LORENA —Lorena, has salido de esa habitación—. Mi suegra se dio cuenta cuando bajé las escaleras. —Sí—, respondí lacónicamente. —Tu cena y la de George están en la cocina. Puedes pedirle a una de las criadas que las caliente—, anunció la anciana mientras se dirigía a su habitación. —Puedo hacerlo sola—, informé con cierta malicia. —Es preferible que despiertes a una de las criadas porque George tiene un gusto específico por la comida—, ordenó con cierta severidad. —Me he dado cuenta. No es muy fan de las verduras. Odia el maíz y el brócoli. Actúa como un niño y los empuja al borde del plato. Cociné para él durante dos años, así que conozco perfectamente sus gustos—, respondí, pero la reacción de mi suegra me sorprendió. No se mostró sorprendida en absoluto. No se quedó estupefacta. N

