XI Su rostro permanecía pegado a la fría pared, aunque ella estaba en llamas, sostenida su cabeza por la enorme mano de Sebastian que empujaba dentro de su cuerpo con todas las fuerzas que tenía en su ser, mismo momento en que arriba se escuchaba la música y las risas de las personas. El vestido de la dama estaba por encima de su cintura, el corpiño debajo de sus senos, su vida al aire, contenida solo por ese hombre que era una obsesión, un demente que le robaba la paz de su cuerpo. Ella ya no tenía control de este, todo le pertenecía a este zorro que de verdad era un ladrón. Le usurpaba toda su esencia y a Sarah le encantaba. —¡Ah! ¡Más! —gemía ella, sin entender siquiera lo muy duro que la estaban embistiendo. Estaba a muy poco de que el corazón se le detuviera. El joven heredero le d

