(POV Gustavo)
Me reclinĂ© en mi silla, observando los gráficos proyectados en la pantalla, pero mi mente estaba en otro lugar. Catalina VĂ©lez, con esa mezcla de altanerĂa y descaro que siempre lograba irritarme y encenderme al mismo tiempo, no dejaba de rondar mis pensamientos.
—Gustavo, Âżestás escuchando? —la voz de Federico Torres, mi vicepresidente y amigo de confianza, me sacĂł del ensueño—. Te preguntĂ© si aprobarĂas el plan de expansiĂłn para el prĂłximo trimestre.
—Claro, claro… —dije, sacudiendo la cabeza—. SĂ, apruĂ©balo. Todo está bien.
Federico me lanzĂł una mirada que decĂa claramente “otra vez estás en las nubes, idiota”, y sonreĂ. Él me conoce demasiado bien.
La verdad es que no podĂa dejar de pensar en Catalina, la altanera asistente que parecĂa tener el descaro de hablarme como si fuera su madre, pero al mismo tiempo era eficiente hasta el extremo. Lo peor… o mejor, segĂşn se vea, es que me gustaba. Esa combinaciĂłn de arrogancia profesional con pequeños destellos de carácter desafiante era casi irresistible.
—¿Qué demonios tiene esa mujer? —murmuré para mà mismo, mientras daba un sorbo a mi café—. Y lo peor es que ni siquiera lo sabe… ni sospecha que me provoca.
Federico soltĂł una risa baja.
—No me digas que estás pensando otra vez en la asistente —dijo, con una sonrisa burlona—. Vamos, Gus… ya sabes que ella no es tu tipo de diversión de la oficina.
—No es diversión —repuse, levantando una ceja—. Es… algo distinto. Algo que me hace querer mantener el control sin perder la cabeza.
Federico se riĂł y volviĂł a enfocarse en la pantalla. SabĂa que no podĂa convencerme de cambiar mi estilo de vida. Mujeriego, seguro de mĂ mismo, dominante… y no tenĂa intenciĂłn de dejarlo. Pero algo en Catalina hacĂa que incluso yo me cuestionara algunas cosas.
—Bueno, al menos mientras hablamos de negocios, Ricardo Salcedo no aparecerá —dijo Federico, inclinándose hacia mĂ—. Aunque ya sabes cĂłmo es, ese tipo vive para arruinarnos la vida.
Justo en ese momento, apareciĂł la notificaciĂłn de un correo urgente: Ricardo Salcedo habĂa lanzado un movimiento inesperado contra Márquez CorporaciĂłn. Mi ceño se frunciĂł. Ese tipo no descansaba nunca; si podĂa hacer que perdiera un cliente o un contrato, lo harĂa sin dudar.
—Perfecto —dije, con una sonrisa que no era amigable en absoluto—. Ricardo nunca duerme, pero tampoco lo hago yo. Federico, prepara todo para responder a este ataque. Necesito estar listo para aplastarlo antes de que siquiera piense que tiene ventaja.
—Como digas, jefe —dijo Federico, relajándose con un gesto confiado. Me conocĂa demasiado bien para cuestionarme demasiado.
Mientras Ă©l se ocupaba de los detalles, me recostĂ© en mi silla y pensĂ© de nuevo en Catalina. La manera en que me miraba, el leve rubor que aparecĂa cuando me enfrentaba… era absurdo, pero no podĂa negarlo. Ella me desafiaba, y eso, de alguna manera, me gustaba más que cualquier conquista pasajera.
—Idiota… —susurré para mà mismo—. No puedo dejar que nadie se acerque demasiado, ni siquiera tú, Vélez.
Federico volviĂł y me dio un codazo amistoso.
—¿Qué? —pregunté, fingiendo indiferencia.
—Nada, solo recordándote que tienes una reuniĂłn con la junta directiva en media hora. Y que tu asistente altanera… —hizo una pausa, sonriendo—. SĂ, esa que no deja de molestarte, todavĂa está esperando tus Ăłrdenes de mañana.
