LORENA
—¿Qué pasó con eso de que nunca me subiría a tu cama?—, bromeó George mientras intentaba imitar mi tono sarcástico.
—Bueno, estoy cansada. Fernando no me dejó dormir anoche con sus interminables historias y tu sofá no es nada cómodo—, intenté explicarle mientras me acurrucaba abrazando la almohada extra en la cama de mi marido forzado.
—Mi madre te llama para desayunar. Tenemos media hora y nos reuniremos todos abajo para comer juntos—, me informó mientras se dirigía a su armario.
—No voy a comer con ella—, Refunfuñé mientras sentía que mis ojos se volvían más pesados.
—Me pedirá que te levante y te lleve abajo—, comentó George, pero su voz se volvió más distante y lo único que podía ver era la cómoda oscuridad que me rodeaba.
—Nando...—, susurré al sentir que alguien me pinchaba la mejilla.
—Adivina otra vez—, ordenó la voz con un tono un poco duro y me quedé paralizada.
—¡George!—, me desperté, me levanté y grité.
—Sí. ¡Ahora, a desayunar!—, siguió refunfuñando.
—Creí haberte dicho que no...—, intenté razonar mientras me recostaba de nuevo.
—Pero tú eres quien cocina para todos nosotros y a mi madre ya no le caes muy bien...—, señaló, y sus ojos se encontraron con los míos, haciéndome temblar por alguna razón desconocida.
—Bueno, a mí tampoco me gusta mucho ella...—, le respondí y me giré hacia mi izquierda, ignorando la figura ahora bien vestida de mi marido forzado. George es un hombre de veintiséis años con pelo n***o azabache y ojos azules. Tiene un cuerpo bien formado. No es del tipo musculoso que da miedo, sino del tipo atractivo. Sin embargo, lo que no me gusta de George es su actitud. Es arrogante, engreído, mezquino, egoísta, grosero y...
—Vamos—. Esas palabras cortaron el hilo de mis pensamientos y, de repente, dos manos fuertes me rodearon la cintura una vez más y me arrastraron, levantaron y lanzaron sobre el hombro de George.
—¡George! ¡Maldita sea, suéltame! ¡No tienes derecho a tocarme! ¡Idiota! ¡Me voy a caer! ¡Nando!—, seguí gritando y golpeando la espalda de mi marido, pero fue en vano.
—Maldita sea, mujer, quédate quieta—, refunfuñó George y siguió caminando hasta llegar a lo que supuse que era el comedor.
—Te detesto—, le gruñí mientras le golpeaba una vez más.
—Nada nuevo, y el sentimiento es mutuo—, respondió mientras me bajaba.
Una vez más, en el mismo día, me encontré cara a cara con él. Sus ojos azules miraban intensamente a mis ojos verdes esmeralda. Mis labios se separaron como la última vez para dejar escapar un grito de sorpresa, pero la voz de alguien que carraspeaba interrumpió nuestra sesión de intercambio de miradas.
—Sigan con esas miradas cursis arriba—, ordenó mi suegra, y yo me sonrojé intensamente ante su comentario, lo que hizo que George se riera.
—No nos estábamos mirando. Estábamos peleando, madre—. Intentó aclarar la situación.
—Lo que te ayude a dormir por la noche. Ahora siéntense los dos y coman—, ordenó mi suegra de nuevo.
—¿Dónde está Nando?—, pregunté al no ver a mi persona favorita por allí.
—Dormido. Ese niño perezoso me volverá loca algún día—, refunfuñó Anastasia sacudiendo la cabeza.
—Yo también quiero dormir—, informé.
—Si vas a ser madre pronto, debes madurar. Pasaste horas viendo películas con tu cuñado en lugar de conectar con tu marido. Él, mi otro hijo idiota, pasó horas hablando por teléfono con su novia zorr@ y suplicándole que lo perdonara—, dijo Anastasia con desaprobación.
—No voy a ser madre pronto—, grité a pleno pulmón.
—Estoy enamorado de Melissa y ella no es zorr@—, gritó George también.
—Sí lo es—. Anastasia y yo le gritamos al mismo tiempo, lo que le hizo abrir los ojos con sorpresa.
—Y tú, Lorena, tendrás que quedarte embarazada pronto porque los papeles del matrimonio que firmaste tienen una pequeña cláusula, pero supongo que tú y mi hijo ciego no la vieron. La cláusula dice que debes quedarte embarazada y dar a mi familia un heredero, ya sea niño o niña. Si no lo haces, George no recibirá su dinero ni sus empresas y tú, bueno, no cumplirás el último deseo de tu padre—. Mi suegra lo anunció y se me heló la sangre y, de repente, me quedé clavada en el sitio. ¿Cómo puede un contrato matrimonial ser tan cruel? ¿Cómo pensaban nuestros padres que podían controlar nuestras vidas hasta el más mínimo detalle? ¿De verdad tengo que hacer esto? ¿No estaría mi padre orgulloso de mí si no lo hiciera? ¿No merezco encontrar el amor verdadero antes de entregarme a él?
—No lo haré y Fernando probablemente le devolverá la herencia a George—, decidí, y George asintió con la cabeza. ¿Por qué no iba a estar de acuerdo? ¿Por qué iba a arriesgar su relación perfecta con su novia perfecta, parecida a una muñeca Barbie? ¿Por qué iba a querer ser responsable y cargar con un niño y una esposa no deseada?
—Nuestras empresas y la de tu padre serán cedidas a su tercer socio más importante, el señor Hanzel. Tus padres no confiaban lo suficiente en él y por eso llegaron a este acuerdo con él. O George se queda con todo cuando tenga un heredero o el señor Hanzel se queda con todo y el legado de nuestras familias se esfumará—, explicó Anastasia, ahogándonos aún más y agobiándonos a George y a mí con esta información tan importante.
—No lo amo. No puedo entregarme a él. Puede que sea una santurrona con un gran corazón y que normalmente no sepa decir que no. Quiero decir, mírame, estoy casada con un desconocido. Llevo dos años o más cocinando para él y nunca me ha dado las gracias. Incluso te salvé a pesar de que te burlaste de mí en todas las situaciones posibles, pero sin duda tengo mucha más dignidad de la que aparento. Simplemente no puedo entregarme de esta manera—. Me mantuve firme gritándole a él, a ella, a ellos y a la regla invisible de ese estúpido contrato.
—Entonces aprende a amarlo, aprendan a amarse el uno al otro—, respondió Anastasia en tono bajo, mostrando por primera vez una frágil emoción. Estaba claramente arrepentida, arrepentida por mí, por mi situación y por mi vida condenada.