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La esposa donante del CEO

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Blurb

Lorena aceptó un matrimonio sin amor para cumplir el último deseo de su padre. Nunca imaginó que también tendría que entregar su libertad, su cuerpo y su futuro.

Despreciada por su suegra, ignorada por su esposo y atrapada en un contrato cruel, Lorena se convierte en la donante del riñón de la mujer que más la ha humillado. Ese acto de sacrificio lo cambia todo: la obliga a mudarse a una mansión que no es su hogar, a compartir la cama con un marido que ama a otra mujer y a enfrentar una cláusula que exige lo impensable… un heredero.

Mientras George la rechaza y la culpa de su desgracia, Fernando, su cuñado, se convierte en su único refugio. Entre órdenes autoritarias, herencias amenazadas y sentimientos que empiezan a desbordarse, Lorena deberá decidir hasta dónde está dispuesta a ceder. ¿Puede aprender a amar al hombre que la desprecia? ¿O romperá las reglas y huirá antes de perderse a sí misma?

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Donante por amor
LORENA Tan pronto como pude ponerme de pie, se dio la orden estricta de llevarme a su habitación. Mi suegra quería hablar conmigo y tengo que admitir que le tenía miedo. Ambas acabábamos de pasar por una operación. Ella necesitaba un trasplante de riñón y yo era su donante. Nunca me trató bien, nunca me consideró como su propia hija, pero mi padre me educó bien. Me enseñó a respetar a los mayores y a ayudarlos en todo lo posible. Mi suegra, o como prefería que la llamaran, la señora Flores, odiaba que me hubiera visto obligada a entrar en sus vidas. Decía que no valía la pena, que era demasiado común para el gusto de su hijo, a pesar de que mi familia era igual de rica. Me rechazó a primera vista y se aseguraba de burlarse de cada palabra que pronunciaba y ridiculizar cada uno de mis actos. Hace dos meses enfermó y últimamente sus riñones dejaron de funcionar. Su hipertensión arterial en los pequeños vasos sanguíneos del riñón provocó daños e impidió que el proceso de filtración funcionara correctamente. De alguna manera, ella es una extraña para mí, así que no voy a mentir y decir que me quedé devastada cuando me enteré de la noticia. Solo me entristeció un poco. Sin embargo, cuando vi cómo reaccionaba mi marido, que normalmente es muy tranquilo, supe que tenía que actuar. Estuvo todo el día gritando a sus empleados por teléfono, y su novia parecía estar muy asustada o indiferente, porque desapareció literalmente. Cuando me enteré de que toda su familia se estaba haciendo pruebas para ver si podían ser donantes compatibles, fui al hospital, me hice las pruebas como ellos y, sorpresa, sorpresa, yo era perfectamente compatible. La señora Flores dudó de mis intenciones, pero se sorprendió al escuchar mi única petición. —No quiero que George se entere de que soy donante. Al menos, no hasta que todo haya terminado—, le dije con firmeza, y sus ojos azules se agrandaron, ¿esperaba que le pidiera dinero o el amor de su hijo? No, yo no quería forzar a nadie. Solo lo hice porque me nació del corazón. —¿Por qué? George me quiere y te mirará de otra manera si se lo pido—. La anciana habló conmocionada. Aún así negué con la cabeza. —Simplemente no lo quiero. Vivir con él no fue mi elección y, al cabo de unos años, seguramente me pedirá el divorcio, así que ¿por qué encariñarme con él si ya está comprometido?—, argumenté, sabiendo que nada bueno saldría de mi matrimonio forzado. —¿No tienes ninguna otra petición?—, repitió la anciana y yo asentí con la cabeza. —Eres un alma extraña, Lorena—, comentó y, por primera vez, me sonrió con aprobación. Sentada en una silla con ruedas, me llevaron a la habitación de la señora Flores. No sé por qué me pidió que fuera a verla, ni por qué no pudo esperar a que saliéramos del hospital para hablar. Quiero decir, ella está acostumbrada a visitar a George cuando le apetece. Diferentes escenarios comenzaron a pasar por mi mente... ¿En qué me he metido? Habitación 240, la puerta se abrió lentamente y las brillantes luces que provenían del interior me cegaron. Me tomó un minuto acostumbrarme a la luz después de haber sido llevada por los oscuros pasillos. Las caras en la habitación me eran muy conocidas: mi suegra, mi cuñado y mi esposo. Todos los ojos estaban dirigidos hacia mí, fríos e inquisitivos, excepto los ojos azules de Fernando, mi cuñado, mejor amigo y apoyo. —¡Ena, lo has conseguido! Gracias—, dijo corriendo a abrazarme como un niño, y no pude evitar reírme de su interminable “gracias” —Hice lo que tenía que hacer, Nando—, respondí cuando me soltó y me revolvió el pelo. —Fernando, deja a la chica en paz. Todavía parece cansada—, ordenó mi suegra, sorprendiéndonos a todos. —Nadie le ha dado las gracias y se merece que se le agradezca y se le aprecie. Estoy haciendo lo que debería haber hecho tú—. Las palabras acusadoras de Nando salieron de sus labios con ira y sus ojos se fijaron especialmente en la figura de su hermano. —Lorena—, llamó mi suegra ignorando la rabieta de su hijo. —Necesito que te mudes a la mansión conmigo—, declaró, y yo quería decir que no, pero mi voz parecía haberse perdido. Estaba sorprendida, conmocionada, pensé que estaba alucinando. —¿Por qué?—, fue todo lo que pude decir —Es una orden—. La voz autoritaria de mi suegra llenó la habitación y mis ojos se encontraron con los de George, como pidiendo ayuda, pero lo encontré sonriéndome con sorna. Bueno, seguro que más tarde celebrará la noticia con su chica mientras yo me pudro en el infierno. —Hay que obedecer todas las órdenes de mamá—, comentó George en tono divertido, como burlándose de mí. —George, tú también te mudas con ella—, anunció su madre, y en ese momento Fernando se echó a reír. —No, no lo haré. Tengo novia. ¿La conoces, Melissa? Es rubia, con el pelo ondulado y los ojos verdes brillantes. Vive conmigo en mi habitación. No puedo abandonarla.—George le respondió a su madre y yo asentí con la cabeza, apoyando su argumento —Como has dicho, George, hay que cumplir las órdenes y, a partir de ahora, tú y tu mujer se mudan con nosotros—, rugió su madre con tono definitivo. Me sorprende cómo una anciana como ella sigue controlando hasta el más mínimo detalle de la vida de sus hijos. —Vamos a vivir juntos. Los tres mosqueteros—, cantó Nando y, una vez más, me abrazó, lo que me arrancó una pequeña sonrisa, un gruñido de George y un golpe en la frente de su madre.

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