— Maldita sea — invadido por un pasado que ya no puedo cambiar, gruño por lo bajo, lo que provoca que uno de los caballos relinche con fuerza. Inmediatamente, dos más le responden y se empiezan a poner nerviosos. Intento calmarlos, pero justo escucho un chillido demasiado agudo y femenino para pertenecer a un caballo.
Me muevo por las cuadras hasta que la encuentro.
— ¿Qué diablos haces?
Lia está arrinconada en una esquina, sentada sobre heno con el portátil en sus piernas. El caballo al que le está haciendo compañía está inquieto, lo que probablemente causó su grito.
— ¡Sal de ahí! — Le grito.
— No me grites — dice con voz lastimera, sosteniendo su frente con una mano.
— Ven, dame la mano — me estiro hacia ella, pero como la mujer terca que es, no acepta mi ayuda. Viéndola ya a punto de besar el piso, la jalo del brazo mientras ella atolondradamente se aferra a su portátil —. Maldito infierno, déjame ver.
— Estoy bien — murmura, intentando zafarse de mi agarre. Pero enredo los dedos en un lado de su cabello y echo su cabeza ligeramente hacia atrás.
Veo que mi tacto la sorprende, pero no se aleja.
— ¿Te pateó el caballo? — Entrecierro mis ojos hacia su frente.
— Dije que estoy bien.
— Ya se te está formando un chichón — echo su cabeza más hacia atrás, lo que hace que ella me mire mal —. Realmente estoy sorprendido. Con lo duro que tienes el cráneo de lo terca que eres, jamás pensé que algo pudiera dañarlo.
— Jódet… ¡auch! — Gime cuando hurgo el chichón con mi pulgar.
Ella agarra mi muñeca con una de sus manos, intentando que la suelte, pero la sujeto con más firmeza. Mi palma y el pulgar rozan su mejilla, mientras los otros dedos se hunden en su cabello, tocando su cuero cabelludo.
— Sólo estoy mirando si es algo grave, quédate quieta.
— No confío en ti.
Me callo, sólo sigo hurgando, esta vez con más cuidado. No hay sangre y parece ser sólo una herida superficial, una hinchazón simple por el impacto.
— Sobrevivirás — la suelto, moviendo mis dedos para alejar la sensación de su suave cabello en mi piel.
Lia vuelve a acariciarse el chichón, mirándome con un ojo cerrado y otro abierto.
— No seas dramática — levanto heno y empiezo a amontonarlo en la caballeriza en donde lo almacenamos —. Por cierto, puedo saber, ¿qué demonios hacías allá escondida?
— No es tu asunto.
Detengo lo que estoy haciendo y me quedo mirándola fijamente.
— Es mi asunto cuando perturbas a mis caballos.
— Fuiste tú quien los perturbó con esa maldición que soltaste.
— Yo no… — suspiro, porque la verdad es que no tengo deseos de pelear con ella en estos momentos. Sospecho que escuchó mi conversación con Hank, lo que me incómoda y me enoja un poco. Además, el paralelismo de su golpe con mi recuerdo de Lucas es demasiado en estos momentos.
Sigo organizando el heno que Hank trajo, concentrado en el trabajo duro para no ocupar mi mente con pensamientos intrusivos.
Soy consciente de que ella no se ha ido. Lo sé porque su olor aún está muy presente en el aire. No sé cómo no lo noté antes… ese aroma a lavanda, tan natural, que deja tras de sí a donde sea que va. A los caballos no parece molestarles; su fragancia es demasiado sutil y suave como para alterar a mis animales.
Una risita me hace mirarla y suprimo mi propia sonrisa cuando veo cómo un caballo se asoma detrás de ella para enredar su hocico en sus mechones rubios.
En efecto, a los caballos les agrada su aroma.
El perfume es un tema estricto entre nosotros y los trabajadores, incluso Cass lo sabe. El olfato de los caballos está demasiado desarrollado, así que, para evitar inconvenientes, los olores fuertes es algo vetado si se va a estar cerca de ellos.
Y ahí está Lia, rompiendo el molde, y aunque su olor no es fuerte, sino suave y delicado, sigue siendo extraño para mí ver que a los caballos le agrade.
Otra risita se escapa de su boca, lo cual la hace ver más joven de lo que es, y su sonrisa ilumina su rostro como si fuera cuatro de julio.
Casi parece otra mujer completamente distinta a la que estoy acostumbrado a enfrentar.
— Es tu olor — le explico, acercándome para desenredar sus hebras rubias del caballo.
— ¿Qué tiene mi olor?
— Les gusta.
Se vuelve a reír y yo bajo la vista a su brillante expresión, mis dedos inmovilizándose en su cabello.
Ella es realmente hermosa.
Aparto la mirada en cuanto sus ojos se encuentran con los míos y me concentro en soltar su cabello, atrapado en una astilla de la madera. Supongo que esto es obra del mismo caballo.
— Ya está — susurro, soltando el último mechón.
Me alejo y regreso con el heno. Puedo sentir su mirada clavada en mí.
A leguas se nota que ella no confía en mí, que ni siquiera tiene un buen concepto de mi persona. Y no puedo parar de preguntarme cómo nos llevaríamos si otras fueran las circunstancias, si la hubiera conocido correctamente, cuando mi hermano aún estaba vivo. Tal vez nuestra animosidad sería la misma porque nuestro desagrado va en la sangre. O tal vez no... tal vez en otro mundo, en otra realidad, ella y yo habríamos podido llevarnos bien y la habría aprendido a querer por lo que es: la esposa de Lucas, mi familia.
Ahora, con sólo desconfianza de su parte, no tengo más opción que meterme a su cabaña a escondidas para hacer los arreglos que el lugar necesita, pues dudo que ella me deje entrar a hacerlo.
Lo que me lleva a preguntar…
— ¿A dónde vas todas las mañanas?
— ¿Qué?
— En las mañanas — le digo —, ¿a dónde vas?
— ¿Qué te importa?
— ¿Alguna vez me responderás de una forma que no sea esa?
Se queda en silencio y aparta la mirada con los labios fruncido en algo que no es un puchero, pero tampoco es una mueca.
— Es difícil para mí tener una conversación normal contigo después de lo que hablamos en tu despacho, Becket. ¿O ya lo has olvidado?
No, no lo he olvidado, y aunque una parte de mí quiso disculparse desde el primer segundo, no puedo. No puedo dar mi brazo a torcer, no por algo tan importante como estas tierras.
Pero no quiero discutir, así que sólo suspiro y sigo trabajando.
Sé que hay algo que ella quiere decirme, esa es la razón por la que aún no se ha ido, así que no me sorprendo cuando pregunta —: ¿Cuál es el asunto entre Cass, Hank y tú?
Siguiendo su ejemplo, le digo —: ¿Qué te importa?
Eso la calla y, sorprendentemente, se establece un silencio que, aunque tenso, no es incómodo, no del todo. Por el rabillo del ojo, la veo dejar su portátil a un lado y apoya sus brazos sobre una de las rejillas, mirando hacia el oscuro paisaje.
Sinceramente, me sorprende que se quede, pero también la entiendo. A pesar de toda la mala sangre entre nosotros, soy lo único que la mantiene unida a Lucas. Así como ella es lo mismo para mí.
Sigo trabajando en silencio, nada más que el sonido de los grillos es lo que se escucha en el lugar. Está haciendo un calor de infierno, pero quitarme la camisa puede incomodarla a ella, así que la dejo puesta.
Una vez termino, tiento mi suerte y me acerco a ella.
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