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La Hija Desterrada: Entre el Odio y el Deseo del CEO

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Mía Mendoza descubrió que el amor tenía un aroma a sándalo y un sabor a traición. Ian Sandoval, el chico que juró protegerla, fue el mismo que la condenó al exilio, llamándola "basura ambiciosa" frente al mundo tras una trampa magistral de su propia hermana, Valeria.

Cinco años después, Mía ha vuelto. Pero ya no es la sombra que se escondía en los pasillos de la mansión. Es una mujer de hielo, exitosa y libre, con una vida perfecta en Londres y un hombre que la ama de verdad. Su plan es simple: firmar, vender y desaparecer.

Sin embargo, Ian Sandoval no acepta despedidas. Atrapado en un compromiso matrimonial de mentiras y devorado por un deseo que el odio no logró apagar, Ian está decidido a reclamar lo que considera suyo. Si Mía no vuelve por amor, él la obligará a volver por poder. Diamantes, chantajes y una obsesión que roza la locura: Ian no busca su perdón, busca su rendición absoluta.

¿Podrá Mía escapar de la jaula de oro que Ian ha construido para ella, o sucumbirá al fuego que casi la destruye una vez?

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CAPÍTULO 1: La sombra de la perfección
En la mansión de los Mendoza, el aire siempre parecía estar contado. Cada respiración debía ser elegante, cada sonrisa perfectamente ensayada y cada movimiento digno de aparecer en la portada de una revista. Para mis padres, la vida no era algo que se viviera; era una exhibición constante. Y en esa exhibición, Valeria era la estrella principal. Mi hermana gemela. La hija perfecta. La favorita. Nacimos con apenas cinco minutos de diferencia, pero esos cinco minutos fueron suficientes para condenarme a vivir detrás de ella. A nuestros dieciocho años, Valeria brillaba con una intensidad peligrosa. Era hermosa de una manera casi irreal: cabello rubio cenizo, ojos claros y una sonrisa capaz de convencer al mundo entero de que era un ángel. Yo, en cambio, era la sombra pegada a sus talones. —Mía, deja de encorvarte —dijo mi madre durante la cena, con ese tono frío que siempre lograba hacerme sentir pequeña—. Pareces invisible al lado de tu hermana. Valeria soltó una risa suave mientras dejaba la copa sobre la mesa. —Tal vez porque le gusta ser invisible, mamá —comentó con falsa dulzura—. ¿Verdad, melliza? No respondí. Nunca lo hacía. Porque en esa casa nadie escuchaba realmente lo que yo tenía para decir. Bajé la mirada hacia el plato intacto frente a mí mientras mi padre seguía hablando sobre la gala benéfica del fin de semana… una gala organizada únicamente para presentar oficialmente a Valeria ante la alta sociedad. Como si fuera una reina. Como si yo ni siquiera existiera. Cuando terminé de soportar la cena, escapé al jardín. El frío de la noche golpeó mi rostro apenas crucé las puertas de cristal. Respiré profundo. Afuera al menos podía pensar sin sentirme observada. Me senté en el viejo columpio bajo el roble y cerré los ojos. —Sabía que te encontraría aquí. Mi corazón reaccionó antes que mi mente. Abrí los ojos de golpe. Ian Sandoval caminaba hacia mí con las manos en los bolsillos y esa sonrisa tranquila que siempre lograba desarmarme. La luz de la luna iluminaba parcialmente su rostro, resaltando sus ojos oscuros y esa expresión segura que hacía que todo el mundo girara a mirarlo cuando entraba en una habitación. Ian era el chico que todas querían. El hijo del empresario más poderoso de la ciudad. El sueño imposible de media escuela. Y aun así… estaba aquí conmigo. —Ian… ¿no se supone que deberías estar en la gala con tus padres? —pregunté intentando ocultar mi sonrisa. —¿Y perderme la oportunidad de verte? Ni loco. Mi respiración se trabó un segundo. Él se acercó hasta quedar frente a mí y apoyó una mano en la cuerda del columpio. —Además —añadió inclinándose un poco hacia mí—, esas fiestas son aburridas. Todos hablan del dinero de los demás como si fuera un deporte olímpico. Solté una pequeña risa. Ian sonrió satisfecho, como si ese sonido fuera exactamente lo que estaba buscando. —Ahí está —murmuró—. Me gusta más cuando sonríes. Sentí calor subir por mis mejillas. —Tu hermana me odia cada vez más, ¿lo sabes? —dije intentando cambiar el tema. Ian levantó una ceja. —Valeria odia todo lo que no puede controlar. —Y tú definitivamente no entras en sus planes. —Porque no me interesa jugar su juego. Sus ojos volvieron a fijarse en mí. Intensos. Directos. Demasiado peligrosos. El columpio se movió suavemente cuando él apoyó ambas manos a los lados de mis piernas, atrapándome sin tocarme realmente. —Mía… mírame. Lo hice. Y desearía no haberlo hecho. Porque había algo en sus ojos esa noche que nunca había visto antes. Algo más profundo. Más íntimo. —¿Sabes qué es lo que más me molesta de esta casa? —preguntó en voz baja. Negué lentamente. —Que todos actúan como si Valeria fuera lo más valioso que existe… cuando la persona más especial siempre fuiste tú. Mi corazón se detuvo. —Ian… —No. Déjame hablar hoy a mí —sonrió apenas—. Estoy cansado de que te escondas detrás de ella. Estoy cansado de que no veas lo increíble que eres. Su mano rozó la mía. Ese simple contacto bastó para incendiarme por dentro. —Tú escuchas de verdad, Mía. Tú sientes de verdad. Cuando hablo contigo no tengo que fingir ser alguien perfecto. Contigo puedo respirar. No supe qué responder. Porque nadie nunca me había mirado así. Como si realmente importara. Como si fuera suficiente. Ian entrelazó sus dedos con los míos lentamente. —Eres la mujer más especial que he conocido. Sentí un nudo formarse en mi garganta. Y antes de poder detenerme, confesé lo que llevaba años escondiendo. —Yo también te quiero, Ian. El silencio entre nosotros se volvió eléctrico. Él sonrió despacio, como si llevara demasiado tiempo esperando escuchar esas palabras. —Por fin lo admites. Solté una risa nerviosa. —No te emociones demasiado. —Imposible no hacerlo cuando la chica que me gusta acaba de decirme que me quiere. Mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que él podía escucharlo. Porque esa era nuestra dinámica. Éramos “amigos”. Pero nunca actuábamos realmente como amigos. Siempre había miradas demasiado largas. Manos que tardaban demasiado en soltarse. Celos disfrazados de bromas. Y sentimientos escondidos detrás de conversaciones aparentemente inocentes. Ian se levantó y me ofreció su mano. —Ven conmigo. —¿A dónde? —A cualquier lugar donde no tengas que sentirte menos que nadie. Tomé su mano sin pensarlo. Y justo antes de subir a su auto, levanté la vista hacia la mansión. Valeria estaba en el balcón. Observándonos. Sus ojos brillaban llenos de rabia. Porque podía soportar compartir conmigo el apellido, la casa e incluso la atención de nuestros padres. Pero jamás soportaría perder a Ian Sandoval. Y en ese instante entendí algo peligroso. Ian nunca había sido solo mi refugio. También era el principio de la guerra entre mi hermana y yo. No tenía idea de que esa misma noche, la confianza que compartíamos se convertiría en la semilla de mi destrucción. No sabía que el secreto que estaba a punto de confiarme en el mirador sería la soga con la que Valeria nos ahorcaría a ambos.

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