas" era una forma muy suave de describirlo. —Es... complicado. —Las familias siempre lo son. —Me pasó su café—. Toma. El azúcar ayuda con el estrés existencial. Me reí, y por un momento, olvidé la tensión que vivía en casa. Pero las noches... las noches eran lo peor. Alejandro cocinaba. Yo ayudaba, aunque mis "contribuciones" usualmente consistían en no cortar mal los vegetales mientras él hacía el trabajo real. Cenábamos juntos, con velas que él insistía en prender porque "la comida sabe mejor con ambiente." Después, a veces veíamos una película. O él trabajaba en su estudio mientras yo leía en la sala. O salíamos al jardín a mirar las estrellas. Era doméstico. Era peligroso. Era adictivo. El jueves por la noche, todo cambió. Había sido un día particularmente largo. Examen sorpresa en Estructuras, pelea con Mateo sobre el diseño del proyecto, y para colmo, mi padre había llamado pidiendo "reconectar", lo cual me había dejado emocionalmente agotada. Llegué a casa cerca de las diez de la noche, esperando encontrar a Alejandro en su estudio. Pero la casa estaba a oscuras excepto por las luces de la piscina. Y ahí estaba él, nadando. Me quedé paralizada en la puerta de vidrio que daba al patio. Alejandro se movía por el agua con brazadas largas y poderosas, su cuerpo una silueta oscura contra el agua iluminada. Se detuvo en el borde profundo, sacudiendo el agua de su cabello, y fue entonces cuando me vio. —Sofía. —Su voz resonó en el silencio nocturno—. No te escuché llegar. —Acabo de... —Mi voz se quebró. Me aclaré la garganta—. Acabo de llegar. —¿Todo bien? Llegas tarde. —Día largo. Él salió del agua, y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no mirarlo. Llevaba solo un traje de baño n***o que colgaba peligrosamente bajo en sus caderas. El agua escurría por su pecho, bajando por los abdominales definidos, desapareciendo bajo la cintura del traje. Tragué saliva. —¿Quieres hablar de ello? —Tomó una toalla, secándose sin prisa—. Pareces estresada. —Es solo... todo. La escuela, mi proyecto, mi padre llamó. Su expresión se oscureció. —¿Tu padre? ¿Qué quería? —Lo de siempre. Disculpas vacías y promesas que no va a cumplir. —Me senté en una de las sillas de la piscina, de repente exhausta—. No sé por qué siquiera contesté. Alejandro se sentó a mi lado, todavía sin camisa, todavía goteando agua. —Porque parte de ti quiere creer que puede cambiar. Que puede ser el padre que mereces. —¿Cómo...? —Porque yo fui ese niño una vez. —Su voz se volvió distante—. Esperando que mi madre regresara. Que cumpliera aunque fuera una de sus promesas. Eventualmente aprendes que algunas personas no pueden darte lo que necesitas, sin importar cuánto lo desees. Era la primera vez que mencionaba algo personal sobre su pasado. Me giré hacia él, olvidando por un momento mantener mi distancia. —¿Qué pasó con tu madre? —Se fue cuando yo tenía ocho. Dejó una nota diciendo que la maternidad no era para ella. Mi padre hizo lo que pudo, pero trabajaba tres empleos. Me crié prácticamente solo. —Alejandro, yo... —No quiero tu lástima. —Pero su voz era suave, no defensiva—. Solo quiero que entiendas que sé lo que se siente. Ese vacío que dejan los padres que se supone deberían amarte incondicionalmente. Nos quedamos en silencio. El agua de la piscina lamía suavemente los bordes. Algo en la oscuridad, en la vulnerabilidad de su confesión, me hizo valiente. —¿Por qué te casaste con mi madre? La pregunta salió más acusadora de lo que pretendía. Alejandro se tensó. —¿Qué quieres decir? —Ella es... —Busqué las palabras—. Ella es mayor que tú. Trabaja todo el tiempo. Están en etapas diferentes de la vida. ¿Por qué ella? Él no respondió inmediatamente. Cuando lo hizo, su voz era cuidadosa. —Tu madre me hace sentir... anclado. Como si finalmente perteneciera a algo. A alguien. Después de años de construir edificios, de crear espacios para que otras personas vivieran sus vidas, conocerla fue como... encontrar mi propio hogar. Era una respuesta hermosa. Una respuesta perfecta. Entonces, ¿por qué me sonó como si estuviera convenciéndose a sí mismo? —Además... —Continuó, mirándome ahora—. Ella me dio algo que no sabía que necesitaba. —¿Qué? —Una familia. —Su mano se movió, como si fuera a tocar la mía, pero se detuvo—. Te dio a ti. El aire se volvió denso. Pesado. Cargado de todo lo que no podíamos decir. —Alejandro... —Deberías irte a dormir. —Se levantó abruptamente—. Es tarde. —Sí. Tarde. Ninguno de los dos se movió. Finalmente, fui yo quien rompió el momento, levantándome con piernas inestables. —Buenas noches. —Buenas noches, Sofía. Subí las escaleras sintiendo su mirada en mi espalda. En mi habitación, me apoyé contra la puerta cerrada, con el corazón golpeando mi pecho como un martillo. Esto no podía seguir así. Algo tenía que ceder. Y tenía el horrible presentimiento de que seríamos nosotros.
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