XIII La puerta hizo un ruido horrendo a bisagra oxidada en el momento en que Sebastian la cerró, como si fuese parte de una película de terror. No era un lugar muy propicio para hablar, estaba oscuro y olía algo mal al encontrarse los botes de basura tan cerca. Al final, unos metros más allá, se veía la salida total a la calle. Él dio unos pasos adelante, para dar la espalda a Sarah, de la que solo podía escuchar sollozos muy pequeños, dolorosos. —Qué diablos haces aquí… no me hablas en semanas y te apareces de la nada para meterte en algo que no te debe importar. —Claro que me importa —susurró haciendo lo posible por no echarse a llorar—. Yo no quiero que estés con otra, yo no quiero que me dejes… Para Sebastian, esas palabras fueron solo un catalizador de ira que se empezaba a acumul

