LORENA
—¡Vamos, Ena! ¡Tienes que comer! Han pasado horas—. Nando me lo suplicó una y otra vez, esperando que saliera. Siendo infantil y tal, la única solución que encontré para escapar de mi realidad fue correr a la habitación de George y encerrarme allí. Las ideas de huir del país comenzaron a colonizar mi mente e incluso empecé a elegir entre mis países favoritos.
—Ena, por favor… Mi madre se ha ido, te lo prometo.
Nando me lo prometió y eso me hizo sonreír, ya que podría ser mi única oportunidad de escapar.
—No vas a huir, Ena.
Nando me gritó a través de la puerta, como si leyera mis propios pensamientos.
—Nando, por favor, déjame escapar. Me casé con un desconocido para honrar a mi padre. Lo hice porque sabía que era lo correcto y, claramente, fue un error, pero ¿ahora dar a luz a un hijo no deseado? No puedo hacerlo, Nando. No puedo traer a otro ser humano a este mundo y luego destrozarle el alma diciéndole que es el resultado de una cláusula y no del amor…
Le supliqué mientras las lágrimas llenaban mis ojos y comenzaban a correr por mis mejillas.
—Ena, por favor, no llores. Ojalá pudiera ayudarte —suplicó Nando con un tono quebrado y lleno de preocupación mientras me abrazaba con sus fuertes brazos.
Nando, al igual que George, tenía los ojos azules y un cuerpo bien formado. Todos los miembros de su familia parecían seres perfectos. Sin embargo, solo uno era tan guapo por fuera como por dentro, y ese era Fernando.
Cada vez que me sentía inútil, sola, herida y rechazada por George, Fernando estaba ahí para recomponer mi corazón roto y hacerme sonreír de nuevo, si no reír.
—Nando, él está enamorado de otra mujer. La trae a nuestra casa, a lo que se supone que es nuestra habitación y nuestra cama. Me dijo desde el principio que yo no significaba nada para él, que era una simple desconocida y que seguiría siéndolo. Me ignoró durante años y alardeaba de su relación cursi con Melissa cada vez que yo estaba cerca. Incluso tenía que cocinar para los dos cuando ella se quedaba, porque no podía dejar que se murieran de hambre…
Hice una pausa para tomar aire.
—Me utilizaban, pero me negué a que me maltrataran. No puedo entregarme a él. No lo quiero y él no se preocupa por mí en absoluto. Se olvida de mi cumpleaños, apenas me da los buenos días y las buenas noches… No puedo estar con él. Quiero el divorcio.
Lloré en el pecho de Fernando mientras él me abrazaba con fuerza e intentaba consolarme.
—Mi hermano es un idiota. No sabe lo maravillosa que eres y algún día se arrepentirá de haberte perdido —dijo Fernando, intentando tranquilizarme.
—Quiero escapar —le supliqué.
—Mi madre hizo prometer a los guardias que te vigilarían a ti y a George —admitió Fernando con voz quebrada.
Eso hizo que mis lágrimas cayeran con más fuerza. Estaba literalmente encarcelada y vigilada.
—Si pido el divorcio, ¿George perderá nuestra parte de la empresa? —pregunté en voz baja mientras intentaba silenciar mis sollozos.
—Todas nuestras acciones y el trabajo de nuestro padre desaparecerán. Todo irá a parar a manos del señor Hanzel y por eso mi madre no dejará que eso ocurra.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Intenté hablar con ella, pero está convencida de que él venderá la empresa o la llevará a la ruina. Esa empresa y esta mansión es todo lo que nos queda de nuestro padre. Mi madre considera la empresa como su primogénito. Ella estuvo allí cuando nuestros padres la construyeron. Ama ese lugar y por eso está siendo tan cruel contigo.
Mientras bajábamos las escaleras hacia el comedor, mi estómago rugió de hambre; me había saltado el desayuno y el almuerzo.
—¿No podemos conseguir que Melissa le dé un heredero? —pregunté mientras me sentaba. Nando se sentó a mi lado.
—Melissa no ganaría ni un kilo más en toda su vida, y mucho menos daría a luz a un niño. No entiendo cómo George se enamoró de ella, pero mi madre y yo vemos cómo es realmente. Por cierto, a mi madre le gustas mucho más.— Lo anunció alegremente y no pude evitar dudar.
—Es porque le di un riñón.
Lo desaprobé con la mirada y Nando, como siempre, cogió mi plato de ensalada para quitarle los guisantes.
—No, lo digo en serio —me aseguró.
—Entonces es porque nunca delaté la aventura extramatrimonial de tu hermano a la prensa —respondí.
—No, otra vez no. Dice que le recuerdas un poco a su antigua mejor amiga, la tía Flavia. Era la mujer más amable del mundo, una persona tan buena como tú.
Nando bromeó mientras se llenaba la boca con una cucharada de guisantes.
—Detesto los guisantes—, declaré, y Nando asintió con una amplia sonrisa y un gesto tonto.
—Lo sé—, respondió, y luego tomó otra cuchara, la llenó de ensalada y comenzó a darme de comer como a una niña.
—Puedo comer sola—. Quise quitarle la cuchara de la mano, pero él siguió bromeando y jugando conmigo, alejándose de mi alcance.
—Dale la cuchara. Ya tiene edad suficiente para comer sola—. El comentario me puso tensa de inmediato, ya que acabó con el ambiente juguetón que Nando había creado.
—Necesita que alguien la cuide. Así que, cuando tú, su marido, no le prestes atención, lo haré yo—, respondió Fernando con seriedad y su mirada se volvió tan dura como la de George. George parecía más enfadado de lo habitual y un poco cansado. Sus ojos parecían preocupados e inquietos.
Apretó los puños y sus nudillos se pusieron blancos como la nieve.
—A mí me parece que está bien, que no necesita tu cuidado ni el de nadie más. Yo, por otro lado, tengo derecho a ir donde quiera, cuando quiera, y estar con las personas que amo. ¿No es ya bastante malo que me hayan obligado a casarme con una chica llorona, egoísta e inútil?—, preguntó George con rencor, y mis ojos se llenaron de lágrimas una vez más y perdí el apetito.
—Yo tampoco estoy felizmente casada con un príncipe azul—, murmuré, pero lo suficientemente alto como para que ambos hombres me oyeran, y luego me levanté y empecé a caminar de vuelta a la habitación de George, dejando atrás a un furioso Fernando que seguía diciéndole a George lo estúpido que era, que yo no había comido nada en todo el día, que tarde o temprano se arrepentiría de esto y que su madre lo mataría si me pasaba algo malo. Ahogada en la miseria mientras los últimos dos años se repetían en mi mente, cerré la puerta y la bloqueé detrás de mí, sin ganas ni fuerzas para volver a verlo hoy.