GEORGE
Mi madre y Lorena salieron del hospital hace una hora. El viaje a casa fue silencioso. Solo Fernando perturbó nuestra tranquilidad. No dejaba de jugar con Lorena, bromeando con ella y, si se me permite decirlo abiertamente, coqueteando con ella. ¿Desde cuándo se ha hecho amigo de mi esposa concertada?
En cuanto llegamos a casa, quise salir corriendo a visitar a Melissa, pero mi madre me ordenó que me quedara. Mi madre ahora tiene la autoridad sobre todo y todos tras la muerte de mi padre. Mi padre le confiaba todo, incluso rectificar su testamento si no cumplíamos con su regla, la regla de casarnos con la hija de su mejor amigo y vivir con ella durante siete largos años. Simplemente estoy atado a una desconocida para poder heredar lo que es legalmente mío, las empresas que trabajé duro para mejorar y dirigir.
Lorena Dallas, una chica dos años menor que yo, irrumpió en mi vida de forma repentina. Ella alteró todo el equilibrio que había logrado. Por su culpa, se produjo una larga pelea entre mi novia de toda la vida y yo. Melissa temía a Lorena, a pesar de que yo intenté asegurarle mi amor de más de una manera. Melissa acosó públicamente a Lorena en ciertos momentos y yo no la detuve. No puse fin a eso porque, en primer lugar, Lorena se lo merecía. Quiero decir, ¿cómo puede aceptar casarse conmigo solo para honrar las palabras de su padre? No le prometieron nada a cambio y estaba claro que no sentía nada por mí. Me criticaba abiertamente y rara vez me hablaba.
Me evitaba como a una plaga. En segundo lugar, no interfiero en las acciones de acoso de Melissa porque me encanta ver las reacciones de Lorena. Esa chica no llora, al menos no en público. Actúa como si no le importara o, lo que es peor, se hace la tonta e ignora a Melissa, lo que la vuelve loca.
Siguiendo a mi madre al salón, nos sentamos todos en sofás diferentes. Mi madre y yo nos sentamos en sofás de un solo asiento, mientras que Lorena se sentó junto a Fernando y este parecía estar pegado a ella.
—Ena, ahora podemos tener noches de cine interminables—, cantó mi hermano de veinticuatro años como un niño.
—¿Quieres dejar de molestarla?—, resonó la voz de mi madre en la habitación, sorprendiendo a todos. ¿De verdad está del lado de Lorena?
—Lo siento—, dijo Fernando como un niño mientras miraba a Lorena, y ella le sonrió dulcemente.
—No pasa nada, señora Flores. Nando es así—, defendió Lorena a mi hermano, desafiando las palabras de mi madre, y yo esperaba que mi madre le volviera a gritar, pero ella solo asintió con la cabeza.
—¿Cómo conoces tan bien a Fernando?—, preguntó mi madre, y yo me encontré ansioso por saber la respuesta a esa pregunta.
—Bueno, señora Flores, Nando solía visitar la casa de George y la mía. Al principio, venía a hablar con su hermano, pero como George casi nunca está solo, Nando y yo empezamos a hablar. Esperaba durante horas cuando Melissa se iba. Acabábamos viendo series antiguas y nuevas de Disney y supongo que así empezó todo. Empezamos a hablar de nuestros Power Rangers favoritos y eso nos llevó a hablar de nuestros colores, asignaturas, comidas, música e intereses favoritos—, respondió Lorena con naturalidad.
—Nunca supe nada de sus visitas—, anuncié tratando de evitar la mirada acusadora de mi madre, mi esposa y mi hermano, aunque recuerdo vagamente que Lorena me había hablado de sus visitas. Ignorarla se había convertido en uno de mis talentos.
—Claro que no—, las acusadoras palabras de Lorena salieron disparadas en voz alta y sus ojos esmeralda se conectaron con los míos, desafiándome a decir otra mentira.
—Demándame—, le grité, sintiéndome tan infantil.
—¡Ya basta, ustedes dos!—, gritó mamá y, como niños, le obedecimos. —Lorena, tus cosas se han trasladado a la mansión. Todos vamos a vivir aquí. A partir de este momento, puedes llamarme “mamá”. Como dijo Fernando, no te dimos las gracias como es debido, así que debo agradecerte que me donaras un riñón, a pesar de que yo no fui más que un ser horrible contigo. Esto no significa que te acepte totalmente como mi nuera, pero intentaré ser más amable contigo—. Mi madre continuó y yo casi me quedé sin aliento por la sorpresa...
—No tienes por qué aceptarla. En realidad, no es tu nuera. En unos años, nos divorciaremos. Melissa debería ser la que te llamara mamá—. Le espeté mientras me levantaba, rechazando el progreso que Lorena estaba haciendo... Ella se había ganado el respeto de la persona más dura de mi familia.
—George, yo puedo decidir quién me llama mamá y quién no, y tu Melissa no encaja bien en mi libro—, me gritó mi madre, y mi ira siguió aumentando... ¿Por qué se está desmoronando mi vida? ¿Por qué tengo tan mala suerte? Todo es culpa de Lorena, esa zorra...
—Señora Flores, la ayudé porque tenía que hacerlo. No pido su aceptación. No me importa que me trate como a una extraña. Agradecería un poco de respeto, pero prefiero vivir en casa de George. Como él ha dicho, este matrimonio solo durará unos años más y no quiero encariñarme para que luego me echen—. Lorena respondió con calma, esbozando una leve sonrisa a mi madre... ¡Mi anciana madre está empezando a querer a mi esposa, esa santurrona a la que me han obligado a casarme!
—No te echarán. Quiero que me des un nieto. —Mi madre lo anunció con naturalidad, mientras Lorena, Fernando y yo gritábamos y jadeábamos sorprendidos.
—¿Perdón?—, gritamos Lorena y yo a pleno pulmón, intercambiando una rápida mirada que bastó para ver el color rojizo que teñía las mejillas de Lorena, y luego desviamos la mirada para mirar a mi madre.
—¿Qué? Tengo todo el derecho a disfrutar jugando con mis nietos. Me estoy haciendo mayor y estoy enferma. Tienen un año para darme un nieto—, repitió mi madre como si estuviera pidiendo un trozo de tarta, un collar o algo fácil.
—No puedo hacerlo. Yo... yo...—, intentó argumentar Lorena, pero el peso de la orden de mi madre pareció paralizarla.
—Madre, cualquier hijo mío solo será criado por Melissa—, anuncié, pero mis ojos siguieron estudiando el rostro enrojecido de mi esposa.
—Esos no serán los herederos de la fortuna de los Flores. Solo los hijos legítimos pueden serlo—, argumentó mi madre.
—Me casaré con Melissa pronto—, prometí.
—No la apruebo—, se negó mi madre.
—Puedo ser el padre de los hijos de Lorena—, se ofreció Fernando de manera coqueta, provocando un grito ahogado de mi esposa y, por alguna razón, mi ira se dirigió de repente hacia él.
—¡Cállate! Esto no es asunto tuyo—, le grité.
—Lorena es mi mejor amiga. Sí que es asunto mío. Aunque ella y yo no estemos enamorados, sigo siendo una opción mejor que tú. Al menos ella confía en mí. Estaré ahí para ella. Su primer hijo no puede ser fruto de un simple encuentro s3xual. Se merece algo mejor, mucho mejor—. Fernando defendió a mi esposa y volvió a envolverla en sus brazos.
—Deberías haberte casado con ella y ahorrarme el problema de acostarme con ella—, le grité.
—Cállense todos. Vayan a sus habitaciones ahora y continuaremos con este tema después de comer. Todavía estoy sin energía y creo que Lorena también está cansada—. Mi madre puso fin a nuestra pelea.
—¿Señora Flores? Quiero decir, Anastasia, ¿tengo una habitación para mí sola?—, preguntó Lorena y yo recé en silencio para que mi madre afirmara su pregunta.
—Tonterías. Te has casado con él, así que compartirán la cama—, desaprobó mi madre, y Lorena me lanzó por primera vez una mirada suplicante.
—Madre, nos obligaron a hacerlo y tú lo sabes muy bien—, intenté argumentar.
—Obligados o no. Mi decisión es definitiva. Ahora, fuera de mi vista—. Mi madre rugió y los tres adultos inclinamos la cabeza en señal de derrota.
—Esto no es justo—, murmuró Lorena con voz quebrada. —Solo intento cumplir el último deseo de mi padre. ¿En qué me he metido?
—Bienvenida al infierno—, le respondí en voz baja y empecé a caminar hacia mi habitación, o debería decir nuestra habitación.