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Caperucita Roja cautivada por el lobo Feroz

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Blurb

Una leyenda olvidada.

Un lazo imposible.

Un destino que trasciende la muerte.

En una aldea rodeada de bosques ancestrales, nace la historia de una joven marcada por la luna… y por una profecía que podría unir —o destruir— a dos mundos.

Caperucita no es una simple doncella. Es la pieza clave de un destino escrito en sangre y plata: el lazo que unirá a una omega humana con el rey alfa de los lobos. Un vínculo tan poderoso que podría traer la paz… o condenar a ambos pueblos a un milenio de guerra.

Pero esta historia no termina en el bosque.

En el mundo real, Cinthia descubre un antiguo libro que narra esa misma leyenda… una historia demasiado oscura, demasiado intensa, demasiado real. Antes de poder terminarla, un accidente cambia su destino para siempre.

Y cuando la luna la reclama…

la historia deja de ser ficción.

Romance prohibido, destino inevitable, reencarnación y una conexión que desafía la razón.

Porque algunas historias no se leen… se viven.

Y algunas almas… están destinadas a encontrarse, sin importar en qué mundo nazcan.

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Capítulo 1: La Leyenda del Lazo de Plata
Érase una vez, en una aldea alejada de la capital y rodeada de bosques ancestrales, vivía una joven conocida como Caperucita. No era una niña. Era una doncella de cabellos oscuros y ojos claros, y su capa roja —regalo de su abuela moribunda— la hacía inconfundible entre los aldeanos. Decían que ese rojo intenso había sido teñido con hierbas sagradas, aquellas que solo crecían bajo la luz de la luna llena. Su pueblo, formado por cazadores cuyas familias llevaban generaciones rastreando las sombras del bosque, contaba leyendas sobre criaturas que cambiaban de forma bajo la luna. Historias de hombres que no eran completamente hombres, ni lobos comunes, sino bestias bendecidas, o malditas, por la diosa lunar que gobernaba la noche. Entre esas historias había una que todos repetían en voz baja, solo cuando las puertas estaban cerradas y el fuego crepitaba en las chimeneas: *La Leyenda del Lazo de Plata.* Decía que cuando el mundo estuviera al borde de una guerra eterna, cuando la sangre de lobos y humanos hubiera teñido la tierra durante tres generaciones, la luna enviaría a una hembra omega nacida entre humanos para unirse al rey alfa de los lobos. Su unión forjaría un vínculo tan poderoso que las dos razas vivirían en paz bajo un mismo cielo. Pero también advertía que si el lazo se rompía antes de consumarse, ambos pueblos quedarían condenados a un milenio de sangre, y la luna lloraría en rojo cada noche hasta que no quedara nadie para contarlo. En esa aldea, sin embargo, ningún lobo osaba acercarse. Los cazadores mantenían las fronteras con trampas de plata y antorchas impregnadas en acónito. O eso creían. Una tarde de otoño, cuando las hojas comenzaban a teñirse de oro y carmesí, un mensajero llegó con una carta urgente para la madre de Caperucita. La abuela, que vivía en el pueblo vecino al otro lado del bosque, había enfermado gravemente. Los rumores decían que era la misma enfermedad que había matado al abuelo: una fiebre que consumía desde dentro, dejando solo cenizas en lugar de recuerdos. Sin dudarlo, la joven se ofreció a cuidarla. Empacó hierbas medicinales, pan recién horneado y vino tibio en una cesta de mimbre, y partió al amanecer siguiendo el camino que todos conocían: el sendero de piedras blancas que bordeaba el río. Pero el bosque es un lugar vivo… y traicionero. Un ciervo herido cruzó su camino, sangrando y cojeando. Sin pensar, Caperucita lo siguió, creyendo que podría ayudarlo. El animal la guió más y más adentro, hasta que las piedras blancas desaparecieron bajo la maleza y los árboles se cerraron sobre su cabeza. Cuando se dio cuenta del error, ya era demasiado tarde. El sol comenzó a ocultarse. Las sombras crecían, y la quietud del aire se rompía solo con el ulular lejano de las aves nocturnas. El bosque respiraba a su alrededor, un murmullo constante de vida oculta. Entonces lo oyó. Un aullido. Profundo. Prolongado. Cargado de autoridad. El crujir de hojas bajo unas patas pesadas la obligó a girar. Entre la penumbra del crepúsculo, un enorme lobo de pelaje n***o se alzó frente a ella. Era más grande que cualquier animal que hubiera visto: sus hombros le llegaban a la cintura, y sus ojos ámbar brillaban con un fulgor que no era del todo animal. Caperucita retrocedió, con el corazón golpeándole el pecho y las manos temblando. Antes de que pudiera huir, el lobo comenzó a cambiar. Su cuerpo se alargó. Los huesos crujieron. La piel sustituyó al pelaje. En cuestión de segundos, donde había una bestia, ahora había un hombre. Alto. Musculoso. Desnudo. Con el mismo brillo fiero en la mirada. Tatuajes tribales recorrían su pecho y