— Zayn, un error en el diseño del sistema de calefacción y otro en la instalación de la piscina —me informa Jackson.
El cabreo empieza a llenar mi cuerpo, así que, después de mirarlo con seriedad por varios segundos, me levanto de la silla y prendo un cigarrillo.
En once años, esta es la puta primera vez que las cosas no salen como espero.
Tomo mi móvil y marco el número de Alara. Contesta al primer timbre y el que esté tan disponible para mí me indica, una vez más, que debería darle paso. Alara vive con la esperanza de tener algo más de mí y yo, me niego a entregar algo más que lujos y folladas.
—Ve al departamento ahora —demando y cuelgo.
Ignoro todos los llamados a mi alrededor y bajo al parqueo a buscar mi auto. Para lo único que soy responsable en esta vida es para mi empresa, sin embargo, no soporto que las cosas no vayan como quiero.
Mi casa no es de dominio público, por tanto, no llevo a nadie allí. El departamento lo compré simplemente para aquellas chicas con reticencia a ir a un hotel, como Alara. Es una forma de hacerle pensar que las llevo a mi casa. Todavía Alara se molesta si llevo a otra chica, sin saber qué, ella tampoco sabe dónde vivo.
Detallarla es lo menos que hago cuando la tengo al frente. Empiezo con besos desbocados y toscos que acompañan a mis manos. Abro la puerta del departamento sin atender y cuando esta cede, jalo a Alara hasta el interior.
Tengo prisas. Solo necesito calmar mi estrés con sexo. Ella intenta incluir caricias pero no le doy pie a ello. No me interesa el sexo bonito.
Mis manos viajan con rapidez por su ropa, deshaciéndome de todo lo que me estorba. Termino dejando el sujetador porque no tengo tiempo tampoco de jugar.
La empujo contra el espaldar del sofá y azotó sus nalgas antes de enfundar mi v***a en un preservativo. La embisto, sin ninguna intención de ser cuidadoso. He llegado a pensar que el sexo romántico tampoco le gusta a ella, aunque se atreva a asegurar que sí. Gime en cada acometida como si no estuviese arremetiendo con fuerza y sin gramos de cuidado.
No la escucho a ella, solo me atiendo a mí. El cabreo que tengo me hace ser un puto egoísta buscando liberarme del estrés que cargo.
En las últimas embestidas mi v***a indica que es su momento, en cambio, tras la eyaculación mi cuerpo sigue con la misma pesadez.
Me acomodo el boxer y el pantalón llevando la funda llena de semen en mi mano. No doy pie a actos y no me descuido. Dejarlo ahí en el cesto puede hacer a Alara inventar. Sé de lo que puede ser capaz una mujer obsesionada.
Lo desecho una vez fuera del departamento en un cesto de basura. Regreso al auto y conduzco de vuelta a mi empresa, con el cabreo aún palpable en mi cuerpo.
Mi móvil suena y yo coloco el altavoz cuando lo descuelgo.
— ¿Dónde estás? —pregunta Alex—. Estamos esperando en Rumba.
Doy la vuelta en la calle para tomar la via que me lleva al bar. Si el sexo no lo arregló, tal vez un whisky y un cigarrillo mejore el día.
Cruzo las puertas del bar y busco con mi mirada a mis amigos. Desde los cinco años estoy cargando con ellos. Alex y Carter. Pido un whisky antes de atenderlos y enciendo un cigarrillo ocupando sitio en la mesa.
—Es parte de la vida también los fracasos —comenta Alex.
—Lo dice quién destrozó su oficina cuando una entrega no salió como esperaba —replico.
—Nos estoy aconsejando a ambos —comenta antes de darle un sorbo al whisky y termino mostrando una ligera sonrisa.
Me traen el whisky, una chica rubia de ojos verdes intensos. La observo mientras se marcha pensando en que buscaré la forma de llevarla hoy al departamento. Una follada no resultó, el whisky tampoco, probemos con tres.
—Lo he intentado —comenta Carter—, no es de esas.
—No lo has intentado bien —digo—. O tal vez no le gusten los rubios.
— ¿A quién no le gusta un rubio, de ojos azules y cuerpo de gimnasio? —pregunta mirándose.
—A mí —contesto y Alex ríe.
—Le Gros Lux —informa Carter ignorando mi comentario anterior—. Un restaurante que ofrece el más exquisito plato.
—No creo que eso ayude a mi humor —alego.
—No he terminado —asegura Carter—. El plato trece, no está en el menú. Ese es el mejor manjar. Una vez lo solicitas viene un coño a alimentarte.
—No práctico sexo oral, sin conocer el expediente de una mujer —digo.
—Es un restaurante de prestigio entre los empresarios, políticos y artistas. Ellas tienen que tener un expediente de salud impecable, de lo contrario puede recibir el restaurante una alta demanda. Hacen las cosas como son —interviene esta vez Alex.
— ¿Solo se ofrece sexo oral? —pregunto.
—Solo sexo oral —responde Carter.
Al terminar el trago volví a mi oficina. Revisé todo el trabajo nuevamente y busqué la forma de arreglar los fallos.
—Julia, llama a Dominic —demando por el interlocutor a mi secretaria.
En cinco minutos, no más, tocan la puerta de mi oficina y tras permitir el paso, Dominic entra.
—Dominic la calefacción está mal diseñada —informo mirándolo jodidamente serio. Este tema me cabrea demasiado—. En la piscina hay otro error. Tienes cinco minutos para arreglarlo o te vas con tu mierda a otro sitio.
—Lo lamen... —dice pero lo interrumpo moviendo mi mano—. Lo haré.
En mi casa, seguía bebiendo whisky y fumando un cigarrillo. Alara había llamado pero yo la ignoraba. No había resultado. Sin dudas, nada había salido hoy bien.
Después de una ducha me acuesto a dormir. Hace muchos años, desde los quince que no mataba el estrés con sueño.
Cuando aseguro que no he dormido más que dos horas me llama Carter.
—Te esperamos hoy en Le Gros Lux.
—No aseguré que iría.
—Una buena corrida, de un buen coño puede ser un alimento que te libere de estrés. Pruébalo —dice y cuelga.
Podría decir que no, no iría a hacerle sexo oral a una mujer que no tengo la minima idea quién es, pero la curiosidad es canalla y terminas haciendo lo que no piensas.
Así que después del trabajo, casi a las seis me dirijo a ese sitio. Las mesas están perfectamente ubicadas unas con otras mediante sofás con altos espaldares que impiden la vista de unas a otras.
—Buenas tardes —saluda una castaña, guapa, debo agregar todo lo que deba ser agregado—. ¿Solicita atención normal o vip? —pregunta.
—VIP —respondo.
—Pase conmigo a llenar un formulario —informa indicándome el camino a una pequeña estancia.
Me preguntan más que el nombre y me empiezo a desesperar. Firmo al finalizar y esta agradece antes de volver a la estancia principal.
—Mesa diez —señala—. En cuestiones lo atenderán.
Me dirijo a la mesa diez y espero impaciente. Aún no sé si esto pueda servir de algo a mi humor de mierda.
Una chica, de cabello n***o, labios rosados, ojos que no se distinguen entre el gris y el azul se sitúa delante. Debe estar en los veintitantos años, bajando una diferencia de, quizás diez años en cuanto a mí. Acostumbro a estar con mujeres de treinta o rondando los treinta, pero la cara de esta chiquilla cargada de inocencia me hace detallarla por más de un par de segundos.
—Buenas tardes —comenta y noto un ligero nervio en su voz—. Este es el menú...
—No necesito el menú —la interrumpo—. Solicito el plato trece.
El nervio parece dominarla. Observo como sus labios se separan ligeramente y vuelve a juntarlos. Su mano agarra con fuerza el cuaderno que tiene en manos. Me observa, directamente a los ojos y no sé porqué demonios identifico miedo. No soy de prestar atención al estado de ninguna de las mujeres que follo, pero esta chiquilla me enseña a través de una mirada todo de ella. Cómo si tuviese un libro abierto ante mis manos. Se siente como un jodido don, las cosas como son.
— ¿Qué hago? —pregunta inexperta, lo que me asegura que nunca antes había ofrecido el alimento trece.
—Ven aquí. —Le señalo la mesa que queda a pocos milímetros de mí—. No tienes que hacer nada, lo haré yo.