SoltĂ© un suspiro exagerado. Federico sabĂa cĂłmo jugar conmigo, y yo no podĂa negarlo: Catalina tenĂa mi atenciĂłn, y eso no era normal. No me gustaba que alguien me hiciera pensar tanto sin siquiera proponĂ©rselo.
—DĂ©jala esperar un poco —dije, divertido y un poco travieso—. Que aprenda a no hablarme como si yo fuera un idiota sin lĂmites.
Federico riĂł a carcajadas.
—Siempre el mismo, Gus. Siempre el mismo.
Mientras Ă©l volvĂa a sus tareas, revisĂ© los planes de acciĂłn contra Ricardo y me preparĂ© mentalmente para la batalla empresarial que se avecinaba. Pero incluso entre estrategias, contratos y movimientos de mercado, Catalina seguĂa en mi cabeza, recordándome que incluso un hombre como yo podĂa perder la paciencia… y tal vez, algo más.
Porque lo sabĂa: mantener mi estilo de vida mujeriego y arrogante era fácil. Lo difĂcil… era ignorar la chispa que alguien como Catalina podĂa encender sin proponĂ©rselo.
—Señor Márquez —dijo, firme y directa—. Revisé los contratos y tengo algunas sugerencias para responder a Salcedo. Si me permite…
La mirĂ© de arriba abajo y sonreĂ con esa arrogancia que siempre sacaba lo mejor de ella y lo peor de mĂ.
—Catalina… ¿acaso no sabes que los adultos discutimos negocios sin que la asistente tenga que interrumpir? —dije, con tono burlón, aunque en el fondo estaba intrigado por su seguridad—.
—No interrumpo, señor Márquez —respondió, altanera, sin un ápice de miedo—. Solo hago mi trabajo, y parece que alguien tiene problemas para reconocerlo.
Solté una risa baja y divertida. La manera en que me hablaba, como si tuviera derecho a regañarme, era irresistible y exasperante al mismo tiempo.
—Está bien, Cata —dije, caminando hacia mi escritorio—. Muéstrame qué tienes. Pero recuerda… aquà mando yo.
Ella dejĂł la agenda sobre la mesa y comenzĂł a explicarme cada detalle, cada cláusula que podrĂa protegernos de la ofensiva de Ricardo. Federico observaba con una mezcla de diversiĂłn y admiraciĂłn, sabiendo que Catalina y yo tenĂamos un juego propio, lleno de tensiĂłn y descaro.
Mientras hablaba, no pude evitar pensar en cĂłmo su altanerĂa y eficiencia me desarmaban. La manera en que me miraba, firme pero concentrada, provocaba una mezcla extraña de respeto y deseo que no estaba dispuesto a admitir.
—AsĂ que… —le dije, inclinándome un poco hacia ella mientras revisaba los documentos—. ÂżCrees que estas correcciones bastarán para que Salcedo no nos arruine el dĂa?
—No lo sé —dijo, con un pequeño gesto de frustración—. Dependerá de que actúen rápido y sin errores. Y por cierto… —levantó la mirada y me miró fijamente—. Si seguimos ignorando los problemas como lo hizo hasta ahora, probablemente él gane la primera ronda.
Solté una carcajada, divertido y a la vez picante:
—Me gusta cuando hablas asĂ, Cata… me recuerdas que hasta yo puedo equivocarme.
Ella me lanzĂł una mirada dura, pero sus labios temblaron ligeramente, como si estuviera conteniendo algo. Me encantaba cĂłmo trataba de mantener la compostura frente a mĂ, y no podĂa negar que cada gesto suyo me provocaba.
—Muy bien —dije, con una sonrisa traviesa—. Entonces vamos a aplastar a Salcedo y enseñarle que no se juega contra Gustavo Márquez… y que tampoco se ignora a Catalina Vélez.
Federico soltĂł una risa baja.
—Esto va a ser divertido —murmurĂł, mientras yo miraba a Catalina y sentĂa que tenĂa la combinaciĂłn perfecta de audacia y eficiencia que podĂa poner en jaque incluso a alguien como Ricardo.
En ese momento, supe que no solo Ăbamos a ganar esta batalla, sino que tambiĂ©n disfrutarĂamos cada segundo del juego… y que Catalina, por primera vez, estaba realmente en el centro de mi atenciĂłn.