Tres semanas. Habían pasado tres semanas desde que Alejandro y yo decidimos intentarlo, y el mundo no había explotado todavía. A veces me sorprendía de lo fácil que era mentir. No, eso no era verdad. No era fácil. Pero era posible. Y con cada día que pasaba, nos volvíamos mejores en ello. Durante la semana, cuando mi madre estaba en casa, éramos la familia perfecta. Desayunos juntos. Cenas donde ella hablaba sobre su trabajo y Alejandro fingía interés y yo empujaba comida en mi plato. Noches donde cada uno se retiraba a su espacio—ella y Alejandro a su habitación, yo a la mía. En esos momentos, casi podía fingir que nada había cambiado. Pero entonces venían los viernes. Mi madre viajaba casi cada fin de semana ahora. Monterrey, Guadalajara, Ciudad de México. Su trabajo la mantenía e

