Capítulo 7: Consecuencias

2199 Words
No bajé a cenar esa noche. Mi madre tocó mi puerta alrededor de las ocho, preguntando si me sentía bien. Le dije que tenía dolor de cabeza, que solo necesitaba dormir. Escuché su voz amortiguada hablando con Alejandro en el pasillo, sus tonos preocupados. No podía verlo. No todavía. No cuando mis labios aún hormigueaban con el recuerdo de los suyos. No cuando podía cerrar los ojos y sentirlo todo otra vez. Pasé la noche mirando el techo, reproduciendo cada segundo en el estudio. La forma en que me había mirado. La forma en que me había besado. La desesperación en su voz cuando dijo "¿qué hemos hecho?" Tenía razón. Habíamos cruzado una línea imperdonable. Y lo peor era que quería volver a cruzarla. --- Los siguientes días fueron un tipo especial de tortura. Volví a mi rutina de evitación, pero ahora era diferente. Antes, lo evitaba porque me ponía nerviosa. Ahora lo evitaba porque sabía exactamente qué se sentía tener sus labios en los míos, y no confiaba en mí misma para no querer más. Alejandro parecía estar haciendo lo mismo. Salía temprano, regresaba tarde. Cuando estábamos en la misma habitación, apenas me miraba. Y cuando lo hacía, había tanto dolor en sus ojos que tenía que apartar la mirada. Mi madre notó que algo estaba mal. —¿Pasó algo entre tú y Alejandro? —me preguntó el miércoles durante nuestro almuerzo de "día de chicas." Me atraganté con el agua. —¿Qué? No. ¿Por qué? —No sé. Ustedes dos han estado raros. Él pregunta por ti constantemente, pero cuando le digo que estás en casa, encuentra excusas para no estar ahí. Y tú... cariño, apenas has bajado de tu habitación en tres días. —Es solo la escuela. Tengo mucha presión con el proyecto. —¿Segura? —Tomó mi mano—. Porque si Alejandro te hizo sentir incómoda de alguna forma... —No, mamá. Te lo prometo. Alejandro ha sido... perfecto. —La mentira sabía amarga—. Solo estoy estresada. Ella pareció creerme, aunque había duda en sus ojos. —Está bien. Pero si necesitas hablar de algo, lo que sea, estoy aquí. La culpa me atravesó como un cuchillo. Esta mujer, mi madre, que me amaba incondicionalmente, que solo quería mi felicidad... y yo la había traicionado con su prometido. —Lo sé, mamá. Te amo. —Yo también te amo, cariño. --- El jueves, Mateo me confrontó. Estábamos en la biblioteca, supuestamente trabajando en el proyecto, pero yo había estado mirando la misma página durante veinte minutos. —Está bien, eso es todo. —Cerró mi libro—. ¿Qué está pasando? —Nada. —Sofía, te conozco hace dos meses y aun así puedo decir que estás mintiendo. Has estado en otro planeta toda la semana. ¿Tiene que ver con tu casa nueva? ¿Con el prometido de tu mamá? El hecho de que mencionara a Alejandro hizo que mi corazón se saltara un latido. —Es complicado. —Las familias siempre lo son. —Se inclinó hacia adelante—. Mira, no tienes que contarme si no quieres. Pero si necesitas un amigo, o una distracción, o lo que sea... estoy aquí. Miré sus ojos cafés, honestos y amables. Mateo era simple. Directo. No complicado. No prohibido. —¿Quieres salir el viernes? —Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas—. ¿Como... una cita? Su rostro se iluminó. —¿En serio? —Sí. Necesito... —¿Qué necesitaba? ¿Una distracción? ¿Una forma de olvidar? ¿Prueba de que podía sentir algo por alguien que no fuera completamente inapropiado?—. Necesito salir de mi cabeza. —Entonces es una cita. —Sonrió—. Te prometo la mejor distracción de tu vida. --- Le dije a mi madre que tenía una cita. Ella se emocionó tanto que casi lloró. —¡Mi bebé saliendo con alguien! ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿Es de tu clase? —Mamá, relájate. Es solo Mateo, un compañero de proyecto. No es gran cosa. —Es una gran cosa para mí. —Me abrazó—. Mereces ser feliz, cariño. Alejandro estaba en la cocina cuando esta conversación sucedió. No dijo nada, pero vi cómo sus nudillos se pusieron blancos al apretar el vaso que sostenía. --- El viernes por la noche, me arreglé más de lo que había planeado. Vestido n***o corto, tacones, cabello suelto en ondas, maquillaje más dramático de lo usual. Daniela me había ayudado vía FaceTime, gritando su aprobación. —Estás espectacular. Ese Mateo va a babear. —Ese es el plan. —¿Segura que esto no tiene nada que ver con cierto padrastro guapísimo? Me quedé helada. —¿De qué hablas? —Por favor, Sofía. La forma en que no querías hablar de él, la forma en que has estado actuando desde que te mudaste... —Hizo una pausa—. No tienes que decírmelo. Pero si necesitas hablar... —No hay nada de qué hablar. —Está bien. —No sonaba convencida—. Solo... ten cuidado. Sea lo que sea. Cuando bajé las escaleras, mi madre estaba en la sala con Alejandro. Ambos giraron al escucharme. Mi madre aplaudió. —¡Estás hermosa! Alejandro no dijo nada. Solo me miró, y en sus ojos vi algo oscuro. ¿Celos? ¿Dolor? ¿Arrepentimiento? —Gracias, mamá. —Que te diviertas, cariño. Y no llegues muy tarde. El timbre sonó. Mateo estaba en la puerta, con camisa azul y jeans, sonriendo. —Wow. Te ves increíble. —Tú también. Le dije adiós a mi madre, cuidadosamente evitando mirar a Alejandro. Pero cuando estaba saliendo, escuché su voz. —Sofía. Me giré. Él estaba parado en el umbral de la sala, con las manos en los bolsillos, su expresión inescrutable. —Que tengas una buena noche. Había tanto peso en esas palabras. Tanto significado oculto. —Lo tendré. Y salí, dejándolo atrás. --- La cita con Mateo fue... agradable. Fuimos a cenar a un restaurante italiano pequeño, vimos una película de comedia romántica que era predecible pero entretenida, caminamos por el parque cerca del cine. Mateo fue el perfecto caballero: divertido, atento, respetuoso. Me besó al final de la noche, frente a la casa. Fue un beso dulce. Suave. Exactamente lo que debería ser un primer beso. Y no sentí nada. Nada comparado con el beso de Alejandro que me había consumido por completo. Nada comparado con la forma en que cada fibra de mi ser había estado viva cuando estaba en sus brazos. —¿Puedo volver a verte? —preguntó Mateo, con esperanza en sus ojos. —Claro —mentí. Entré a la casa con el corazón pesado. Las luces estaban apagadas excepto por una en la sala. Asumí que mi madre había dejado una luz prendida para mí. Pero cuando entré, Alejandro estaba ahí. Sentado en el sillón, con un vaso de whisky, mirando hacia la nada. Se veía destrozado. —¿Qué haces despierto? —pregunté suavemente. —No podía dormir. —Tomó un sorbo—. ¿Cómo estuvo tu cita? —Bien. Fue... bien. —¿Te besó? La pregunta me tomó desprevenida. —Eso no es asunto tuyo. —Lo sé. —Finalmente me miró, y había agonía en sus ojos—. Pero necesito saber. Necesito saber si puedes sentir algo por alguien más. Si puedes... olvidar. —¿Olvidar qué, Alejandro? ¿Olvidar que me besaste? ¿Olvidar que dijiste que no te arrepentías tanto como deberías? —Olvidar este desastre que creamos. —Se levantó, caminando hacia mí—. Porque yo no puedo. He intentado. Dios sabe que he intentado. Pero cada noche cierro los ojos y te veo. Cada mañana me despierto y lo primero que pienso es en ti. Y cuando te vi bajar esas escaleras esta noche, hermosa, yendo a ver a otro hombre... —Se detuvo, su voz quebrándose—. Quise romper algo. —No puedes decirme estas cosas. —Lo sé. —Vas a casarte con mi madre en dos semanas. —Lo sé. —Esto tiene que terminar. Lo que sea que sea esto. —Lo sé. —Dio otro paso hacia mí—. Dime que sentiste algo con él. Dime que su beso te hizo sentir aunque sea una fracción de lo que sentiste conmigo, y te dejaré ir. Me convertiré en tu padrastro, nada más, y enterraré esto tan profundo que nadie lo encontrará jamás. Las lágrimas quemaban mis ojos. —No puedo decirte eso. —¿Por qué no? —Porque sería mentira. —Las lágrimas finalmente cayeron—. Porque él me besó y lo único que pude pensar fue que no eras tú. Porque no importa cuánto lo intente, no puedo