Maya intentó bajar de la cama, pero estaba demasiado débil. Sus piernas cedieron y cayó al suelo golpeándose, desesperada, comenzó a arrastrarse hacia la puerta, extendiendo las manos en una súplica desgarradora. —¡Por favor, no se lo lleve! ¡Es mi bebé, lo necesito! —sollozó con el rostro bañado en lágrimas. Pero el hombre ni siquiera se giró para mirarla, con el niño firmemente sujeto contra su pecho, abandonó la habitación con prisa, la puerta se cerró tras ellos, el llanto del pequeño dejó de escucharse. Maya soltó un alarido desgarrador, se llevó las manos al pecho, sintiendo que le arrancaban el corazón, que le arrebataban una parte de su ser. —¡Noooo! ¡Devuélvanmelo! —aulló una y otra vez hasta quedarse ronca, golpeando el suelo con los puños cerrados. Los médicos se apresuraro
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