brazos, marcas de batallas y juramentos. Su cabello n***o caía desordenado sobre sus hombros, y una cicatriz cruzaba su ceja izquierda. Sus ojos eran dorados, intensos, y no se apartaban de ella. —Pareja… —murmuró con voz grave, rasposa. Ella cerró los ojos, segura de que la atacaría. Pero en lugar de sentir dientes, sintió un roce cálido contra su cuello. El hombre se inclinó y la olfateó lentamente, aspirando su aroma. Su respiración era profunda, casi desesperada. —Eres… una omega —susurró, con la voz quebrada por algo que se parecía a la incredulidad. Caperucita no entendía nada. No sabía qué significaba esa palabra, ni por qué el hombre temblaba mientras inhalaba su olor. Solo sabía que algo dentro de ella respondía a su cercanía: un calor extraño le recorría las venas y le nublaba el pensamiento. No sabía que para él, ella no era una simple muchacha perdida en el bosque. La luna se la había entregado. Y él era un alfa. Un rey entre lobos. Un depredador que no estaba dispuesto a dejarla ir. **** [Realidad] El sonido de una página al pasar rompió el silencio de la biblioteca. La joven estaba sentada en una mesa junto a la ventana, rodeada de torres de libros polvorientos y el olor a papel envejecido. Afuera, la tarde había comenzado a caer, y una tenue luz anaranjada se colaba entre los cristales empañados por la llovizna. No se dio cuenta de cuánto tiempo había pasado desde que abrió aquel libro. Lo había elegido por pura nostalgia: en la portada, un grabado antiguo mostraba a una niña con una cesta y un lobo bajo un título en letras góticas que rezaba "Caperucita Roja y el Rey de la Luna Roja." Lo que encontró en sus páginas estaba lejos del cuento infantil que recordaba. El relato era oscuro, cargado de tensión y romance prohibido, con detalles que jamás habrían aparecido en una versión para niños. Había política entre manadas, traiciones sangrientas, y una profecía que amenazaba con destruir dos mundos. Se había dicho a sí misma que solo leería unas cuantas páginas durante el descanso del trabajo. Pasaron las horas sin que se levantara. Su teléfono vibró varias veces con mensajes de Samuel, su ex, que aún no entendía el significado de "ex", pero los ignoró todos. Cuando la luz se volvió más tenue y la biblioteca quedó casi vacía, alzó la vista. El reloj de pared marcaba las nueve menos diez. La bibliotecaria anciana ya estaba apagando luces en el piso superior. Cinthia cerró el libro lentamente. —Qué cliché —murmuró con una sonrisa ladeada, mientras devolvía el libro a su lugar en una estantería alta—. Una omega humana uniéndose a un rey alfa. El destino que llega sin pedirlo. Acarició el lomo del libro con la punta de los dedos antes de apartarse. Había algo en la historia que le había calado más de lo que quería admitir. Tal vez era la idea del destino inevitable. O tal vez solo necesitaba creer que en algún lugar, alguien estaba destinado a alguien más. A diferencia de ella y Samuel. Ese había sido un error que ella misma había elegido. La puerta principal de la biblioteca se cerró tras ella con un chirrido metálico. El frío de la noche la envolvió. La lluvia era fina pero constante y le empapó la chaqueta en minutos. Se ajustó la bufanda roja —regalo de su abuela antes de morir— y apretó la mochila contra su pecho mientras avanzaba por la acera desierta. Las calles estaban casi vacías, iluminadas por farolas que parpadeaban. A lo lejos, el murmullo de un motor rompió el silencio. Pensó en la leyenda del libro: el lazo que uniría a lobos y humanos. En cómo la protagonista era arrastrada hacia un destino que no entendía ni pedía. Se dijo que todo era fantasía, pero una parte de ella deseó que algo así pudiera ser real. Que alguien la mirara y dijera *pareja* con esa certeza absoluta. El motor se hizo más fuerte detrás de ella. Una curva demasiado cerrada. Luces cegadoras. Demasiado rápido. No hubo tiempo para gritar. Un chirrido de frenos rasgó la noche. Un golpe seco. Su cuerpo golpeó el pavimento con violencia brutal. El mundo se volvió un borrón de luces y sombras. La lluvia le golpeaba el rostro, fría y punzante. Intentó respirar, pero el aire se le escapaba entrecortado, burbujeando en la garganta. El sabor metálico de la sangre se mezcló con el de la lluvia. Escuchó gritos lejanos. Pasos corriendo. Alguien llorando. Las farolas se convirtieron en halos difusos sobre su cabeza. Y entonces la vio. La luna. Llena, inmensa, colgando en un cielo de nubes desgarradas. Plateada, inmóvil, la miraba desde arriba. Una calidez extraña empezó a recorrerle las venas, reemplazando por un instante el dolor que le desgarraba el cuerpo. Algo tiraba de ella hacia arriba, hacia esa luz. Escuchó una voz grave y masculina susurrarle una palabra que no comprendió, pero que su cuerpo reconoció. *Pareja…* El frío volvió, más intenso. Sus párpados pesaron. Todo se volvió n***o. Y luego, nada.

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