Juego de Poder

1234 Words
(POV Gustavo) Me recliné en mi silla, observando los gráficos proyectados en la pantalla, pero mi mente estaba en otro lugar. Catalina Vélez, con esa mezcla de altanería y descaro que siempre lograba irritarme y encenderme al mismo tiempo, no dejaba de rondar mis pensamientos. —Gustavo, ¿estás escuchando? —la voz de Federico Torres, mi vicepresidente y amigo de confianza, me sacó del ensueño—. Te pregunté si aprobarías el plan de expansión para el próximo trimestre. —Claro, claro… —dije, sacudiendo la cabeza—. Sí, apruébalo. Todo está bien. Federico me lanzó una mirada que decía claramente “otra vez estás en las nubes, idiota”, y sonreí. Él me conoce demasiado bien. La verdad es que no podía dejar de pensar en Catalina, la altanera asistente que parecía tener el descaro de hablarme como si fuera su madre, pero al mismo tiempo era eficiente hasta el extremo. Lo peor… o mejor, según se vea, es que me gustaba. Esa combinación de arrogancia profesional con pequeños destellos de carácter desafiante era casi irresistible. —¿Qué demonios tiene esa mujer? —murmuré para mí mismo, mientras daba un sorbo a mi café—. Y lo peor es que ni siquiera lo sabe… ni sospecha que me provoca. Federico soltó una risa baja. —No me digas que estás pensando otra vez en la asistente —dijo, con una sonrisa burlona—. Vamos, Gus… ya sabes que ella no es tu tipo de diversión de la oficina. —No es diversión —repuse, levantando una ceja—. Es… algo distinto. Algo que me hace querer mantener el control sin perder la cabeza. Federico se rió y volvió a enfocarse en la pantalla. Sabía que no podía convencerme de cambiar mi estilo de vida. Mujeriego, seguro de mí mismo, dominante… y no tenía intención de dejarlo. Pero algo en Catalina hacía que incluso yo me cuestionara algunas cosas. —Bueno, al menos mientras hablamos de negocios, Ricardo Salcedo no aparecerá —dijo Federico, inclinándose hacia mí—. Aunque ya sabes cómo es, ese tipo vive para arruinarnos la vida. Justo en ese momento, apareció la notificación de un correo urgente: Ricardo Salcedo había lanzado un movimiento inesperado contra Márquez Corporación. Mi ceño se frunció. Ese tipo no descansaba nunca; si podía hacer que perdiera un cliente o un contrato, lo haría sin dudar. —Perfecto —dije, con una sonrisa que no era amigable en absoluto—. Ricardo nunca duerme, pero tampoco lo hago yo. Federico, prepara todo para responder a este ataque. Necesito estar listo para aplastarlo antes de que siquiera piense que tiene ventaja. —Como digas, jefe —dijo Federico, relajándose con un gesto confiado. Me conocía demasiado bien para cuestionarme demasiado. Mientras él se ocupaba de los detalles, me recosté en mi silla y pensé de nuevo en Catalina. La manera en que me miraba, el leve rubor que aparecía cuando me enfrentaba… era absurdo, pero no podía negarlo. Ella me desafiaba, y eso, de alguna manera, me gustaba más que cualquier conquista pasajera. —Idiota… —susurré para mí mismo—. No puedo dejar que nadie se acerque demasiado, ni siquiera tú, Vélez. Federico volvió y me dio un codazo amistoso. —¿Qué? —pregunté, fingiendo indiferencia. —Nada, solo recordándote que tienes una reunión con la junta directiva en media hora. Y que tu asistente altanera… —hizo una pausa, sonriendo—. Sí, esa que no deja de molestarte, todavía está esperando tus órdenes de mañana. Solté un suspiro exagerado. Federico sabía cómo jugar conmigo, y yo no podía negarlo: Catalina tenía mi atención, y eso no era normal. No me gustaba que alguien me hiciera pensar tanto sin siquiera proponérselo. —Déjala esperar un poco —dije, divertido y un poco travieso—. Que aprenda a no hablarme como si yo fuera un idiota sin límites. Federico rió a carcajadas. —Siempre el mismo, Gus. Siempre el mismo. Mientras él volvía a sus tareas, revisé los planes de acción contra Ricardo y me preparé mentalmente para la batalla empresarial que se avecinaba. Pero incluso entre estrategias, contratos y movimientos de mercado, Catalina seguía en mi cabeza, recordándome que incluso un hombre como yo podía perder la paciencia… y tal vez, algo más. Porque lo sabía: mantener mi estilo de vida mujeriego y arrogante era fácil. Lo difícil… era ignorar la chispa que alguien como Catalina podía encender sin proponérselo. —Señor Márquez —dijo, firme y directa—. Revisé los contratos y tengo algunas sugerencias para responder a Salcedo. Si me permite… La miré de arriba abajo y sonreí con esa arrogancia que siempre sacaba lo mejor de ella y lo peor de mí. —Catalina… ¿acaso no sabes que los adultos discutimos negocios sin que la asistente tenga que interrumpir? —dije, con tono burlón, aunque en el fondo estaba intrigado por su seguridad—. —No interrumpo, señor Márquez —respondió, altanera, sin un ápice de miedo—. Solo hago mi trabajo, y parece que alguien tiene problemas para reconocerlo. Solté una risa baja y divertida. La manera en que me hablaba, como si tuviera derecho a regañarme, era irresistible y exasperante al mismo tiempo. —Está bien, Cata —dije, caminando hacia mi escritorio—. Muéstrame qué tienes. Pero recuerda… aquí mando yo. Ella dejó la agenda sobre la mesa y comenzó a explicarme cada detalle, cada cláusula que podría protegernos de la ofensiva de Ricardo. Federico observaba con una mezcla de diversión y admiración, sabiendo que Catalina y yo teníamos un juego propio, lleno de tensión y descaro. Mientras hablaba, no pude evitar pensar en cómo su altanería y eficiencia me desarmaban. La manera en que me miraba, firme pero concentrada, provocaba una mezcla extraña de respeto y deseo que no estaba dispuesto a admitir. —Así que… —le dije, inclinándome un poco hacia ella mientras revisaba los documentos—. ¿Crees que estas correcciones bastarán para que Salcedo no nos arruine el día? —No lo sé —dijo, con un pequeño gesto de frustración—. Dependerá de que actúen rápido y sin errores. Y por cierto… —levantó la mirada y me miró fijamente—. Si seguimos ignorando los problemas como lo hizo hasta ahora, probablemente él gane la primera ronda. Solté una carcajada, divertido y a la vez picante: —Me gusta cuando hablas así, Cata… me recuerdas que hasta yo puedo equivocarme. Ella me lanzó una mirada dura, pero sus labios temblaron ligeramente, como si estuviera conteniendo algo. Me encantaba cómo trataba de mantener la compostura frente a mí, y no podía negar que cada gesto suyo me provocaba. —Muy bien —dije, con una sonrisa traviesa—. Entonces vamos a aplastar a Salcedo y enseñarle que no se juega contra Gustavo Márquez… y que tampoco se ignora a Catalina Vélez. Federico soltó una risa baja. —Esto va a ser divertido —murmuró, mientras yo miraba a Catalina y sentía que tenía la combinación perfecta de audacia y eficiencia que podía poner en jaque incluso a alguien como Ricardo. En ese momento, supe que no solo íbamos a ganar esta batalla, sino que también disfrutaríamos cada segundo del juego… y que Catalina, por primera vez, estaba realmente en el centro de mi atención.
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