GEORGE
Después de enterarme de la estúpida cláusula, tuve que huir de mi casa, de mi madre y de mi esposa forzada y no deseada. Conduje como un loco, sin importarme el límite de velocidad, los coches que tenía al lado o incluso los semáforos en rojo. No paré hasta llegar a mi destino, la casa de mi verdadero amor, la casa de Melissa. Le di besos hambrientos y necesitados en los labios en cuanto abrió la puerta. Ella me recibió con la misma pasión, pero después de un intenso beso, dejó de preguntarme por mi repentina visita y mi evidente enfado.
Le conté lo de la cláusula y le rogué que no se enfadara. Caminó de un lado a otro cien veces y luego sus ojos brillaron cuando su mano alcanzó el jarrón de cristal. Lo agarró con fuerza y lo lanzó contra la pared cerca del sofá donde yo estaba sentado. Los cristales volaron por todas partes mientras ella maldecía a mi madre y a Lorena. El temperamento de Melissa es tan malo y salvaje como el de algunos personajes de dibujos animados. Se vuelve cruel y de su boca solo salen palabrotas sin fin. ¿Quién puede culparla, después de todo, si la clasifican como la amante de un hombre casado, mientras que yo me enamoré de ella antes de conocer a Lorena?
Pasé horas tranquilizando a Melissa y prometiéndole que un hijo con Lorena no significaría nada. Al igual que su madre, ese futuro hijo seguiría siendo indeseado e ignorado. Melissa dudaba de mis palabras, pero yo seguí prometiéndole que me divorciaría de Lorena lo antes posible. Incluso le prometí que me haría cargo de la custodia de mi futuro hijo y que lo criaría con ella. Sé que puede parecer egoísta o una locura, pero tenía que hacer cualquier cosa para callar a Melissa y detener sus locas rabietas.
—Lorena, abre la puerta—. Grité enfadado por enésima vez después de que ella se encerrara obstinadamente en mi habitación.
—Lorena, vamos—, le dije en voz baja.
—Ena, por favor, tienes que bajar o mi madre no me dejará comer tampoco—, le supliqué, esta vez con más educación.
—Lorena para ti—, gritó claramente, todavía enfadada conmigo, pero su respuesta me hizo sonreír. Al menos ahora me respondía.
—Fernando te llama Ena, así que pensé que yo también podía...—, le expliqué.
—Nando es mi mejor amigo, pero tú eres un simple desconocido, y además grosero—, replicó ella.
—Bueno, este desconocido grosero tiene hambre—, le supliqué de nuevo, porque ya me había saltado el almuerzo.
—Entonces ve a comer con Melissa o pide comida para llevar. ¿No te casaste conmigo para quedarte con mi dinero? Pues ve y úsalo... —, me gruñó Lorena.
—Mi madre no me permite hacer nada de eso. Dice que su hija también debe comer o, de lo contrario, quien la haya enfadado tampoco podrá comer—, le expliqué y me senté en el suelo, de espaldas a la puerta, mientras apoyaba la cabeza en las manos.
—Pues un día sin comer no te matará y yo no soy su hija. Para ella soy una máquina. Quiere utilizarme como un robot. Si tuviera la capa de invisibilidad de Harry, habría huido en cuanto anunció la cláusula—. Lorena se quejó como una niña, pero no podía culparla. ¿Por qué iba a llevar a un niño en su vientre durante nueve meses sin enamorarse?
—Deberías dejar de ver películas tontas con Fernando—, le comenté sonriendo ante su infantil deseo.
—¿Por qué? ¿Debería ver solo películas para chicas como Melissa?—, replicó, y oí sus ligeros pasos acercándose a la puerta.
—Yo también las detesto—, comenté con sinceridad.
—No conoces Harry Potter ni las ocho películas, así que no las juzgues—, argumentó Lorena con pasión, defendiendo la película.
—¿Qué te gusta de ellas?—, pregunté, sin entender cómo una veinteañera podía amar unas películas tan tontas e inverosímiles.
—Su mundo es mágico, lleno de aventuras, colores y misterios. Cuando ves una película, pasas por todas las emociones posibles, conmoción, tristeza, amor y todo lo demás. Podría defender esas ocho películas durante días, lo único que no me gusta es el final—, comentó mientras sus pasos se detenían cerca de la puerta y la oí respirar profundamente, luego se hizo el silencio y no me gustó, porque era divertido oírla defender esas tonterías.
—¿Por qué?—, le pregunté, esperando que siguiera hablando de cualquier cosa.
—¿Por qué te importa?—, espetó con voz más alta mientras se detenía frente a la puerta.
—Solo por curiosidad—, le respondí con sinceridad.
—El final no cumplió mis expectativas. Quería que Harry descubriera sus sentimientos por Hermione. En mi opinión, encajan perfectamente. Él es amable y aventurero. Ella es impulsiva e inteligente. Se apoyan mutuamente, uno al lado del otro, hasta el final. Ella es su media naranja, pero supongo que las chicas guapas lo ganan todo. Ginny está bien, pero no es Hermione. Ron también es agradable, pero no es Harry. Es demasiado tonto, demasiado miedoso y todo para ser la media naranja de Hermione—, explicó y, sin previo aviso, abrió la puerta, sorprendiéndome.
—Ron se parece a Fernando—, comenté con una sonrisa mientras la miraba y mis ojos esmeralda se encontraron de nuevo con los suyos azules.
—Bajaré a comer, pero a partir de ahora me quedaré con la cama—, Anunció con firmeza y yo seguí contemplando sus rasgos mientras sopesaba mis opciones. La mujer que no dejaba de mirarme parecía mucho más joven que mi Melissa. Melissa tenía un aspecto elegante, pero Lorena, con sus rasgos sencillos y naturales, parecía joven y bonita. Tenía unos brillantes ojos esmeralda y el pelo n***o corto que le llegaba justo por debajo de las orejas. Aunque Melissa también tenía una figura de modelo, Lorena parecía sana y bien proporcionada.
—¿Qué pasó con eso de que nunca volverías a poner un pie junto a tu cama?—, le recordé burlonamente, recordándole sus propias palabras.
—Tu sofá es horrible. Es duro como una piedra y nada cómodo. Culpa a quien te lo compró—, explicó con una leve sonrisa.
—Melissa lo eligió—, la defendí.
—Eso explica su aspecto extravagante y su mala calidad—. Lorena respondió mientras encontraba la manera de escapar de mi mirada y mi figura sentada y comenzaba a caminar hacia las escaleras.
—Oye, eso es grosero—, le grité.
—Bueno, tú no fuiste educado antes y yo solo estoy siendo sincera—, declaró y bajó las escaleras dejándome pensando en lo desastrosa que es mi vida y lo hambriento que estoy... Tengo que ir a comer con mi esposa no deseada.