Capítulo 8: Trece Días

1648 Words
Trece días. Eso era todo lo que quedaba hasta la boda. Los siguientes días fueron un ejercicio de autocontrol que ambos estábamos fallando miserablemente. Después del beso en la sala, establecimos reglas no habladas: no estar solos en la misma habitación, no mirarnos directamente más de lo necesario, mantener conversaciones superficiales cuando mi madre estaba presente. Pero las reglas no habladas son fáciles de romper. El sábado por la mañana, bajé temprano a correr. Era algo que había empezado hacer para despejar mi mente, para no pensar en él. Pero cuando llegué al jardín, Alejandro ya estaba ahí, haciendo estiramientos junto a la piscina. Llevaba solo shorts deportivos y tenis. La luz del amanecer hacía que su piel brillara con una fina capa de sudor de su calentamiento. Cuando me vio, se congeló a mitad del movimiento. —No sabía que corrias —dijo finalmente. —Empecé hace unos días. Necesitaba... despejarme. —Yo también. Nos miramos a través del jardín. Veinte metros de distancia que se sentían como kilómetros y centímetros al mismo tiempo. —Puedo correr más tarde —ofrecí. —No. —Se enderezó—. Tú llegaste primero. Yo me voy. —Alejandro... —No podemos hacer esto, Sofía. —Su voz era tensa—. No podemos seguir... cruzándonos. Uno de nosotros tiene que ceder. —¿Y siempre tienes que ser tú el que se va? —Sí. Porque si me quedo, voy a querer tocarte. Y si te toco, no voy a poder parar. Las palabras colgaron en el aire húmedo de la mañana. —Doce días —susurré—. En doce días, esto termina. Te casas con mi madre y todo vuelve a la normalidad. Él soltó una risa amarga. —¿Normalidad? Sofía, no hay forma de que esto vuelva a ser normal. Voy a casarme con tu madre mientras estoy enamorado de ti. Voy a vivir en esta casa contigo, viéndote cada día, sabiendo cómo saben tus labios, cómo se siente tenerte en mis brazos. ¿Eso te parece normal? Mi garganta se cerró. —Entonces cancela la boda. El silencio fue ensordecedor. —Sabes que no puedo hacer eso. —¿Por qué no? —Porque tu madre no hizo nada malo. Porque cancelar destrozaría su corazón. Porque cincuenta personas ya compraron boletos de avión. Porque los depósitos están hechos. Porque... —Se detuvo, respirando profundo—. Porque si cancelo, tendría que decirle por qué. Y eso la destruiría. —Entonces qué, ¿vivimos con esta mentira por el resto de nuestras vidas? —Si es necesario. —Sus ojos se encontraron con los míos—. Porque la alternativa es peor. Se fue antes de que pudiera responder, dejándome sola en el jardín con el sol saliendo y mi corazón rompiéndose. Los días se convirtieron en un borrón de evitación cuidadosa y momentos robados de contacto visual que duraban demasiado. Mi madre estaba en modo boda total. Pruebas de vestido, reuniones con el coordinador, ajustes de último minuto a la lista de invitados. Me arrastraba a todo, queriendo que estuviera involucrada, sin saber que cada detalle era un recordatorio de lo que estábamos a punto de destruir. —¿Qué te parece este centro de mesa? —me preguntaba, mostrándome fotos en su iPad. —Es hermoso, mamá. —¿Este o este otro? —Cualquiera está bien. —Sofía, cariño, pareces distraída. —Me tomó la mano—. ¿Estás segura de que todo está bien? No. Nada está bien. Estoy enamorada del hombre con el que te vas a casar. —Solo estoy cansada. El proyecto con Mateo está consumiendo toda mi energía. —Ah, Mateo. —Sonrió con complicidad—. ¿Cómo van las cosas con él? ¿Habrá segunda cita? —Probablemente no, mamá. No hay química. —Ay, cariño. Bueno, el indicado llegará cuando menos lo esperes. Si supiera. El martes, nueve días antes de la boda, todo estalló. Era tarde, pasadas las once. Mi madre había salido con sus amigas para su despedida de soltera. Yo estaba en mi habitación, intentando concentrarme en un ensayo que debía entregar, cuando escuché un ruido abajo. Me asomé al pasillo. La luz del estudio de Alejandro estaba encendida, y podía escuchar música, algo clásico y melancólico. Debí haberme quedado en mi habitación. Debí haber cerrado mi puerta y fingir que no escuchaba nada. Pero mis pies me llevaron escaleras abajo, por el pasillo, hasta quedar frente a la puerta del estudio. Esta vez no toqué. Solo giré la manija. Alejandro estaba sentado en el suelo, rodeado de botellas vacías de cerveza y planos arrugados. Tenía la cabeza en las manos, los hombros tensos. La música llenaba el espacio—un piano tocando algo triste y hermoso. —¿Alejandro? Levantó la vista. Sus ojos estaban rojos, su cabello