Labios carnosos

1067 Words
GEORGE —No voy a dormir en el sofá—, le anuncié a Lorena cuando entró en mi antigua habitación. ¿Por qué debería cederle mi cama? ¿Por qué debería preocuparme por su comodidad cuando ella me está atormentando y su presencia solo me incomoda? ¿Por qué debería cederle mi cómoda cama? —Qué caballero—, respondió sarcásticamente y se dirigió al sofá junto a mi ventana. —Establezcamos el horario y las reglas. Esta noche, yo me ducharé primero y luego tú podrás usar el baño—, respondí ignorando su tono. —Voy a colarme en la habitación de Fernando, así que no hace falta que me des órdenes— dijo Lorena mientras se tumbaba en mi sofá, cerrando los ojos, bañándose en la luz del sol y abrazando una pequeña almohada. —Mi madre te mataría si se enterara. Llamaría a tu madre. Y créeme, no necesitamos a otra anciana malvada aquí—, le dije sonriendo ante el espíritu desafiante de mi esposa. —Es malvada—, aprobó Lorena y se sentó. —Sigo quedándome con la cama—, bromeé de nuevo, esperando a que ella se resistiera o algo así. —No hace falta que lo repitas, porque no dormiría en tu cama por ningún motivo—, me dijo, y sus ojos esmeralda se encontraron con los míos y se conectaron en una larga mirada fija. —¿Tienes algún tipo de relación con Fernando?—, le pregunté, sorprendiéndome incluso a mí mismo. ¿Por qué de repente me interesa la mujer a la que he descuidado durante dos años? —Bueno, no puedo negar que él y yo tenemos algún tipo de relación—, bromeó, aunque la sorpresa se reflejaba en su rostro y un ligero rubor teñía sus mejillas y cuello blanco. —¿Y qué tipo de relación?—, volví a preguntar, excediendo el tiempo habitual de nuestras conversaciones. —¿Por qué te importa?—, preguntó Lorena con obstinación. —Para no sorprenderme, al menos por ahora—. Le expliqué, aunque esa razón también me parecía absurda —Bueno, no te lo diré—, respondió sacando la lengua y sin poder evitar sonreír de nuevo. ¿Siempre había sido tan fácil hablar con ella? ¿Por qué no me había dado cuenta antes? —Lorena—, le advertí en tono juguetón mientras me acercaba a ella y sus ojos se agrandaban... —¡Ena!—. Un grito salvaje detuvo mis pasos y mi hermano abrió la puerta, corrió hacia Lorena, la agarró de la mano y empezó a arrastrarla fuera. —Fernando...—, grité un poco enfadado porque acababa de romper todas mis reglas: ¿entrar sin llamar, gritar y llevarse lo que es mío? Bueno, supongo que Lorena no es... —Película... Puedes unirte a nosotros—, gritó desde lejos mientras seguía corriendo y arrastrando a Lorena, que empezó a dar opciones de películas. Esa noche, mi esposa y mi hermano se saltaron el almuerzo y la cena. Los espié y los encontré viendo una película tras otra. Lo llamaban maratón y eran las siete películas de Harry Potter. ¿Es normal que unos veinteañeros pasen tanto tiempo viendo magia y cosas irreales? Mientras ellos se divertían, yo pasé el día trabajando o llamando a Melissa y pensando en infinitas excusas para complacerla. —¡George!—, gritó mi madre, interrumpiendo mi sueño y devolviéndome a la realidad. Busqué mi teléfono y descubrí que aún era temprano. Eran solo las seis de la mañana. —George—, el grito resonó en las paredes de la mansión y no tuve más remedio que bajar y descubrir qué estaba pasando. —Mamá, ¿qué pasa?—, refunfuñé al ver a la anciana de pie junto a la puerta de la cocina. —Tu esposa—, respondió mi madre, invitándome a mirar dentro de la cocina. —Esa frase es lo que está mal en mi vida—, volví a refunfuñar y entré en la cocina para encontrar a Lorena resoplando y murmurando para sí misma. —¿Qué has hecho?—, le pregunté mientras se alejaba de la isla de la cocina, dejando al descubierto su camisón rosa y sus pantalones cortos. Tenía algunas manchas de harina en las mejillas y su corto cabello n***o brillaba como siempre al reflejar la luz. —He preparado el desayuno y puede que le haya pedido a la criada que se tome la mañana libre—, respondió Lorena, bajando la mirada. Yo era treinta centímetros más alto que ella y ahora parecía una niña confesando una mala acción. —¿Y por qué lo has hecho?—, le pregunté. —¿Porque quería ser amable? Y ya había cocinado para todos—, explicó con una vocecita que me hizo sonreír. —Lorena, esta casa tiene sus reglas y todas deben respetarse. No puedes dar días libres sin más—, le explicó mi madre con cierta dureza a Lorena, que asintió en silencio. —Vamos a nuestra habitación—, sugerí, y Lorena me siguió sin protestar. —Busquemos una forma de salir de aquí—, suplicó Lorena, pero yo sabía que nada nos salvaría de la ira de mi madre. —No lo permitirá. Podemos volar hasta la luna, pero ella nos encontrará—, le respondí, sabiendo lo autoritaria que es mi madre. —No voy a ceder ante ella—, declaró Lorena obstinadamente mientras se subía al sofá y levantaba un brazo en alto, como la estatua de la libertad. —Sigue diciendo eso—, le dije riéndome de su pose. —¡No habrá nietos! ¡No habrá boda! No habrá criadas—, gritó Lorena a pleno pulmón, y para detener su ridículo espectáculo antes de llamar la atención de mi madre, me acerqué a ella, le rodeé la cintura con el brazo, la levanté y la dejé en el suelo... ¡Pero no había pensado en lo cerca que estábamos! Estábamos cara a cara, sus ojos esmeralda se encontraron con los míos y un suspiro escapó de sus labios carnosos y rosados. —Lo siento, pero baja el volumen—, le dije y salí de la habitación para escapar de los incómodos momentos que se avecinaban.
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