sacarte de mi cabeza. Y te odio por eso. Te odio por hacerme sentir así. Cerró la distancia entre nosotros en dos pasos, sus manos enmarcando mi rostro, sus pulgares limpiando mis lágrimas. —Yo también me odio —susurró—. Me odio por querer algo que no puedo tener. Por estar dispuesto a destruir todo por ti. —Entonces detente. Déjame ir. —No puedo. —Tienes que hacerlo. —Sofía... —Tu matrimonio es en dos semanas, Alejandro. Dos semanas, y legalmente serás mi padrastro. ¿Entiendes lo enfermo que es esto? —Perfectamente. —Entonces aléjate de mí. —¿Eso es lo que quieres? Era la pregunta más cruel que me había hecho. Porque ambos sabíamos la respuesta. —No importa lo que quiera. Importa lo que está bien. —¿Y si lo correcto se siente como morir? No tenía respuesta para eso. Nos quedamos ahí, a centímetros de distancia, con sus manos aún en mi rostro, mis lágrimas aún cayendo. El reloj en la pared marcaba cada segundo que pasábamos en este limbo prohibido. —Deberíamos decirselo —susurré—. A mi madre. Antes de que sea demasiado tarde. Alejandro cerró los ojos como si las palabras le causaran dolor físico. —¿Y decirle qué? ¿Que me enamoré de su hija? El mundo se detuvo. —¿Qué dijiste? Abrió los ojos, y lo que vi en ellos me dejó sin aliento. —Escuchaste bien. Me enamoré de ti. No sé cuándo sucedió. Tal vez fue en la galería cuando te vi por primera vez. Tal vez fue durante esas mañanas en la terraza. Tal vez fue cuando hablaste de Zaha Hadid con tanta pasión en tus ojos. No importa. Lo que importa es que estoy enamorado de la única persona en el mundo que no puedo tener. —Alejandro... —Y la parte más retorcida es que amo a tu madre también. De una forma diferente, más tranquila, pero real. Y eso me convierte en el peor tipo de hombre. —No digas nada más. —¿Por qué? ¿Porque la verdad duele? Ya estamos más allá del punto donde las mentiras nos van a salvar. —Porque si sigues hablando, voy a besarte otra vez. Y esta vez no voy a detenerme. Sus ojos se oscurecieron. —Entonces tal vez deberías irte. Ahora. Antes de que haga algo de lo que ambos no podamos regresar. Tenía razón. Debía irme. Subir las escaleras, encerrarme en mi habitación, y nunca volver a estar a solas con él. Pero en cambio, me paré en mis puntillas y lo besé. Esta vez fue diferente. Más lento. Más profundo. Como si estuviéramos memorizando cada segundo porque sabíamos que tenía que ser la última vez. Sus brazos me rodearon, levantándome, y mis piernas se envolvieron alrededor de su cintura instintivamente. Me llevó al sillón, sentándose conmigo a horcajadas sobre él, sin romper el beso. Sus manos estaban en mi espalda, en mi cabello, en mi cintura. Las mías exploraban su pecho, su cuello, enredándose en su cabello. Era desesperación y deseo y todo lo prohibido hecho realidad. —Sofía —gimió mi nombre contra mis labios—. Tenemos que parar. —Lo sé. —Tu madre está arriba. —Lo sé. —Esto está mal. —Lo sé. Pero ninguno de los dos se detuvo. No sé cuánto tiempo pasamos así. Besándonos como si el mundo se estuviera acabando. Como si este momento fuera todo lo que teníamos. Finalmente, fue el sonido de pasos arriba lo que nos separó. Salté de su regazo, arreglándome la ropa con manos temblorosas. Alejandro se paró, pasándose las manos por el cabello, respirando pesadamente. —Vete —dijo con voz ronca—. Antes de que baje. —Alejandro, nosotros... —Vete, Sofía. Por favor. Subí las escaleras con piernas temblorosas, pasando a mi madre en el pasillo. Estaba en bata, con los ojos somnolientos. —¿Ya llegaste, cariño? ¿Cómo estuvo? —Bien. Me voy a dormir. —¿Está Alejandro abajo? —Sí. Estaba... tomando agua. Ella asintió, bajando las escaleras. En mi habitación, me dejé caer en la cama, con el corazón todavía acelerado, los labios hinchados, el cuerpo aún vibrando. Acabábamos de cruzar otra línea. Y esta vez, no había forma de pretender que podíamos regresar.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD