19. Un hilo cada vez más delgado. [Parte 2]

2462 Words
— ¿Qué haces? — Pregunta, mirándome con sorpresa. — La necesitarás más tarde — le digo, dejando la prenda sobre la pared de madera para evitar que se moje. Entonces abro la ducha y el agua fría empieza a caer sobre su cuerpo. Lia se aprieta con sus brazos, sus ojos cerrados mientras el agua la empapa. — Levanta los brazos — le pido, lo cual ella hace sin dudar. De nuevo, sin pensarlo mucho, saco su blusa por sus brazos, dejándola sólo en sujetador. Ninguna palabra es dicha entre nosotros y ni siquiera siento la necesidad de pedir permiso. A Lia tampoco parece molestarle, porque una vez me arrodillo frente a ella para jalar sus leggins por sus piernas, ella levanta cada pie en el momento indicado, permitiendo que la deje en nada más que ropa interior. Puedo sentir su mirada en mí, silenciosa y curiosa, mientras lanzo sus prendas manchadas de mora a un lado. Aun en el piso, miro hacia arriba, gotas de agua cayendo en mi rostro debido a mi posición. — ¿Estás bien? — Pregunto, buscando sus ojos. Lia parpadea, su mano cae hacia mí y aleja apresuradamente la humedad que cae en mi rostro. — Quiero que borres de tu cabeza las palabras que ella te dijo… — Lia… — cierro los ojos. — No — su voz es esta fuerza que me impide negarle nada —. Pude sentir cómo te hacían daño, Becket. Pude sentir los arañazos de sus palabras en tu pecho… y no está bien. Sin poder evitarlo, me inclino hacia su suave tacto cuando su pulgar se mueve bajo mis parpados con esta infinita ternura, alejando el agua de mí. — Maldición, Becket — siento las lágrimas en su voz, así que abro mis ojos para ver cómo lucha contra ellas cuando dice —: Eres el mejor hombre que he conocido en toda mi vida, ¿lo sabes? — Nena… — trago saliva con dificultad, un nudo del tamaño de una roca cae en mi pecho y quiero… ¡joder! Vuelvo a cerrar los ojos, luchando tanto por… — Y no soporto que alguien te haga daño — la escucho sorber, su voz un hilito cuando admite —: Se siente como si me hirieran también a mí. Carajo, carajo, ¡carajo! Vencido por ella, me dejo caer hacia adelante. Mi rostro se entierra en su suave vientre mientras mis brazos la agarran por la espalda baja, jalándola más hacia mí. En este punto, sólo siento desespero, ansías, hambre por su toque… por su piel. Lia baja sus dedos por los mechones húmedos de mi cabello, hundiéndolos cada poco en mi cuero cabello mientras inhalo con mi boca su olor. Mis labios rozan su piel húmeda, haciéndola levantarse en la punta de sus pies por la sensación, pero la jalo más hacia mí, arrancándole un quejidito que baja directo a mi sur. Maldigo contra su piel, acariciando mi frente una y otra vez en su vientre, luchando por… control. Un control que cuelga de un fino hilo que se vuelve delgado cada vez más y más… entre cada respiración, cada segundo, cada maldito latido del que ella se adueña. Bajo las manos por su espalda, las puntas de mis dedos curvados en su piel, necesitando agarrar cada vez más de ella, tocarla, sentirla, beberla. Y me detengo en sus caderas, agarrando la delgada y endeble tela de sus bragas mojadas. Acaricio la tela entre mis dedos, la frágil barrera que sería tan fácil de desgarrar. Joder. Jalo un pequeño centímetro hacia abajo, persiguiendo con mi nariz el espacio que voy desnudando. Y me quedo allí, casi respirando en su parte más íntima, a punto de saborearla. Un gruñido casi animal se me escapa mientras aprieto con más fuerza, casi haciendo añicos la tela en mis bruscos dedos. Y mi pecho sube y baja temblorosamente mientras busco dentro de mí un último atisbo de cordura. No podemos. Dios sabe que no la traje aquí para esto. Con cuidado, acomodo correctamente la tela en su lugar, mis ojos fijos en mis movimientos porque no sé de lo que sería capaz si la miro a los ojos y encuentro allí una pizca del deseo que corre por mi piel. No soy tan fuerte, no cuando se trata de ella. Me pongo de pie y le pido —: Date la vuelta. Lia, de nuevo, con absoluta confianza en mí, me obedece. — ¿Mi cabello? — Pregunta, mirando la pared frente a ella. — Sí, tienes mermelada en el cabello — respondo lo que implícitamente preguntó —. Te lo voy a lavar, ¿bueno? Asiente, también sin mirarme, como si estuviera teniendo las mismas batallas que yo. Me estiro por el shampoo y dejo una gran cantidad en mis manos antes de proceder a enjuagar sus largos y rubios mechones. Me tomo mi tiempo en lavarla. Lo hago para enfriarme, pero también para darle tiempo a ella de calmarse. ¿Qué estamos haciendo? Peor aún, ¿cómo es que, aun cuando estoy a un corto paso de cruzar la línea, sigo incapaz de alejarme? — No puedes dejarte provocar así de ella — peino su cabello enjabonado con mis dedos, luego lo recojo todo hacia arriba para masajear su cuero cabelludo. Lia se inclina un poquito hacia atrás, acercándose a mí. — No voy dejar que te trate así, tampoco a Cass, no me importa que sea su madre. Sonrío y me aguanto las ganas de jalar su cabeza hacia atrás y comerme su boca con un demoledor beso, meterla la lengua en la garganta y… Suspiro. — No sabemos los alcances de Loretta. — Sé defenderme, Beck. — Lo sé — agarro su cabello en una coleta, permitiendo que el agua lave el jabón de su espalda —, eso es lo que más me asusta. Sé que capta la diversión en mi voz porque me mira sobre su hombro con un brillo de alegría en sus ojos, riéndose de mi tonto chiste. Sigo trabajando en silencio, hasta que su cabello queda tan limpio como podría. Con cuidado, la tomo por los hombros y la giro, obligándola a mirarme. Es imposible que mis ojos no bajen momentáneamente al escote de sus pechos, en donde el agua cae en riachuelos que quiero perseguir con mi boca. Parpadeo y la miro a los ojos, avergonzado, pero Lia está mirando mi propio pecho, una expresión pensativa en su rostro. — No pienses en eso — le digo, porque la conozco lo suficiente para saber que está pensando en el dolor de mis cicatrices. — Lo siento, a veces yo… supongo que no puedo evitarlo. Necesitando algo de espacio y más ropa entre nosotros, cierro la ducha y me estiro por mi camiseta. Seco a Lia con la misma prenda antes de pasarla por su cuerpo. Ahora que está cubierta y la adrenalina por su pelea ha pasado, le pregunto con más seriedad —: Dime, ¿te hizo daño? — Estoy bien — sacude la cabeza —, no me tocó. Asiento, aliviado. — Voy a sacar a Loretta del rancho — decido. — Becket… — No — niego cuando veo que intenta convencerme de lo contrario —. No puedo tenerla aquí, cerca de ti. No puedo, Lia… — Pero Cass… Seguramente Loretta va a querer usarla en mi contra, pero no puedo, no me siento cómodo teniéndola a ella tan cerca de Lia. Si le llega a hacer daño, a ponerle un solo dedo encima… no lo soportaría. — Hablaré con Hank — le prometo —. Buscaremos una forma de que nuestras decisiones no lastimen a Cassidy… pero no puedo tener a Loretta cerca de ti, Lia. Yo no puedo. Nos miramos fijamente por largos segundos en donde ella parece buscar algo dentro de mis ojos… hasta que asiente, cediendo. — Pero sólo si consiguen una forma de no lastimar a Cass, ¿sí, Beck? — Te lo prometo, nunca haría algo para dañarla — y ella lo sabe. Asiente y nos quedamos varios segundos más así, en silencio, sólo mirándonos, asustados de decir algo más. — Ve a tu cabaña — le pido con voz ronca —, quédate allí mientras intento arreglar el desastre que Loretta dejó. — Pero… — Sólo por hoy, por favor — le imploro —. Ella ahora debe estar muy furiosa, no quiero que te la vuelvas a cruzar en el camino, no tan pronto. Alivio recorre mi pecho cuando Lia asiente. Ella se detiene en la puerta antes de irse, mira sobre su hombro y me sonríe. Sus ojos se ven de un hermoso verde oscuro mientras sigue mojada por la ducha, dándole un aspecto casi inmaculado. Tan hermosa. Le sonrío de vuelta y ella se marcha. Retrocedo un paso hacia la ducha, la abro y dejo que el agua cubra mi cuerpo. Maldito infierno, ¿qué estuve a punto de hacer? |…| — ¿Y Cass? — Le pregunto a Rose cuando me acerco de nuevo a la casa. — Hank se la llevó, estaba absolutamente furioso, nunca lo había visto así. No es de extrañar. Es la primera vez que Loretta involucra a Cass en su mierda. Creo que Hank había estado soportando porque su violencia física y verbal nunca tocó a Cassidy antes, pero ahora que lo hizo, no estoy seguro de lo que él hará. — ¿Y Loretta? — Todos la echamos— me dice Miguel. — ¿Todos? — Los peones estaban furiosos después de la mierda que te soltó… — Y enloquecieron aún más cuando Loretta intentó golpear a Lia — esta vez es Autumn quien habla, a quien hasta ahora noto —. Es muy querida por aquí, ¿no? Sólo asiento, porque no hay forma de negar lo evidente. Autumn intenta levantar una caja llena de frascos con mermelada, así que me adelanto y la cargo por ella. Le hago un movimiento con mi cabeza para que me siga. Una vez estamos solos en la despensa, le pregunto —: ¿Cómo está Cass? — Hank la calmó — me dice —, pero sí se alcanzó a alterar por los gritos de Loretta. — Joder — paso una mano por mi mandíbula —. Voy a ir a verla. — No — ella me detiene —. Hank se la llevó dormida de aquí, tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Déjala descansar hoy, no sea que te cruces de nuevo con Loretta y empeoren las cosas. Supongo que tiene razón, pero me mata no poder estar cerca de Cass en estos momentos. — ¿Y Lia? — Me pregunta, mirando mi pecho desnudo y mojado de una forma que no muestra interés, sino curiosidad —. ¿Está ella bien? —Sí. — ¿Por qué estás sin camiseta y moj…? — ¿Conoces la antigua cabaña de Miguel? — Interrumpo su pregunta; siempre ha sido demasiado curiosa para su propio bien —. La que queda allí — señalo con mi mano hacia la dirección correcta. — ¿En donde Lia se está quedando? Asiento bruscamente con mi cabeza. — ¿Quieres ir a hacerle compañía? — Le pido —. Llévale comida y bebidas. Quédate con ella un rato mientras nos aseguramos de que Loretta entendió el mensaje y no se devolverá a buscar más pelea. — Claro — dice, sin problema, ya empezando a buscar cosas en el refrigerador. A gusto con eso, me despido de ella y voy a mi habitación para vestirme. Con Hank junto a Cass, el arreo del ganado quedó sin supervisión, así que vuelvo para terminar mi trabajo. Una parte muy grande de mí quiere volver ya mismo con Lia, asegurarme de que está bien, pero hemos jalado muy fuerte de ese pequeño hilo hoy. Me asusta lo que yo pueda hacer si la veo de nuevo cuando nuestro momento en la ducha sigue corriendo por mis venas. Me ocupo por lo que queda del día, tomándome sólo un pequeño tiempo para cenar, y vuelvo a hacer trabajo que ni siquiera me corresponde, sólo para evitar hacer alguna estupidez. Tengo que sacar de mi cabeza la sensación de la suave piel de su vientre contra mis labios, su cuerpo apenas vestido y ese quejidito que casi me hace cometer una locura. Cierro los ojos, soltando la última carga de heno en el establo. Joder. Casi la pruebo, por un maldito segundo estuve allí, a punto de tener su sabor en mi lengua. Paso las manos por mi mandíbula, frustrado por la forma en que esta situación me está jalando en todas las direcciones. Pero de nuevo, sin tener fuerzas de alejarme, y sin tener nada más por hacer en la noche, dirijo mis pasos directamente a su cabaña. Ya es tarde, más tarde de la hora a la que suelo venir, pero sé que ella me espera cuando encuentro la puerta sin seguro. Todo está oscuro, salvo por la luz de la luna que entra por la ventana. Pero contrario a las otras noches en donde Lia me abre su sábana para que entre con ella, hoy está completamente dormida sobre el colchón, acurrucada en mi lado de la cama, con su rostro enterrado en mi lado de la almohada… como si necesitara de mi aroma para poder dormir. Trago saliva, mirándola en silencio. Sigue llevando mi camiseta y me pregunto si, cuando Autumn vino, ella la recibió así, con mi camiseta puesta, sin importarle lo que los demás puedan pensar al respecto. Como si fuera mía. La sábana está agrupada a sus pies, enseñando su hermosa silueta. Mi camiseta es lo suficientemente larga para cubrirla, pero ahora mismo está subida sobre sus muslos, dándome una libre vista de sus piernas desnudas y la curva bonita de su culo casi guiñándome un ojo por la forma en que prácticamente puedo ver la unión a su entrepierna. Aprieto la mandíbula, sin ser capaz de apartar la mirada del pequeño triangulo y la piel expuesta y regordeta que… Joder. Respirando agitadamente, saco mis zapatos y acomodo mis rodillas a cada lado suyo. Subo por su cuerpo hasta que atrapo el borde de mi camiseta en mis dedos. Y, con mis labios en su sien, le digo —: Buenas noches, nena. Jalo la tela hacia abajo, cubriendo su piel, luego me dejo caer a su lado en la cama. La envuelvo con mi cuerpo por detrás, satisfecho cuando ella entrelaza nuestras manos en su vientre. Está tan calentita, se siente como entrar a mi hogar. — Becket… Sonrío, cerrando los ojos mientras repite mi nombre entre sueños. Y sin saber hasta cuándo más podré resistirme, la pego más a mí y me duermo. [2/2]
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