GEORGE El reloj acababa de dar la medianoche, pero todas las luces de nuestra casa estaban encendidas. Mientras mi madre estaba sentada en el sofá del salón, yo no dejaba de dar vueltas de un lado a otro sin saber qué hacer. Lo único que podía hacer era refunfuñar frustrado. ¿Dónde están? —Llámalos otra vez—, ordenó mi madre con severidad una y otra vez. —Los llamé, pero ambos teléfonos están apagados—, repetí la misma respuesta una y otra vez, mientras mi nivel de frustración alcanzaba su punto máximo. —¿Le hiciste algo?—, me acusó mi madre. —No—, le prometí, pero no dejaba de recordar lo que Melissa le había hecho a Lorena. ¿Le había golpeado fuerte con el sellador? ¿Le había pasado algo? —Algo pasó y tú lo sabes perfectamente. Estás frunciendo el ceño—, comentó mi madre, como si m

