La Asistente Atrevida
(POV Catalina)
Intenté concentrarme en los informes sobre mi escritorio, pero era imposible. Desde la oficina de Gustavo Márquez llegaban risas, suspiros… y gemidos que me hicieron tensar cada músculo. Mi corazón dio un vuelco y cerré los ojos, frustrada.
—Tres años… —me susurré, apretando los labios—. Tres años haciendo lo mismo, y nada cambia.
Él estaba allĂ, seguro, arrogante, con esos ojos verdes que parecĂan devorarme. Yo, atrapada detrás de mi escritorio, escuchando cada sonido que confirmaba lo descarado que podĂa ser. Lo habĂa amado en silencio desde el primer dĂa, y Ă©l… Ă©l ni siquiera sospechaba.
Cada risa, cada gesto, cada suspiro de esa mujer me recordaba mi lugar: solo su asistente. La que organizaba su mundo, la que le traĂa el cafĂ© perfecto, la agenda impecable, los documentos exactos. Siempre lista, siempre eficiente… invisible.
Me frotĂ© la sien, intentando ignorarlo, pero mi corazĂłn no obedecĂa. Él tenĂa la habilidad de afectarme incluso en momentos como este, incluso mientras estaba con otra.
—Catalina… ¿estás escuchando? —Valeria asomó la cabeza, con su sonrisa traviesa—. Te estás sonrojando otra vez.
—No… nada —mentĂ, respirando hondo y fijando los ojos en la pantalla. Pero no habĂa manera de ocultarlo. Siempre lo notaba. Siempre.
Suspiré, apretando los puños bajo el escritorio. Tres años… de admirarlo, de desearlo, de escuchar cómo disfrutaba con otra, sin que yo contara para nada.
La rubia saliĂł de su oficina con tacones que resonaban sobre el piso, y la puerta se cerrĂł. RespirĂ© hondo y, sin pensarlo, me levantĂ©. No podĂa quedarme viendo cĂłmo Ă©l se comportaba como siempre.
—¡Gustavo! —llamĂ©, avanzando hacia su escritorio—. ¡Esto no puede seguir asĂ!
Él estaba recargado, brazos cruzados, con esa sonrisa que me derretĂa y me irritaba a la vez.
—¿Esto no puede seguir asĂ? —repitiĂł, ladeando la cabeza, con voz baja, cálida y peligrosa—. Catalina… que sea la Ăşltima vez que me hables asĂ. AquĂ mando yo.
SentĂ un calor intenso en la cara, mezcla de ira y algo que no podĂa nombrar.
—¡No es solo por mĂ! —apretĂ© los puños—. Esto es la oficina. ¡No puedes comportarte como un… un…!
—¿Como un qué? —interrumpió, levantando una ceja, disfrutando mi enojo—. ¿Como un CEO que hace lo que quiere? Exacto, Catalina. Eso soy yo.
—¡No seas arrogante! —grité—. No puedes traer a cualquiera y hacer lo que te da la gana. Hay lĂmites, ¡y los cruzas todos los dĂas!
Se inclinĂł hacia mĂ, apoyando las manos sobre el escritorio, y me atravesĂł con su mirada. Cada centĂmetro de su cercanĂa me hizo temblar.
—Mira, Catalina… —dijo, burlĂłn, con un tono que rozaba lo Ăntimo—. No estoy interesado en tus lecciones de moral. Esto es mi oficina, mis reglas. Y tú… tĂş solo eres mi asistente. Nada más.
Mi cuerpo reaccionĂł antes que mi mente. Paralizada, sentĂ la electricidad en el aire. Sus ojos frĂos contrastaban con el calor que Ă©l despertaba en mĂ.
—¡Eso no significa que puedas hacer lo que quieras! —insistĂ, temblando, pero firme—. Esto es profesionalidad, Gustavo. ¡Respeta!
Él se reclinĂł, cruzando los brazos de nuevo, con esa sonrisa que me hacĂa hervir.
—Profesionalidad, sĂ. Eficiencia, sĂ. Eso eres tĂş, Catalina. Pero sentimientos, moral, reglas… —hizo un gesto despreciativo—. Eso no aplica para mĂ.
SuspirĂ©, furiosa y frustrada. Cada dĂa era lo mismo: Ă©l, arrogante, dominante, provocador… y yo, atrapada entre recordarle que habĂa lĂmites y luchar contra la atracciĂłn que me arrancaba suspiros involuntarios.
—¡Esto no puede seguir asĂ, Gustavo! —gritĂ©, por Ăşltima vez.
Él me mirĂł, divertido, y volviĂł a su escritorio, indiferente. Y yo me quedĂ© allĂ, ardiendo por dentro, con la sensaciĂłn de que cada confrontaciĂłn solo lo hacĂa más atractivo y peligroso.
Salà echando chispas, la adrenalina al máximo.
—Ese derecho me lo he ganado —susurré—. Tres años soportando su descaro y su ego gigante. SĂ… a veces, Gustavo es un idiota. Pero… un idiota encantador.
Me dejĂ© caer en mi silla, respirando hondo, intentando calmarme. Cada reproche parecĂa divertirlo más que avergonzarlo. Para Ă©l todo era un juego, y yo… solo la asistente que debĂa mantener la calma mientras Ă©l movĂa mi mundo con una sonrisa.
—Idiota… —susurré—. Pero también… maldito sea su maldito encanto.
Frente a su escritorio, con la agenda abierta, reorganizé cada cita, cancelando las menos urgentes, concentrada en el control de su caos mientras él me observaba con interés evidente.
—Listo, señor Márquez —dije, dejando la agenda sobre su escritorio—. He reorganizado su mañana y cancelado algunas citas que no son urgentes.
—Desde cuándo soy “señor Márquez” —dijo, cruzando los brazos, ladeando la cabeza y sonriendo con arrogancia—. ¿Sigues molesta, Cata?
Lo mirĂ©, firme, sin levantar la voz, mientras mi corazĂłn latĂa descontrolado.
—La agenda de mañana necesita ajustes —dije—. He reorganizado las reuniones de la tarde y cancelado algunas citas. Necesito que confirme los cambios.
—Ah… —dijo, divertido, acercándose un paso—. Asà que ignoras mi comentario… muy profesional, Cata. Me gusta.
Lo ignorĂ©, concentrada, aunque la cercanĂa de su cuerpo hacĂa imposible no sentir su magnetismo.
—Catalina… —susurró, acercándose aún más—. ¿De verdad no vas a mirarme? ¿Ni una sonrisa?
—Señor Márquez… —respondĂ, con la voz firme, pero sintiendo cĂłmo mi control comenzaba a resquebrajarse—. Solo necesito que confirme todo. La reuniĂłn con los inversores, la llamada con Boston…
Él soltĂł una risa baja, provocadora, acercando su rostro al mĂo solo un instante. Mi respiraciĂłn se acelerĂł, cada palabra suya era un desafĂo y una tentaciĂłn.
—Bien… entonces todo queda como dices —dijo finalmente—. QuĂ© harĂa yo sin ti, Cata…
—No lo sé, señor Márquez —contesté, pasando la página de la agenda—. Pero por ahora, todo está bajo control.
AhĂ estaba Ă©l, arrogante, confiado, absolutamente insoportable… mientras yo mantenĂa la calma, aunque mi corazĂłn gritara lo contrario. Entre la profesionalidad y el deseo, entre la ira y la atracciĂłn, sabĂa que Ă©l siempre tendrĂa un efecto en mĂ… y hoy no serĂa la excepciĂłn.