despeinado. Se veía destrozado. —No deberías estar aquí. —Estás borracho. —No lo suficiente. —Tomó otra cerveza, la última de un six-pack a su lado—. Nunca es suficiente para olvidar. Cerré la puerta detrás de mí, acercándome lentamente. Me senté en el suelo frente a él, cruzando las piernas. —¿Qué estás tratando de olvidar? Soltó una risa sin humor. —Todo. Cómo se siente besarte. Cómo dices mi nombre. El hecho de que en nueve días voy a prometer amarte a tu madre por el resto de mi vida mientras la única persona que quiero estará parada ahí, viéndome mentir. —Alejandro... —¿Sabes qué es lo más jodido? —Me miró directamente—. Que una parte de mí quiere que me descubran. Quiere que tu madre entre por esa puerta ahora mismo y nos vea juntos. Porque al menos entonces no tendría que fingir más. —No digas eso. —¿Por qué no? Es la verdad. —Dejó la cerveza, gateando hacia mí—. Estoy cansado de fingir que no me estoy muriendo cada vez que te veo. Cansado de actuar como si todo estuviera bien cuando nada está bien. Estaba tan cerca ahora que podía oler el alcohol en su aliento mezclado con su colonia. Sus ojos me recorrieron el rostro como si estuviera memorizando cada detalle. —Deberías irte —dijo, pero su mano subió a mi mejilla, contradiciendo sus palabras—. Deberías correr de mí lo más rápido que puedas. —No puedo. —¿Por qué no? —Porque estoy tan jodida como tú. —Las lágrimas quemaban mis ojos—. Porque yo también quiero ser descubierta. Porque prefiero que todo explote a seguir viviendo así. —Sofía... —Mi nombre salió como un gemido. —Bésame —susurré—. Una última vez. Antes de que sea demasiado tarde. —Si te beso ahora, no voy a poder parar. —Entonces no pares. Eso fue todo lo que necesitó escuchar. Me besó con una desesperación que no había estado ahí antes. Como si esta fuera realmente la última vez. Me jaló hacia él, y terminé en su regazo, sus manos enredadas en mi cabello, mi camiseta arrugándose bajo sus dedos. El beso se profundizó, se volvió más hambriento. Sus manos bajaron a mi cintura, a mis caderas, jalándome más cerca. Gemí contra su boca, y ese sonido pareció romper algo en él. Me volteó, recostándome en el suelo, su cuerpo cubriéndome. El peso de él, la solidez, se sentía perfectamente bien y completamente mal al mismo tiempo. —Dime que pare —murmuró contra mi cuello, besando la línea de mi mandíbula—. Por favor, dime que pare. —No quiero que pares. Sus labios encontraron ese punto sensible justo debajo de mi oreja, y arqueé mi espalda involuntariamente. Sus manos exploraban, descubriendo, memorizando. Cada toque era fuego en mi piel. —Sofía... —Levantó su cabeza, mirándome con ojos oscurecidos por el deseo—. Si seguimos, voy a quererte completa. Aquí. Ahora. Y no va a haber vuelta atrás. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podía escucharlo. —¿Y si no quiero vuelta atrás? Cerró los ojos, su mandíbula se tensó. Cuando los abrió, había tomado una decisión. —No así. —Se apartó, dejándome repentinamente fría—. No en el suelo de mi estudio, medio borracho, mientras tu madre está fuera. No mereces eso. Tú mereces... más. Se sentó, pasándose las manos por el cabello, respirando pesadamente. Yo me incorporé, ajustándome la ropa, sintiendo la pérdida de su calor como un dolor físico. —¿Más qué? —Más que esto. Más que ser un secreto sucio. Más que alguien que está traicionando a tu madre. —Me miró con tanto dolor—. Mereces a alguien que pueda amarte abiertamente. Que pueda llevarte de la mano en público. Que pueda presentarte como la persona más importante de su vida sin que sea un escándalo. —¿Y si te quiero a ti de todas formas? —Entonces eres más tonta que yo. —Pero su voz se quebró—. Porque yo no puedo darte nada de eso. Solo puedo darte dolor y secretos y una vida de esconderse. Nos quedamos en silencio, el peso de la realidad aplastándonos. —Nueve días —dijo finalmente—. En nueve días me caso con tu madre. Y después... después mantendremos distancia. Será más fácil cuando haya oficialmente cruzado esa línea. —¿Eso crees? ¿Que un anillo va a cambiar cómo nos sentimos? —Tiene que hacerlo. —Se levantó, ofreciéndome su mano para ayudarme—. Porque la alternativa es destruir todo. Tomé su mano, el contacto enviando electricidad por mi brazo. Cuando estuve de pie, no me soltó inmediatamente. Solo nos quedamos ahí, mano con mano, mirando el desastre que habíamos creado. —Vete a dormir, Sofía. —Finalmente soltó mi mano—. Y esta vez... no vuelvas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD